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De la Antártida a Europa en un pequeño velero histórico: así fue la travesía insólita para cumplir un sueño

Por Belén Liotti, CNN Español

Manuel Pardi siempre había fantaseado con la idea de emprender una aventura náutica. Sin embargo, la ambición de viajar desde la Antártida hasta Santiago de Compostela a vela comenzó con una inscripción en una piedra.

De camino a un encuentro donde lo habían invitado a tocar la gaita, Manuel se cruzó con una inscripción ubicada en las afueras de la iglesia San Ignacio de Loyola, ubicada en el centro de la ciudad de Buenos Aires. “Camino de Santiago, ruta jacobea a la Antártida. Protege y guía al peregrino por mar y tierra, desde la Antártida, fin del mundo, hasta el antiguo confín de la Tierra en Galicia”, decía el grabado.

Para Manuel, que tiene raíces gallegas, aquellas palabras fueron la inspiración para imaginar un proyecto que entonces parecía imposible: llegar a la Antártida y desde allí navegar hasta Santiago de Compostela. En ese entonces ni siquiera tenía un barco. Solo tenía las ganas y un sueño que empezaba a tomar forma.

Durante muchos años, ese deseo se mantuvo relegado ya que las obligaciones familiares y laborales se impusieron. Sin embargo, una vez que sus hijas crecieron y Manuel gozaba de cierta flexibilidad profesional, decidió embarcarse en este proyecto.

Cuando Manuel comenzó su investigación previa, acudió a la biblioteca de un club náutico y comenzó a leer uno de los libros de Hernán Álvarez Forn, alias “Hormiga Negra”, un reconocido navegante que fue el primer argentino en llegar a la Antártida en velero en 1987. Hormiga Negra había ordenado construir su propio velero, al que bautizó como Pequod. Era un velero sencillo pero confiable, que logró llevarlo hasta el continente antártico.

Inspirado por las aventuras de Hormiga Negra, Manuel inició su búsqueda en tiendas online para comprar su propia embarcación. Para su sorpresa, se encontró que el mismísimo Pequod estaba a la venta porque, tras años de desuso, Hormiga Negra había decidido desprenderse de él.

Pese a la épica que el Pequod acarreaba, el velero todavía necesitaba una serie de arreglos antes de poder volver al agua. La reparación estuvo en manos de quien había sido el constructor original del barco. Aunque el acondicionamiento no llevó mucho tiempo, el trabajo tuvo que ser minucioso para que la seguridad de la embarcación estuviera garantizada.

Como parte del proyecto de viaje, Manuel se aseguró de conseguir sponsors interesados en la propuesta que lo ayudaran a afrontar los gastos de las reparaciones y de la logística de la travesía.

Entre los interesados en apoyarlo se encontraba una empresa alemana, que le otorgó un motor eléctrico para que realizara su travesía. “Es un barco autosustentable, no utiliza combustibles fósiles. El motor se carga con el sol y con el viento, tiene paneles solares y un generador eólico”, explicó Manuel. “No estaba seguro de cómo iba a funcionar el motor, pero confiaba en que la seguridad del barco era impecable”, agregó.

Tras varios meses estancado a causa de la pandemia de covid-19, el velero finalmente zarpó de Buenos Aires el 1 de enero de 2021, con tres tripulantes: Manuel y dos amigos más, Hugo y “Pigüi”.

El primer tramo del recorrido, que tenía como destino la localidad de Mar del Plata, ubicada a unos 500 kilómetros por mar (270 millas náuticas) de Buenos Aires, presentó más complicaciones de las que esperaban. “Nos morimos de frío, nos agarró una gran tormenta, terminamos todos empapados”, recordó Manuel. Ese fue el momento en el que “Pigüi” decidió abandonar el barco y cederle su lugar a otro amigo del grupo, Juan Manuel.

De camino a la Antártida, los inconvenientes comenzaron a hacerse cada vez más frecuentes. “Tuvimos un revés tras otro, se nos rompían cosas todo el tiempo”.

Los desperfectos los obligaron a detenerse en varios puntos del recorrido para realizar reparaciones. Primero, se rompió uno de los cables de acero que sostienen el mástil, llamado jarcia. Unos días después, la botavara —el palo que sostiene la vela desde abajo— también se partió.

Tras atravesar varias jornadas de navegación, cuando ya se encontraban cerca de la Antártida y no tenían la posibilidad de frenar en alguna localidad, el timón de viento dejó de funcionar. “El timón no podía llevar bien el barco cuando tenías el viento franco, el que te empuja desde atrás”, relató Manuel.

