“Pitbull” Cruz vs. Néstor Bravo reaviva el clásico México vs. Puerto Rico en boxeo: estás son las 5 peleas más emblemáticas
Por Hugo Manu Correa, CNN en Español
Es un clásico visceral del pugilismo. México de un lado y Puerto Rico del otro. Juntos han tenido combates emotivos, épicos, con los puños cargados de dinamita. Peleas que fueron condimentadas a pura bravura y que, a base de descomunales campeones, han posicionado a ambos países en lo más encumbrado de la historia del boxeo mundial.
Puerto Rico y México han nutrido la historia del pugilismo con nombres ilustres. Wilfredo Gómez, Félix Trinidad, Wilfredo Benitez, Héctor Camacho, Miguel Cotto, entre tantos otros por el lado de la “isla del encanto”. Julio César Chávez, Pipino Cuevas, Antonio Margarito, Óscar de la Hoya y mucho más por el lado del país azteca.
Muchos de esos nombres volverán a la memoria con el combate de este sábado 19 de septiembre en San Diego, California (Estados Unidos) entre el mexicano Isaac “Pitbull” Cruz y el puertorriqueño Néstor Bravo por el cinturón interino de peso superligero del Consejo Mundial de Boxeo. Un cara a cara que no hace más que poner en la superficie un pasado que este fin de semana estará presente en cada golpe.
De entre tantas peleas épicas entre boxeadores de ambos países hay cinco que, a nuestro ojo, son imborrables.
Ambos llegaban en el momento cumbre de sus brillantes carreras. Óscar de la Hoya, el “Golden Boy”, era campeón olímpico y orgullo mexicano-estadounidense. En el rincón de enfrente estaba el representante puertorriqueño Félix Trinidad, dueño de un estilo de boxeo deslumbrante.
Invictos, campeones y con estilos marcadamente diferentes, le dieron a este combate el nombre de “La Pelea del Milenio”.
Fue un buen combate, donde cada uno hizo valer lo suyo en dos momentos distintos de la contienda, aunque las acciones no estuvieron a la altura de lo que se esperaba. En la primera parte fue De La Hoya el que marcó el tono del combate, imponiendo condiciones con gran velocidad de golpes y rapidez de movimientos.
Sin embargo, en la parte final del combate Trinidad empezó a dejar huella con más certeros y precisos impactos. De la Hoya se mostró más conservador en los tres últimos asaltos y allí el de Puerto Rico dio vuelta el combate. Los jueces vieron ganador a Trinidad en decisión mayoritaria.
Fue una pelea subyugante. Estratégica, cerebral y llena de plasticidad. Los protagonistas fueron dos grandes campeones que se tuvieron un tremendo respeto, pero que atacaron con sus múltiples combinaciones de golpes.
El puertorriqueño Cotto estaba en el cierre de su carrera, ya con 35 años habiendo sido rey en cuatro categorías diferentes. “Canelo” llegaba con una ascendente carrera y con apenas 25 años iba por toda la gloria.
Fue una pelea con golpes y contragolpes, con dos boxeadores quirúrgicos en sus desplazamientos e impactos. Los jueces vieron ganador de manera unánime a “Canelo” Álvarez, pero resultó ser una fascinante contienda.
Fue una pelea que antes, durante y después dejó una profunda huella en ambos países. México literalmente se detuvo para ver este combate. El presidente Carlos Salinas de Gortari —en pleno auge del sistema de televisión Pay Per View— determinó que la contienda se transmita por cadena nacional.
Chávez llegaba en su mejor momento, tras haberle ganado por nocaut a Meldrick Taylor en una pelea descomunal en 1990. Si bien ese combate fue fascinante y de relevancia, el duelo ante Camacho encontró a los dos en momentos exultantes.
El puertorriqueño, que era de hablar mucho, exacerbó aún más la espuma en la previa al pronosticar que iba a derrotar a Chávez. El clima deportivo hacía presagiar un incendiario combate. Y ninguno de los dos defraudó.
Con técnica brillantemente depurada, con un manejo admirable el ring y con ráfagas de golpes impactantes, ambos boxeadores se castigaron durante toda la pelea. Sin embargo, la contienda llevó un guion que parecía a cargo de Chávez, quien siempre fue en búsqueda de Camacho y conectó más y mejores golpes a lo largo del combate. El mexicano ganó por decisión unánime de las tarjetas.
Esta pelea se considera como una de las subyugantes de la historia entre estos dos países. Se la llamó “La Batalla de los Pequeños Gigantes”, poniendo arriba del cuadrilátero a dos superestrellas del pugilismo.
De un lado estaba el campeón mexicano Salvador Sánchez, que ponía en juego su reinado de peso pluma del Consejo Mundial de Boxeo. Su récord daba cuenta de 40 contiendas, con cero derrotas y 30 victorias nocaut.
En el otro lado del cuadrilátero estaba un no menos prodigio del boxeo, el también campeón Wilfredo Gómez. El puertorriqueño exponía un crédito tan fulminante como admirable: 32 peleas, 32 victorias y todas por la vía rápida.
La contienda estuvo a la altura. Ambos dieron rienda suelta a sus poderosos puños, a su gran destreza y a su enorme talento. Las combinaciones de golpes fueron dantescas. Ambos fueron por el rival en busca de la victoria. Gómez, que mayormente ocupó el centro del cuadrilátero, fue un verdadero campeón, aunque Sánchez demostró ser el mejor. En el octavo asalto lanzó una metralleta de golpes que determinó el “no va más” por parte del juez del combate.
Es la más especial de las joyas del boxeo entre México y Puerto Rico. Dos campeones. Dos bravos de los puños. Dos exponentes colosales del pugilismo que se sentían amos absolutos.
El deslumbrante Julio César Chávez llegaba como campeón superpluma del CMB y buscaba ser el tercer boxeador en subir de las 130 a las 135 libras. Su objetivo: apoderarse del cinturón de peso ligero de la CMB. Enfrente tenía un desafío sumamente complejo, con un Edwin Rosario que se encargó en la previa de anunciar a los cuatro vientos su victoria. Incluso prometió que Chávez regresaría a México en un ataúd.
Chávez se limitó a responder que hablaría en el cuadrilátero, y vaya si lo hizo. Sus volados, ganchos y feroces impactos en la zona hepática, y su destreza con la cintura para esquivar los lacerantes golpes del bravo púgil de Puerto Rico, marcaron la tónica del encarnizado combate.
En cada asalto fue el mexicano el que impuso condiciones, con Chávez aumentando la presión y el dominio con cada round, hasta que llegó el undécimo, donde el juez paró el combate.
Chávez fue declarado ganador tras una combinación letal de impactos que lo ubicaron como el mejor boxeador del mundo en ese entonces.
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