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La odisea de 144 años para completar la Sagrada Familia se acerca a su fin con la Torre de Jesucristo

Por Pau Mosquera y Maria Contreras, CNN

Es inevitable: todos miran hacia arriba. Cuando los visitantes llegan a la Sagrada Familia de Barcelona, sus ojos siguen instintivamente las líneas retorcidas y surrealistas de las torres escultóricas de la basílica hasta alcanzar la punta de cada aguja.

Ahora sus miradas llegan más alto que nunca. Más de 144 años después del inicio de las obras, la iglesia más alta del mundo alcanzó su altura definitiva de 172,5 metros tras la instalación, en febrero, de su último gran elemento estructural: una cruz en la cima de la Torre de Jesucristo.

Retrasada por guerras, circunstancias políticas y problemas de financiación, la imponente pero inacabada presencia de la Sagrada Familia ha dominado durante décadas el horizonte de Barcelona. Ahora, la tan esperada torre final está, por fin, lista para su inauguración.

Este miércoles, el papa León XIV —el undécimo pontífice desde que comenzaron las obras— encabezará una misa solemne y una bendición ceremonial. Aunque todavía podrían quedar años de trabajos no estructurales por completar, 2026 ha estado señalado desde hace tiempo como la fecha de esta apertura de facto. La inauguración de la torre número 18 coincide exactamente con el centenario de la muerte del arquitecto visionario del templo, Antoni Gaudí.

Triunfo del color, la artesanía y una geometría extraordinaria, la Sagrada Familia es un monumento no solo a la fe, sino también a la veneración de Gaudí por la naturaleza y a su dominio de la ingeniería compleja. Su culminación es testimonio del esfuerzo de innumerables diseñadores y arquitectos que tuvieron que descifrar los planos del templo, destruidos en gran parte durante la década de 1930.

La complejidad del proyecto quedó reflejada, en muchos sentidos, en su última gran pieza arquitectónica. Con su brillante superficie blanca reflejando el intenso sol español, la cruz que corona la Torre de Jesucristo (las otras 17 torres están dedicadas a los 12 apóstoles, los cuatro evangelistas y la Virgen María) tiene la altura de un edificio de cinco pisos y pesa alrededor de 100 toneladas. Su instalación fue un proceso complejo que se prolongó durante varios meses.

Según Mauricio Cortés, el arquitecto responsable, Gaudí había imaginado una cruz reflectante que brillara durante el día e iluminara el horizonte por la noche. Cortés, como todos sus predecesores, se enfrentó a dos grandes desafíos: mantenerse fiel a la visión de Gaudí y, al mismo tiempo, cumplir con exigentes requisitos de ingeniería (en este caso, mantener la aguja relativamente ligera).

La cruz fue fabricada en Alemania y trasladada a España en 14 secciones prefabricadas de hormigón y acero inoxidable. Este último material, aunque no era de uso común en tiempos de Gaudí, aportó la resistencia necesaria y redujo el peso total de la estructura. Esta convergencia entre historia y modernidad fue uno de los muchos compromisos delicados necesarios para hacer realidad el diseño del arquitecto.

Una vez en Barcelona, cada sección fue elevada con grúas hasta un taller situado a unos 61 metros de altura, justo sobre la nave central de la basílica. Allí, los trabajadores completaron las piezas con interiores de piedra, revestimientos de cerámica esmaltada blanca y ventanas elaboradas con vidrio de origen local, antes de ensamblar la estructura y elevarla hasta su posición definitiva.

“Obviamente, los tiempos han cambiado: la tecnología ha evolucionado y también las normativas”, dijo Cortés durante una visita guiada a CNN por la basílica antes de la inauguración.

Pero el arquitecto mexicano está convencido de que el templo se mantiene fiel a la visión original de Gaudí.

“Creemos que estamos muy cerca de lo que él imaginó para el exterior, sin duda”, afirmó. “En el interior, como no lo definió con detalle, hay más margen para la interpretación”.

Desde la perspectiva privilegiada del taller elevado se puede contemplar no solo toda la ciudad, sino también los elementos arquitectónicos más altos de la basílica.

El techo de la nave central estalla en colores, con frontones decorados con cerámicas vibrantes. Los campanarios que coronan tanto la fachada del Nacimiento como la de la Pasión —grandes muros que narran sus respectivos relatos bíblicos mediante elaboradas esculturas en piedra— están rematados por pináculos semejantes a insignias, elaborados con mosaicos de brillante vidrio veneciano.

Es una vista que Gaudí sabía que nunca contemplaría en vida. Cuando asumió el proyecto tras la salida del arquitecto Francesc de Paula Villar, quien renunció después de un desacuerdo con los promotores de la obra, entendió que jamás viviría para verlo terminado. La magnitud y complejidad de su visión hacían que eso fuera casi imposible.