La parte más riesgosa para llegar a la Antártida es el pasaje de Drake, reconocido por su fuerte oleaje que genera bruscos movimientos en las embarcaciones. “Al atravesar el pasaje no contábamos con el timón [automático], entonces teníamos que salir a navegar a la intemperie y recibir el impacto de todas las olas”, recordó.

Como si el clima gélido de la zona y las fallas en el timón no fueran suficientes, el calefactor del velero también los había abandonado. “Hacía -6° C en el interior del velero”.

“Durante el día hacíamos turnos de navegación y por las noches dejábamos que el velero fuera a donde quisiera”, recordó Manuel. “Al día siguiente veíamos dónde estábamos y lo redirigíamos. Así estuvimos 10 días, que fue lo que nos llevó cruzar el pasaje de Drake”.

Durante la travesía también hubo lugar para situaciones más insólitas. En una de las jornadas en alta mar, los tripulantes pescaron un tiburón que terminó convirtiéndose en parte del menú. Sacarlo del agua no fue sencillo y, una vez a bordo, el animal quedó en el cockpit del velero, mientras ninguno se animaba siquiera a poner un pie allí por miedo. Finalmente, lograron hacerse con él, lo cocinaron y lo comieron a bordo.

Cuando finalmente llegaron a la isla Decepción, el destino de la Antártida desde donde comenzaría oficialmente su recorrido, los viajeros buscaron una base española para obtener la credencial que certificara que habían iniciado su peregrinación allí.

Aunque para este punto ya había sido una gran travesía, el denominado “Camino Azul” recién arrancaba.

Durante el viaje de vuelta de la Antártida, al pasar cerca de las islas Malvinas, los navegantes se enfrentaron a una tormenta muy potente. “Hugo estaba timoneando el barco, escuchó una ola fuerte que rompía y se agarró del pasamanos que tenía cerca. La ola explotó contra el barco y el velero se torció por completo. El palo de la vela se acostó en el agua”, ilustró Manuel. Por fortuna, el barco contaba con un gran control de contrapesos que permitió que se estabilizara rápidamente.

De regreso hacia Buenos Aires, también se toparon con las denominadas “ciudades flotantes”, que son enormes concentraciones de buques pesqueros extranjeros que se acercan a las costas argentinas para pescar.

“En medio de estos buques, en una noche de mucha niebla, veníamos navegando y no se veía absolutamente nada. De pronto, la alarma del radar nos empieza a alertar que teníamos peligro de colisión con cuatro barcos. Pero nosotros no los veíamos. Escuchábamos los ruidos de los motores que cada vez sonaban más y más fuerte. Cuando siento que uno de los motores estaba muy cerca, empiezo a llamar por el sistema internacional de radio para alertarle al otro barco que nos íbamos a chocar, pero nadie contestó”, relató.

En un momento, pasé de percibir el ruido a mi derecha a escucharlo a mi izquierda. Recién ahí supe que la otra embarcación ya había pasado por delante, pero jamás la llegué a ver”, recordó Manuel.

Una vez en la capital argentina, Manuel se aseguró de reparar todos los desperfectos que había sufrido la embarcación antes de volver a emprender viaje. Esta vez, fue acompañado de su esposa Silvana, con quien recorrió las costas de Uruguay y Brasil, donde hicieron varias paradas.

Tras varias semanas de viaje, Manuel y Silvana llegaron a Salvador de Bahía, el último destino continental antes de realizar el cruce del Atlántico. Silvana decidió no continuar la travesía y, en su lugar, se sumaron sus amigos Hugo y Andy.

Los tres se habían conocido realizando un curso de piloto náutico unos años atrás. Andy, al igual que Manuel, conservaba un amor por los barcos desde joven.

Por esta razón, cuando se enteró que su compañero de curso iba a realizar el cruce del Atlántico y que su esposa había decidido no acompañarlo, Andy no dudó y le preguntó si podía unirse. Una semana después, ya estaba el trío reunido en Brasil listo para zarpar.

El viaje arrancó con mucho entusiasmo y optimismo. Los amigos pasaban sus días jugando a las cartas, pescando, leyendo o tomando mate. La percepción del tiempo y del espacio se había difuminado de una forma muy placentera.

Aunque la convivencia de tres personas en un velero de 9,45 metros puede traer complicaciones, los protagonistas afirmaron que la experiencia fue “fantástica”. “La única regla es que hay un capitán”, dijo Andy. “Nos repartimos las actividades, pero el último responsable era Manu”, explicó.

Esa organización pronto sería puesta a prueba: a medida que avanzaban, comenzaron a aparecer los primeros problemas a bordo.

