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“Yo ocupo gente como tu hijo”: una madre mexicana cuenta cómo un cartel reclutó a la fuerza a uno de sus hijos

Por Mauricio Torres, CNN en Español

Elvira Nevarez tiene casi un año sin saber nada de su hijo, José Alfredo Esparza Nevarez. La última vez que lo vio fue la noche del 17 de septiembre pasado, cuando hombres armados que los habían retenido por horas en un inmueble de Sinaloa, en el noroeste de México, la dejaron en libertad pero se quedaron con el joven.

Recuerda que el líder del grupo, a quien los demás se referían como “el comandante” o “el patrón”, le dijo que “ocupaba” a personas como José Alfredo, por lo que se quedaría con él durante “unos meses”. Aunque ella se negó, no pudo impedir que el muchacho permaneciera cautivo.

Elvira denuncia que José Alfredo fue reclutado a la fuerza por una facción del Cartel de Sinaloa, una organización que, desde hace casi dos años, vive una fuerte lucha interna en la que sus dos principales bloques, Los Chapitos y Los Mayos, buscan ganar el control de las actividades criminales en el estado.

La pugna ha disparado los niveles de violencia en Sinaloa. Desde que comenzó en septiembre de 2024 hasta julio de este año, en la entidad se han registrado 3.047 homicidios dolosos —según cifras oficiales—, algo que muchos especialistas ven como una consecuencia de los enfrentamientos entre las facciones del cartel, junto con un aumento en las desapariciones, los ataques a negocios y el reclutamiento forzado, una práctica también observada en estados como Jalisco y Michoacán.

Aunque no existe una estadística oficial de cuántas personas han sido reclutadas forzadamente por grupos delictivos, autoridades de México reconocen la gravedad del problema. Durante la actual Legislatura del Congreso, que comenzó en septiembre de 2024, diputados y senadores han presentado al menos 39 iniciativas de ley para prevenir y sancionar esta actividad, según una revisión en el Sistema de Información Legislativa (SIL).

Las propuestas retoman estudios de algunas organizaciones no gubernamentales que advierten que el reclutamiento forzado puede comenzar con falsas ofertas de empleo, promesas de ganancias o presiones directas de delincuentes. La Red por los Derechos de la Infancia en México (Redim) señaló a finales de 2025 que niñas, niños y adolescentes representan un sector particularmente vulnerable. Según la ONG, entre 145.000 y 250.000 están en riesgo de ser reclutados por la delincuencia en todo el país debido a los contextos familiares, comunitarios y de violencia en los que viven.

En medio de este panorama, la historia de Elvira y José Alfredo ilustra los problemas de inseguridad que hoy tienen en vilo a la población de Sinaloa.

Elvira, de 55 años, se dedica a la decoración de interiores y eventos, la carpintería y el muralismo. Cuenta a CNN que hace un año le ofrecieron un proyecto en un lugar conocido como El Castillo, en el municipio de Navolato, y que Alfredo, quien en ese entonces tenía 28 años y estaba en la ciudad fronteriza de Tijuana, se ofreció a viajar de regreso a Sinaloa para ayudarle con el trabajo.

“Nosotros, como somos decoradores y somos carpinteros, obviamente siempre nos contratan diferentes personajes. Nunca preguntamos quiénes son”, dice.

Ella y su hijo acordaron ir al lugar el 17 de septiembre, acompañados de la persona que los contactó. Los tres se trasladaron desde la ciudad de Culiacán en el auto de Elvira: ella al volante, José Alfredo en el asiento trasero y el acompañante en el puesto del copiloto.

Cuando llegaron a El Castillo, el contacto bajó del coche y entró al inmueble. Mientras Elvira y José Alfredo esperaban, los alcanzó otro vehículo tipo jeep que se les paró enfrente y del que bajaron personas armadas. Elvira tuvo un momento de preocupación, que no sería el único a lo largo de las siguientes horas.

“Yo le dije a mi hijo: ‘Hijo, te quiero mucho’. Porque no sabía lo que nos iba a pasar”, recuerda. “No se preocupe, mamá”, respondió su hijo.

Uno de los hombres que bajaron se les acercó y preguntó quiénes eran. Ella respondió que solo habían ido a trabajar. Enseguida, el hombre se subió al asiento trasero junto a José Alfredo y ordenó a Elvira seguir al vehículo hacia el interior del inmueble.

“Seguí yo la camioneta y, cuando llegamos a aquella casa, se me bajó la sangre a los talones porque abrieron un portón y era muchísima gente armada”, describe.

Instantes después, los bajaron de su auto. Otro hombre se les acercó y le dijo: “No se preocupe, madre. No le va a pasar nada. Usted tranquila”. Les quitaron sus teléfonos, los revisaron y les dijeron que estarían a salvo si no pertenecían a “la otra facción” y respondían con “la verdad de todo”.

Luego de la revisión, dice Elvira, a uno de los hombres le llamó la atención que la configuración del teléfono de José Alfredo estuviera en inglés, lo que ella atribuye al tiempo que su hijo había vivido cerca de la frontera con Estados Unidos.

