La presidencia transaccional de Trump se vuelve más descarada
Análisis de Aaron Blake, CNN
Pocas cosas han definido tanto el segundo mandato del presidente Donald Trump como su enfoque transaccional. Ha hecho grandes esfuerzos por utilizar posibles medidas oficiales para obtener beneficios políticos e incluso personales, de maneras que simplemente no se habían visto desde, al menos, el escándalo de Watergate.
Esa misma mentalidad condujo al primer juicio político contra Trump en 2019, después de que vinculara de manera implícita la ayuda militar a Ucrania con una investigación de ese país sobre los Biden antes de las elecciones de 2020.
Pero mientras ese y muchos otros intercambios de Trump se basaron en amenazas implícitas o en un quid pro quo, cada vez expresa sus intenciones más abiertamente.
Su descaro quedó patente en varios frentes durante los últimos ocho días. La semana pasada prometió miles de dólares a cada adulto estadounidense si los votantes eligen mayorías republicanas en noviembre. Esta semana ha amenazado repetidamente con abandonar o incluso demoler el Kennedy Center si no se le permite ponerle su nombre.
Y el miércoles por la noche amenazó, supuestamente en broma, con retener la ayuda por desastres para Carolina del Norte si el estado elige a un senador demócrata. Aunque, a juzgar por los antecedentes de Trump, tal vez no fuera una broma.
Hablar tan abiertamente de vincular medidas oficiales con sus intereses políticos y personales debería ser escandaloso. Y lo fue durante el primer mandato de Trump, como demostró su juicio político.
Su enfoque transaccional se considera hoy menos escandaloso, en gran medida porque los estadounidenses ya saben que así es como Trump ha gobernado durante los últimos 20 meses.
Pero no se debe pasar por alto lo descarado que resulta ahora.
En un mitin celebrado el miércoles por la noche, Trump vinculó la entrega de ayuda por desastres a Carolina del Norte con la elección del republicano Michael Whatley al Senado, antes de afirmar que estaba bromeando.
“Están esperando dinero adicional… y voy a conseguirlo para ustedes, Michael”, dijo Trump. “Ahora bien, si Michael pierde, no lo enviaré. ¿De acuerdo?”.
Luego añadió: “No, solo bromeo. Lo van a recibir. Lo vas a recibir, Michael”.
Pero ¿es realmente una broma?
Una investigación de AP realizada este año reveló que los estados demócratas tuvieron que esperar más tiempo para recibir ayuda por desastres y que sus solicitudes fueron rechazadas con mayor frecuencia. La Casa Blanca dijo a AP que “no existe politización en las decisiones del presidente sobre la ayuda por desastres”. Además, el Departamento de Energía reconoció explícitamente en un documento judicial del 15 de julio que canceló subvenciones para energías limpias “basándose únicamente en la identidad política del estado del beneficiario”; es decir, en si se encontraba “en un estado demócrata o en uno que no lo fuera”.
Resulta difícil pensar que las personas que aún se recuperan del huracán Helene no se tomen esta amenaza con cierta seriedad. Independientemente de la intención de Trump, no es un asunto para bromear.
El otro acontecimiento de esta semana es el esfuerzo, cada vez más directo, de Trump por obligar al Kennedy Center a llevar su nombre. Sus intentos han sido rechazados repetidamente en los tribunales, por lo que ahora expresa sus amenazas con mayor franqueza.
Trump afirmó el martes en redes sociales que las obras de renovación “no pueden comenzar hasta que el Tribunal de Apelaciones del Circuito del Distrito de Columbia se pronuncie sobre el nombre aprobado por la junta”.
“Si el fallo es negativo… la reconstrucción y renovación del Kennedy Center no se llevarán a cabo”, añadió.
Trump reiteró su postura el miércoles.
“Para que yo me involucre, asuma el proyecto a largo plazo y lo lleve a cabo —o recaude fondos para hacerlo—, creo que el Gobierno de Trump debería recibir reconocimiento”, declaró a periodistas en Charlotte. “Porque, francamente, si no lo hacemos, el centro cerrará. Terminará siendo demolido”.
El miércoles por la noche, Trump fue fotografiado a bordo del Air Force One mientras examinaba un cartel que parecía decir: “KENNEDY CENTER DEMOLIDO”.
Así, el presidente afirma explícitamente que necesita reconocimiento personal para salvar esta institución y amenaza, sin demasiada sutileza, con su desaparición si no consigue lo que quiere.
La propuesta de Trump de entregar cheques de US$ 5.000 podría ser la más descarada de todas.
En la convención republicana sobre las elecciones intermedias celebrada la semana pasada, Trump afirmó que, si los estadounidenses reeligen mayorías republicanas en el Congreso, “entregaré un dividendo de US$ 5.000 a cada ciudadano adulto de Estados Unidos”.
Una cosa sería decir que elegir mayorías republicanas permitiría al partido aprobar recortes de impuestos o algo parecido. Pero Trump vincula expresamente la entrega de grandes sumas de dinero —aparentemente sin la aprobación del Congreso— con una recompensa por darle lo que quiere.
Incluso algunos sectores de la derecha han calificado la propuesta de soborno. Sin duda, parece un quid pro quo: un pago realizado a cambio de un resultado concreto.
Y cabe imaginar lo que ocurriría si esto se convirtiera en la nueva normalidad. Lo único que podría impedir que los presidentes ofrecieran sumas cada vez mayores a cambio de votos serían las consecuencias económicas de hacerlo.
Hay indicios de que los estadounidenses entienden lo que Trump está haciendo.
Una encuesta de Reuters/Ipsos publicada esta semana mostró que el 66 % de los votantes registrados consideraba “inapropiada” la promesa de Trump de entregar cheques de US$ 5.000 si el Partido Republicano gana las elecciones intermedias, frente a solo el 18 % que la consideraba apropiada.
Incluso entre los republicanos predominó la opinión de que era inapropiada, por un 37 % frente a un 33 %.
Aunque anteriormente los votantes solían considerar a ambos partidos igualmente corruptos, algunos sondeos recientes sugieren que el Partido Republicano se encuentra ahora en desventaja en este asunto.
Una encuesta de The New York Times y Siena College publicada esta semana mostró que los votantes probables consideraban, por una diferencia de 14 puntos, que el término “corrupto” describía mejor a los republicanos que a los demócratas. Asimismo, una encuesta de Fox News indicó que los votantes registrados consideraban que los demócratas abordarían mejor los asuntos relacionados con la corrupción, con una ventaja de 11 puntos.
Sin embargo, a Trump no parece importarle demasiado esa percepción. Él y sus aliados republicanos en el Congreso, que se muestran deferentes hacia el presidente, han dotado a la presidencia de tanto poder que Trump intenta aprovecharlo al máximo.
Y, al parecer, seguirá haciéndolo.
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