“Mi cliente no tiene prisa”, respondió célebremente Gaudí cuando le preguntaban por las fechas de finalización. Su cliente no era ni el promotor ni los fieles de Barcelona, sino Dios.

El arquitecto catalán vivió lo suficiente para ver completada la primera torre. Pero nunca pudo anticipar los obstáculos que retrasarían el proyecto tras su muerte, en 1926.

Dos factores resultaron especialmente perjudiciales para el avance de las obras: el dinero y la Guerra Civil Española.

El país quedó sumido en el caos diez años después de la muerte de Gaudí. En julio de 1936, grupos anarquistas incendiaron la cripta del templo y entraron en el taller del arquitecto, donde destruyeron muchos de sus planos y modelos de yeso. Afortunadamente, no todo desapareció.

Gran parte de la información perdida fue reconstruida por discípulos y colaboradores de Gaudí, quienes habían documentado sus ideas en libros, artículos, dibujos y fotografías. Su trabajo proporcionó una valiosa guía a las generaciones posteriores de arquitectos.

Quizás aún más importante fue que dejó a sus sucesores una especie de lógica de diseño, explicó Jordi Faulí, arquitecto jefe responsable actualmente de las obras. Aunque los trabajos posteriores recurrieron a tecnologías modernas —desde programas de modelado digital hasta robots industriales—, el razonamiento fundamental se mantuvo intacto.

“Creó un método para diseñar un sistema”, dijo Faulí, y agregó: “Cuando analizamos sus modelos (o los fragmentos que se conservan), o las fotografías de esos modelos, podemos interpretarlos fácilmente porque entendemos las superficies que Gaudí utilizó en el proyecto y cómo se intersectan”.

La financiación también ha supuesto un desafío. Como templo expiatorio, la iglesia se financia exclusivamente mediante donaciones y, desde su apertura oficial al público en 2010, con los ingresos generados por las visitas.

La vulnerabilidad de este modelo quedó en evidencia durante la pandemia de covid-19, cuando el turismo se desplomó y la venta de entradas cayó drásticamente. Desde entonces, sin embargo, el número de visitantes se ha recuperado con fuerza. Solo en 2025, la basílica recibió cerca de 5 millones de visitantes.

La Sagrada Familia puede parecer ahora terminada, pero está lejos de estar concluida. Con la Torre de Jesucristo ya construida —más allá de los trabajos interiores, cuya finalización está prevista para 2028—, la atención se ha desplazado hacia la fachada de la Gloria.

La tercera y última de las fachadas decoradas concebidas por Gaudí fue diseñada como la gran entrada principal de la basílica. Sin embargo, su construcción ha generado tensiones con los residentes que viven frente al templo.

La controversia gira en torno a una escalinata propuesta. Debido a que el pórtico de entrada se encuentra aproximadamente a cuatro metros por encima del nivel de la calle, la Junta Constructora del Templo Expiatorio de la Sagrada Familia (la fundación sin fines de lucro responsable de las obras) ha planteado la construcción de una monumental escalinata que conecte la basílica con la vía pública y permita, al mismo tiempo, el paso del tráfico por debajo.

Para hacerlo sería necesario disponer de un espacio considerable, lo que podría implicar la demolición de edificios residenciales situados justo frente a la iglesia. Por ello, numerosos vecinos y comerciantes locales se oponen a la propuesta.

Entre ellos está Alicia Busquets, quien ha vivido en el barrio durante tres décadas. Su apartamento ofrece vistas excepcionales de la basílica, pero la incertidumbre en torno al proyecto se ha convertido en una fuente constante de preocupación e incluso le ha impedido invertir en reformas.

“¿Quién puede garantizar que dentro de dos años mi casa no será demolida?”, preguntó.

Sus preocupaciones son compartidas por muchos vecinos, quienes, según Salvador Barroso, presidente de una asociación creada por los afectados por las propuestas, siguen sin contar con información clara sobre el cronograma de las obras. Sin embargo, la Junta Constructora señaló que primero debe alcanzar un acuerdo con las autoridades municipales antes de dialogar con los residentes.

Es poco probable que la controversia eclipse las celebraciones de esta semana. Pero sirve como recordatorio de que la basílica sigue sin estar terminada y de que el destino de las personas que han pasado años viviendo bajo su sombra continúa sin resolverse.

“Estamos en un punto muerto”, dijo Barroso. “Hay muchos rumores, se dicen muchas cosas, pero la realidad es que no hay nada seguro. Con la visita del Papa dentro de unos días… esto es como una olla a presión”, agregó.

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