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Tiene 10 años y enseña inglés a su papá en TikTok. Como ella, millones de niños en EE.UU. traducen para sus familias

Por Marisol Jimenez, CNN en Español

Kimi Pu tenía 5 años cuando comenzó a traducir para su papá. No lo hacía frente a una cámara, sino en espacios cotidianos donde el inglés era una barrera y ella, la única voz disponible. Aunque nació en Estados Unidos, aprendió pronto que cada palabra importaba. Un error podía afectar la seguridad de su familia.

“Creo que tenía como cinco años”, recuerda Kimi sobre el momento en que empezó a ayudar en casa. Lo que para otros niños era una actividad rutinaria, para ella implicaba cuidado, atención y responsabilidad.

Acaba de cumplir 10 años y vive en Arizona. En redes sociales recrea situaciones cotidianas (desde interacciones con clientes difíciles hasta visitas al dentista) enseñando no solo frases en inglés, sino también derechos y medidas de seguridad en contextos reales. Su papá, Nicolás Pi, creció en Guatemala hablando k’iche’ y luego español. El inglés llegó después, de manera fragmentada. Su disposición para aprender de su hija, con paciencia y humildad, es parte esencial de la historia.

“Esto no es nada nuevo, siempre me ha corregido”, recuerda Nicolás.

Pero detrás de esa dinámica familiar hay una realidad más amplia.

En uno de sus videos más comentados, Kimi interpreta a una severa oficial de tránsito que detiene a su padre.

“Yes!”, responde Nicolás automáticamente.

Ella frunce el ceño y pregunta en inglés: “Do you want to go to jail?”.

El padre duda.

“Jail? Yes, please”, contesta.

La escena provoca risa, pero encubre un riesgo real: errores de interpretación que, en muchos hogares, pueden generar consecuencias graves. Ese tipo de confusión, que en pantalla genera risa, es parte de una realidad mucho más extendida.

En Estados Unidos, millones de hogares incluyen al menos un adulto con dominio limitado del inglés (LEP, por sus siglas en inglés). Según datos del último censo, más de 25 millones de personas hablan inglés menos que “muy bien”, y en alrededor de 6 millones de hogares hay al menos un adulto con dominio limitado del idioma.

Entre la población migrante, la proporción es aún mayor. De acuerdo con el informe Five Key Facts About Immigrants with Limited English Proficiency, publicado en marzo de 2024 por la Fundación de la Familia Kaiser (KFF), el 47 % de los adultos inmigrantes en EE.UU. tiene dominio limitado del inglés. Los cinco idiomas más hablados entre quienes tienen LEP son español (63 %), chino (7 %), vietnamita (3 %), árabe (2 %) y tagalo (2 %).

El impacto es tangible. Más de la mitad (53 %) de las personas en situación de movilidad con LEP reporta haber enfrentado barreras lingüísticas en interacciones cotidianas. El 31 % señala que el idioma les ha dificultado acceder a servicios de salud; el 29 %, conseguir o mantener un empleo; el 25 %, solicitar asistencia pública; y el 22 %, reportar un crimen o pedir ayuda a la policía.

Es por esta razón que los videos de Kimi han conectado con audiencias diversas. En TikTok superan los 400.000 seguidores y acumulan millones de “me gusta”. En Instagram se presentan con la frase: “One family, two languages, thousands of smiles”. La frase que más repite Kimi resume su mensaje: “It’s OK. It’s a process”.

Para ella, crecer entre dos idiomas es parte de su identidad: “Es bonito porque hay dos idiomas en todas partes… hablo con mis amigos en inglés y con mis papás en español. Parte de mí ama enseñarle inglés a mi papá y otra parte también ama ayudar a mis papás”, cuenta.

La dinámica que Kimi encarna tiene un nombre académico: language brokering. Se refiere a niños y adolescentes que actúan como traductores entre el inglés y la lengua materna de sus padres, mediando no solo el idioma, sino también códigos culturales, información institucional y acceso a derechos.

“No solo traducen palabras: ayudan a sus familias a navegar un país complejo. Esa responsabilidad puede ser emocionalmente intensa”, explica Su Yeong Kim, profesora de Desarrollo Humano en la Universidad de Texas en Austin.

Kim lleva más de una década investigando este fenómeno. Identifica distintos perfiles de infancias mediadoras: desde quienes experimentan orgullo y fortalecen habilidades cognitivas hasta quienes enfrentan altos niveles de estrés y sobrecarga emocional. También señala una “ventana crítica”: comenzar entre los 8 y 10 años puede fortalecer funciones como la memoria de trabajo y la resolución de problemas, mientras que asumir esa responsabilidad demasiado temprano puede implicar mayores desafíos emocionales.

El caso de Kimi es particular: comenzó alrededor de los 5 o 6 años. Según Kim, su experiencia parece corresponder al perfil de language broker eficaz, donde el entorno familiar de apoyo y el reconocimiento explícito amortiguan posibles cargas.

Para Nicolás, ese aprendizaje ha sido también una experiencia profundamente personal: “Soy un papá muy afortunado y estoy muy orgulloso de ella… gracias a ella he aprendido muchas cosas y hoy hablo con más seguridad”, dice.

Varios de los académicos que hoy investigan este fenómeno también fueron niñas y niños traductores en sus propios hogares. Su interés no surgió únicamente de la teoría, sino de una experiencia vivida. Esa perspectiva ha ampliado el campo de estudio y ha cuestionado modelos tradicionales del desarrollo infantil que rara vez consideran la migración como una experiencia formativa central.

