Trump vuelve a hablar de las elecciones en Brasil. ¿Cuál es su verdadero poder para influir en el resultado?
Análisis por Iuri Pitta, CNN en Español
¿Qué piensa Donald Trump sobre Brasil y, sobre todo, sobre quién podría gobernar el país a partir de 2027? El presidente de Estados Unidos ha actuado, por momentos, como una esfinge que espera a quien logre descifrar ese enigma pero también como alguien plenamente consciente del poder que tiene para influir, si no en el voto de los casi 160 millones de electores brasileños, sí en los dos principales polos políticos de la segunda democracia occidental más grande del mundo, solo detrás de los propios Estados Unidos, y la más grande de América Latina.
El episodio más reciente de esta versión de Trump salió a la luz esta semana, tras la Cumbre del G7 en Francia. “Brasil se ha convertido en un país un poco complicado, ¿no? Políticamente. La situación política se ha vuelto un poco peligrosa”, dijo el presidente estadounidense al ser consultado en una conferencia de prensa sobre si se había reunido con su homólogo brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva (PT).
Poco después, también al hablar con periodistas, Lula fue consultado sobre esa declaración por el corresponsal de CNN Brasil, Américo Martins. El mandatario brasileño respondió lo siguiente, refiriéndose a Trump: “No se meta en las elecciones de Brasil, porque las elecciones en Brasil son un asunto de Brasil, así como las elecciones estadounidenses son un asunto de ellos, no mío”, afirmó.
Con este intercambio de declaraciones —el más hostil entre ambos jefes de Estado desde lo que ellos mismos calificaron como una “excelente química” durante su encuentro en la Asamblea General de la ONU el año pasado—, queda en evidencia hasta qué punto el mundo político brasileño se pregunta cuál será el peso de las acciones y declaraciones de Trump y de la Casa Blanca en la próxima contienda presidencial del país.
Sin embargo, en la misma entrevista, Trump dejó un nuevo enigma en el aire al explicar por qué considera que la situación política en Brasil es “un poco peligrosa”.
“Acabo de despedirme de él [Lula] y escuché que arrestaron a Bolsonaro Jr. Iba muy bien en las encuestas y lo arrestaron porque hizo una declaración en Texas. O lo arrestaron, o quieren arrestarlo”, afirmó.
El presidente estadounidense se refería a la condena del exdiputado Eduardo Bolsonaro (PL), dictada el día anterior por el Supremo Tribunal Federal de Brasil, en un proceso en el que está acusado de haber actuado desde Estados Unidos para obstaculizar el proceso judicial que terminó condenando a su padre, el expresidente Jair Bolsonaro, el año pasado. El exlegislador sostiene que el proceso estuvo viciado y que fue condenado únicamente para impedirle competir en las elecciones, ya que pretendía postularse al Senado por el estado de São Paulo.
Sin embargo, hubo quienes interpretaron que Trump había confundido a los hermanos y en realidad pensaba en el hijo mayor del expresidente, el senador Flávio Bolsonaro (PL), principal adversario de Lula en las urnas de octubre.
Si las palabras de Trump no permiten saber con total certeza qué piensa el presidente estadounidense sobre las elecciones brasileñas, dos imágenes difundidas en menos de tres semanas terminaron de complicar aún más el panorama.
El 7 de mayo, Trump recibió a Lula en la Casa Blanca, en una reunión cuidadosamente organizada por las diplomacias de ambos países y ampliamente registrada en fotografías por la delegación brasileña, integrada por ministros y otras autoridades.
El día 26 fue el turno de Flávio Bolsonaro, quien posó en el Salón Oval junto al presidente de Estados Unidos. Lo acompañaban su hermano Eduardo y Paulo Figueiredo, nieto del último presidente del régimen militar brasileño, João Figueiredo, y principal enlace entre el bolsonarismo y los asesores de Trump.
Tanto en un caso como en el otro, no faltaron fotografías ni publicaciones en redes sociales mostrando ambas reuniones.
Hubo una época en la que la influencia de Estados Unidos sobre Brasil —al igual que sobre el resto de América Latina— prefería la discreción y las sombras, muy diferente de la hiperexposición que hoy generan las redes sociales.
El ejemplo de mayor contraste ocurrió en 1964. En vísperas del golpe militar, Washington desplegó una flota de barcos frente a la costa brasileña para asistir a los militares locales en caso de que el derrocamiento del entonces presidente João Goulart encontrara resistencia, algo que finalmente no ocurrió. Estados Unidos no necesitó intervenir y el episodio permaneció en secreto hasta la década siguiente, cuando el periodista Marcos Sá Corrêa reveló la existencia de aquella operación, conocida como Brother Sam.
En aquella época, cinco años después de que Fidel Castro tomara el poder en Cuba e instaurara un régimen comunista en la isla caribeña, lo último que la Casa Blanca quería era que más países del continente se alinearan con el bloque encabezado por la ya desaparecida Unión Soviética.
Hoy, en cambio, lo que parece preocupar a Washington es el creciente acercamiento de los países de la región a China.
La pregunta no tiene una única respuesta, y quizá ese sea precisamente el punto.
Recibir a Lula transmite pragmatismo: Brasil es demasiado importante para ser ignorado por quien busca contener la influencia china en América Latina y tiene interés en las tierras raras, abundantes en el país sudamericano. Recibir a Flávio Bolsonaro, por otro lado, sugiere afinidad ideológica y un gesto hacia la base bolsonarista, que ve en Trump a un aliado natural.
Refuerza esa interpretación el hecho de que, en la misma semana de la visita del hijo de Jair Bolsonaro a Estados Unidos, el Departamento de Estado, encabezado por Marco Rubio, anunciara la designación de las organizaciones criminales brasileñas PCC y Comando Vermelho como organizaciones terroristas extranjeras. La medida cuenta con amplio respaldo en la opinión pública brasileña, pero enfrenta resistencia del gobierno actual, que considera que podría afectar la soberanía nacional.
Son dos señales que parecen neutralizarse entre sí. Y esa ambigüedad no parece ser un descuido: Trump cultiva la imprevisibilidad como una herramienta política. El efecto en Brasil es que cada campaña se queda con la fotografía que más le conviene.
Lula ha convertido la defensa de la soberanía nacional en una de sus principales banderas políticas desde que Estados Unidos impuso el primer paquete de aranceles a Brasil en julio del año pasado.
Por su parte, el bolsonarismo presenta su cercanía con Washington como un activo de cara a posibles acuerdos durante los dos años que Trump permanecerá en la Casa Blanca y mientras el Palacio de Planalto, en Brasilia, sea ocupado por quien resulte vencedor en las elecciones brasileñas de 2026.
Al igual que ha ocurrido en otros países desde su regreso a la Casa Blanca, Trump ya se ha convertido en un tema central del debate electoral brasileño. Lo que aún no está claro —quizá ni siquiera para él mismo— es a quién terminará beneficiando o perjudicando esa influencia.
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