“Como vieron todo lo que él tenía, le dijo el pistolero al otro: ‘Oyes, tenemos un güero finito aquí, para que le digas al patrón’. Y yo dije: ‘Ya me lo van a quitar’”, relata.

Elvira dice que en ese momento los separaron por primera vez. Aunque se puso “muy brava”, a José Alfredo se lo llevaron para interrogarlo mientras que a ella la dejaron en un cuarto bajo la vigilancia de varios hombres. Reconoce que tenía miedo pero asegura que no lo demostró; también menciona que no la agredieron.

A la habitación empezaron a llegar más personas, que hablaban de su facción, Los Mayos, e insistían en preguntar a Elvira quién era y si pertenecía a “los contras”, como llamaban a Los Chapitos.

Pasaron horas, Elvira no recuerda cuántas. Finalmente, José Alfredo entró al cuarto y le dijo que estaba bien, aunque ninguno de los dos sabía qué les podría pasar.

Fue hasta que “el comandante” entró a la habitación y que sus hombres comenzaron a darle información que el futuro inmediato de madre e hijo empezó a tomar alguna forma.

“Uno de ellos dijo: ‘Jefe, el güerito nos sirve para bajo perfil’”, recuerda Elvira, y dice que ella respondió: “El güerito madres que sirve para bajo perfil, porque es mi hijo y se va conmigo”. Entonces, “el comandante” ordenó que se la llevaran hacia otro cuarto.

Pasaron dos horas más. Después, José Alfredo entró a la nueva habitación, sin señales de haber sido golpeado o maltratado.

Ya por la noche, a ambos los sacaron del cuarto y “el comandante” dijo a Elvira que le daría su teléfono y dinero para regresar a casa, pero se quedaría con el joven.

“A mi hijo no me lo toques”, reaccionó ella, pero él respondió con más fuerza: “Tu hijo se queda… Yo ocupo gente como tu hijo”.

Elvira dice que insistió en que dejaran ir a José Alfredo e incluso planteó quedarse en su lugar. “El comandante” rechazó la idea, le dijo que le dejara al muchacho “unos meses” y le aseguró que podría estar en contacto con él por teléfono.

Después, ordenó a sus hombres que la llevaran a la calle, a un punto desde donde pudiera regresar a su casa.

“Que se vaya la señora porque me va a cansar”, advirtió, según el relato de Elvira, quien también recuerda que no se despidió de José Alfredo y que las últimas palabras que escuchó de él fueron: “Ya deje que mi mamá se vaya”.

Elvira cuenta que alrededor de las 11:45 de la noche la dejaron en un lugar conocido como El Molino, en Culiacán, adonde una sobrina suya pasó a recogerla en un taxi cerca de las 2:30 de la mañana.

La misma sobrina le ayudó a presentar en la Fiscalía de Sinaloa una denuncia por desaparición forzada. Desde entonces, la ficha de búsqueda de José Alfredo está disponible en el registro nacional de personas desaparecidas.

Elvira dice que durante los primeros días pudo mantener cierta comunicación con su hijo a través del teléfono. Recuerda que él con frecuencia le mandaba mensajes en los que decía que estaba “en una jugada”, en referencia a los lugares adonde sus captores lo mandaban para vender droga.

El 28 de septiembre, sin embargo, la situación cambió.

Para esa fecha, recuerda Elvira, las autoridades planearon una operación para rescatar al joven, luego de que la Policía Cibernética pudo localizar su teléfono. Ella reconoce que estaba temerosa de que el despliegue fuera a salir mal, como asegura que ocurrió porque José Alfredo no solo no fue encontrado sino que desde entonces no responde ningún mensaje.

“Se hizo el operativo y falló y, desde ese día, yo no tengo contacto con mi hijo”, dice.

CNN consultó a la Fiscalía de Sinaloa sobre el estado del caso. La institución respondió que no puede dar información cuando una investigación está en curso.

Elvira señala que durante los últimos meses se ha convertido en madre buscadora, una faceta que nunca imaginó tener que desarrollar, al igual que miles de mujeres en el país que buscan a sus seres queridos. A la par de que mantiene su negocio, está al tanto de las indagatorias, se reúne con otras madres buscadoras, cada noche hace transmisiones en vivo en redes sociales para pedir ayuda para encontrar a José Alfredo y, sobre todo, trata de no perder la esperanza.

“Mi corazón me dice que mi hijo está vivo, pero hay veces que mi corazón me dice: ‘¿Y si no está?’. Entonces, ha sido un proceso muy difícil. Es una angustia muy fea que no se le desea a nadie”, reflexiona mientras intenta contener el llanto.

A pesar de la situación, procura mantenerse fuerte. También dice que encuentra terapia en la música y que cuenta con el apoyo de algunas personas —su otra hija, su sobrina y su nieto pequeño, hijo de José Alfredo—, así como con el anhelo de que su familia pronto pueda volver a estar completa.

“Yo no me voy a callar, yo voy a seguir haciendo contenido y voy a seguir haciendo ruido. Trato de no molestar a las personas que tienen a mi hijo porque, desgraciadamente, es irónico: tienes que pedirles con mucho cariño y respeto que te entreguen a tu hijo. Y eso es lo que hago”.

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