Los niños como Kimi no solo traducen palabras: actúan como puente entre culturas, sistemas legales y administrativos, y la seguridad de sus familias. Su rol recuerda la experiencia de hijos de migrantes que, aún siendo ciudadanos estadounidenses, aprenden desde pequeños a responder ante redadas, trámites migratorios o interacciones con autoridades.

Para Roberto Carlos, profesor de Ciencia Política en la Universidad de Michigan, el concepto de information broker (mediador de información en general) refleja la dimensión política de este rol. “El lenguaje es lo más visible, pero estos niños también interpretan sistemas, códigos institucionales y jerarquías de poder”, señala. Muchos jóvenes, incluso ciudadanos estadounidenses, se organizan frente a políticas migratorias que podrían afectar a sus familias.

Valentina González Glena, psicóloga y arteterapeuta chilena, señala que la línea entre experiencia formativa y sobrecarga es delicada. “El problema no es que un niño traduzca ocasionalmente. El riesgo aparece cuando ese rol se rigidiza y se convierte en la única manera en que la familia funciona. Ahí el niño ya no está eligiendo. Está asumiendo una responsabilidad estructural que no le corresponde”.

La parentalización temprana —cuando el niño ocupa funciones propias del adulto— puede generar ansiedad, hiperresponsabilidad y tensiones en la relación con los padres. “Les quita su lugar de niños”, dice González Glena.

Carlos coincide en que existe una tensión. Aunque destaca el desarrollo de lo que en inglés se conoce como grit (una combinación de resiliencia y determinación), advierte contra una lectura simplista. “Me preocupa que alguien vea estas historias y piense que estas familias no necesitan apoyo institucional porque ‘los niños lo resuelven’. Que desarrollen habilidades extraordinarias no significa que no estén cargando con estrés. Podemos hacerlo mejor como sociedad”.

En julio de 2020, en pleno pico de la pandemia de covid-19, Maggie Carrillo Vázquez, de 11 años, llamó en vivo a un programa de la radio pública en San Francisco para traducir una pregunta de sus padres sobre el coronavirus. Su voz, concentrada, trasladaba términos médicos de un idioma a otro.

La grabación se difundió y desató una cascada de testimonios. Adultos que recordaban haber traducido contratos, diagnósticos, facturas. Algunos hablaban de orgullo. Otros, de cansancio. Muchos coincidían en que crecieron más rápido de lo que les hubiera gustado.

“Así fue toda mi infancia: desde ir al médico hasta llamar a la compañía de cable o rellenar formularios, yo hacía todas las traducciones para mis padres inmigrantes vietnamitas. Sinceramente, lo odiaba, pero sabía que tenía que hacerlo”, escribió una usuaria.

Reyna Montoya, fundadora de la organización Aliento en Arizona, conoce esa experiencia de primera mano. Migró desde México a los 13 años sin hablar inglés. Recuerda el día en que sus vecinos tocaron la puerta con galletas navideñas. Sus padres la empujaron al frente. “Ella tomó clases de inglés en México”, dijeron. Reyna apenas sabía contar y preguntar dónde estaba el baño.

“Tenía 13 años y de repente era el puente entre mis papás y el mundo”, recuerda.

Hoy lo entiende distinto. “Ahora lo veo como un superpoder. Los niños migrantes no solo traducen palabras. Traducen la esencia, las emociones. Entendemos dos mundos y podemos crear puentes en momentos de división”.

Niños migrantes de América Latina, Medio Oriente, África y Asia actúan cotidianamente como mediadores lingüísticos en hospitales, escuelas, oficinas públicas y bancos. Aunque muchas instituciones están obligadas a ofrecer servicios de interpretación, en la práctica numerosas familias siguen dependiendo de sus hijos para navegar procesos burocráticos y decisiones que pueden afectar su bienestar.

Incluso con traductores profesionales o herramientas de inteligencia artificial disponibles, la práctica no desaparece. “Los padres recurren a sus hijos porque pueden hablar desde el afecto y la confianza. Traducen no solo palabras, sino intenciones y emociones”, subraya Kim.

Horas después de la entrevista, en su casa en Arizona, la familia Pu se prepara para celebrar los 34 años de Nicolás. Minutos antes, cuando se le preguntó qué le diría a otros niños que, como ella, ayudan a sus padres a traducir en hospitales, bancos o ante la policía, no dudó:

“Están haciendo un trabajo increíble ayudando a su familia… sus papás deberían estar muy orgullosos de ellos.”

Los videos de Kimi condensan esa realidad en escenas breves y virales. Enseñan inglés, arrancan sonrisas y también muestran cómo, en miles de hogares, la infancia se entrelaza con la mediación lingüística y la necesidad de proteger a la familia frente a instituciones y trámites que no siempre están diseñados para quienes no dominan el idioma.

Que esa traducción sea necesaria cada día no es solo una historia familiar: refleja una brecha estructural en el acceso a servicios e información en Estados Unidos, donde millones de hogares siguen dependiendo de las infancias para ejercer derechos básicos.

En el caso de Kimi, el tono es ligero. La realidad que lo sostiene no siempre lo es.

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Este reportaje se realizó en el marco del taller “Historias en Movimiento”, de la Fundación Gabo y la Fundación Avina.

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