La embarcación ya había recorrido 1.800 kilómetros (1.000 millas náuticas) cuando se cortó por completo el cable de acero que sostiene la vela de proa más grande, llamado estay de proa. Afortunadamente, el sistema que sostiene la vela más chica —que se utiliza en contextos de tormenta— todavía estaba intacto y les permitía seguir navegando.

De todos modos, el incidente puso en jaque los planes de la expedición. “Tuvimos que tomar una decisión”, explicó Manuel: navegar con la vela chica significaba avanzar mucho más despacio, lo que podía extender el viaje más de lo previsto y poner en riesgo las provisiones que habían calculado para la travesía.

En medio del Atlántico tuvieron que elegir si decidían volver a Brasil, si se desviaban para Cabo Verde o si se aferraban al plan original de navegar hasta Horta. “Cabo Verde no era una buena opción porque las corrientes hacen un rulo en el Atlántico Norte y nos iba a costar mucho llegar a Europa”, explicó Manuel.

Finalmente optaron por seguir el plan original, aunque sabían que tardarían mucho más que lo previsto. “Lo que pensamos que nos iba a demorar 25 días nos terminó llevando 46 días”, dijo.

El grupo no había contemplado que la travesía podía durar casi el doble de lo pronosticado originalmente. “Tuvimos que pescar mucho para comer, estábamos desesperados por que los peces piquen. También racionamos la comida”, contó Andy. “Un día me estaba bañando afuera, con agua de lluvia, cuando veo que pica la caña. Desnudo empecé a batallar para lograr sacar al pez”, recordó.

Uno de los retos más exigentes para el grupo de amigos fue mantener una mentalidad positiva. Esto se vuelve aún más desafiante en los largos tramos de calma, cuando el océano parece una laguna y no hay absolutamente nada a tu alrededor. “Están los llamados doldrums, que son zonas de vientos muy débiles, donde de forma repentina aparecen ráfagas muy violentas y luego vuelve a la tranquilidad absoluta”, contó el capitán.

“Parecía un mar de aceite”, agregó Andy. “Íbamos tan despacio con la vela chica que sentíamos que nunca avanzábamos”.

“Lo primero que hicimos cuando llegamos a tierra firme fue irnos a tomar una cerveza”, relató Manu sobre su llegada a Horta, en el archipiélago de las Azores, perteneciente a Portugal.

De todos modos, el verdadero cruce del Atlántico se concretó unos días después cuando arribaron al continente, en Viana do Castelo, Portugal. “Los tres nos pusimos a saltar y gritar de felicidad, y después nos fuimos a tomar otra cerveza”, recordó Andy.

Allí los recibió el conde del Paço de Calheiros, que es el representante del camino portugués de Santiago, y quien estaba al tanto de su travesía. “Nos esperó con un banquete. Una vez que el conde y la condesa empezaron a comer, nosotros atacamos la comida”, recordó Andy. “Estábamos muertos de hambre. Nos comimos todo”.

Desde allí, partieron hacia Bayona, España, y luego siguieron hasta Vigo, un recorrido corto que les llevó un día. Finalmente, allí se despidieron del velero y se alistaron para el tramo final del Camino Azul.

“En Vigo todavía nos quedaba hacer una caminata de 100 kilómetros para llegar hasta Santiago de Compostela”, dijo Manu. Los viajeros tardaron un total de 4 días, aunque en el medio perdieron a Hugo, quien por problemas en la rodilla hizo el tramo final en tren.

“Fue muy emotivo llegar a la Catedral. Fue la concreción de un sueño enorme que me dejó millones de enseñanzas. Nadie creía que iba a hacer todo lo que hice”, comentó Manuel. Fue la primera vez que se realizó la peregrinación del Camino Azul en velero.

“Para mí, subirme al proyecto de Manu a mis 64 años fue un gran desafío. Me encantó acompañarlo a él para que cumpla ese sueño”, agregó Andy. “Fue un viaje interior, estuve inmerso en la meditación”, dijo.

“Somos gente con una vida ordinaria, pero con la voluntad de hacer algo extraordinario. Después volvés a tu vida, pero sos distinto”, comentó Andy.

Para Manuel, su historia con la navegación todavía no terminó, ya que todavía tiene muchos proyectos por delante. “Tengo ganas de ir al sur [de Argentina], de ir a las islas Malvinas, todo con el Pequod. También puede ser que encare un proyecto que implique dar la vuelta al mundo”.

El próximo destino todavía no está definido, pero la posibilidad de seguir navegando ya forma parte de sus planes. Después de tantos años esperando el momento indicado para embarcarse en una aventura de este tipo, Manuel ahora parece tener una nueva certeza: todavía queda mucho por descubrir.

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