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ANÁLISIS | Las esperanzas de victoria de Ucrania se desvanecen ante el menguante apoyo occidental y la implacable maquinaria bélica de Putin

Ángela Reyes Haczek

(CNN) — Hace un año, un resuelto presidente Volodymyr Zelensky viajó directamente desde el campo de batalla de Bakhmut a Estados Unidos para dirigirse al Congreso y reunirse con el presidente Joe Biden. Fue aclamado como un héroe: la determinación de Ucrania de resistir la agresión rusa recibió un fuerte respaldo bipartidista en Washington.

Un año después, las perspectivas son mucho más sombrías. La tan esperada ofensiva ucraniana en el sur apenas ha progresado. Rusia parece haber resistido a las sanciones internacionales, por ahora, y ha convertido su economía en una máquina de guerra.

La forma rusa de hacer la guerra, absorbiendo terribles pérdidas de hombres y material pero lanzando aún más a la lucha, ha debilitado la ventaja táctica y tecnológica del ejército ucraniano, como admitió su general de más alto rango en un sincero ensayo el mes pasado.

El estado de ánimo en Moscú parece sombríamente determinado: los objetivos de la “operación militar especial” se alcanzarán, y la lucha continuará hasta que se alcancen.

A medida que la larga línea del frente se calcifica cada vez más, el Kremlin percibe un mayor escepticismo entre los partidarios occidentales de Kyiv en cuanto a la posibilidad de que Ucrania pueda recuperar el 17% de su territorio aún ocupado por las fuerzas rusas.

Putin está disfrutando de un ambiente mucho más partidista en Washington, donde muchos miembros del Partido Republicano cuestionan el propósito de enviar a Ucrania otros US$ 61.000 millones de ayuda, tal y como ha solicitado la administración de Biden, al considerar que se conseguirá poco en el campo de batalla.

En su primera conferencia de prensa de fin de año desde que comenzó el conflicto, Putin dijo: “Ucrania no produce casi nada hoy, todo viene de Occidente, pero lo gratis se va a acabar algún día, y parece que ya se está acabando”.

Al mismo tiempo, el primer ministro húngaro, Viktor Orban, bloqueó un paquete de ayuda financiera de la UE a Ucrania por valor de US$ 55.000 millones, lo que llevó a un político alemán a decir que era como tener al mismísimo Putin sentado a la mesa.

El presidente de Ucrania, Volodymyr Zelensky es abrazado por el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, en la Oficina Oval de la Casa Blanca en Washington, el 21 de septiembre de 2023. (Crédito: Kevin Lamarque/Reuters)

Zelensky, que según ha admitido recientemente está cansado, tiene un trabajo cada vez más difícil como principal vendedor de Ucrania, en momentos en que los acontecimientos en Medio Oriente desvían la atención de su país como centro de la crisis internacional número uno.

En el primer aniversario de la invasión, predijo que “2023 será el año de nuestra victoria”. Es poco probable que haga el mismo pronóstico optimista para el próximo año.

A finales de diciembre, Ucrania sufrió el mayor ataque aéreo ruso desde el inicio de la invasión a gran escala. El viernes, Rusia disparó 158 drones y misiles —incluidos Kinzhals hipersónicos— contra objetivos en toda Ucrania, matando al menos a 18 personas e hiriendo a decenas más. Zelensky dijo que Rusia utilizó “casi todos los tipos de armas de su arsenal” en los ataques.

Rusia no está exenta de vulnerabilidades, pero estas son más a largo plazo. El conflicto ha agravado su crisis demográfica debido a la emigración y las pérdidas en el campo de batalla. Casi 750.000 personas abandonaron Rusia en 2022 y los analistas prevén que un número aún mayor se fue en 2023.

La escasez de mano de obra está avivando el aumento de los salarios y, por tanto, de la inflación. Evadir las sanciones y mantener la producción industrial tiene un precio, ya que gran parte de esa producción se dedica ahora a reemplazar las impresionantes pérdidas del campo de batalla, y el déficit presupuestario se dispara en consecuencia.

El pronóstico a largo plazo para la economía rusa es sombrío, y ese puede ser el legado más importante de Putin.

Pero como dijo una vez el economista John Maynard Keynes: “A largo plazo todos estamos muertos”. A corto plazo, Putin parece inexpugnable. La reelección en marzo es una formalidad (el Kremlin ya lo ha reconocido). Contrasta con Estados Unidos, donde un año febril de campaña podría acabar con Donald Trump preparándose para su segundo mandato. Es la pesadilla de Kyiv y el sueño de Moscú.

El ambiente profundamente partidista en el Congreso ha echado por tierra la petición de la administración de Biden de más ayuda para Kyiv. Los fondos asignados actualmente para equipamiento militar están casi agotados. Un senador demócrata, Chris Murphy, dijo crudamente: “Estamos a punto de abandonar Ucrania”.

El mantra en las capitales occidentales sobre el apoyo a Ucrania ha sido “el tiempo que haga falta”. Pero este mes, junto a Zelensky, Biden dijo que Estados Unidos apoyaría a Ucrania “mientras podamos”.

El presidente de Rusia, Vladimir Putin, durante una reunión virtual de los países BRICS. ( MIKHAIL KLIMENTYEV/POOL/AFP via Getty Images)

El campo de batalla se complica

Mientras los indicadores globales de Ucrania se deterioran, los frentes de batalla ofrecen pocas alegrías.

La tan esperada contraofensiva ucraniana lanzada en junio pretendía demostrar la superioridad de la estrategia de la OTAN de armas combinadas, inculcada a las brigadas ucranianas recién formadas en campos de Alemania. Pero era ajena a la cultura militar ucraniana y no se vio correspondida por una superioridad en los cielos.

Lo que debería haber sido una carrera hacia el sur, hacia el mar Negro, se convirtió en un atolladero en densos campos de minas, donde drones y aviones rusos atacan los vehículos blindados occidentales.

Las unidades ucranianas tomaron como mucho 200 kilómetros cuadrados de territorio a lo largo de seis meses. Los objetivos de alcanzar la costa, Crimea y dividir las fuerzas rusas en el sur seguían siendo un sueño lejano.

Con los frentes congelados, las agencias de inteligencia de Kyiv han recurrido a ataques más espectaculares: el hundimiento de un buque de desembarco ruso en Crimea esta semana e incluso el sabotaje de líneas ferroviarias hasta el Lejano Oriente ruso. El éxito en el mar Negro ha permitido un paso relativamente seguro para los buques mercantes, a pesar de que Moscú abandonó un acuerdo negociado por la ONU el verano pasado.

Sin embargo, a pesar de su audacia, estas operaciones no alterarán el equilibrio fundamental del conflicto.

Zaluzhny lo expresó sin rodeos: “El nivel de nuestro desarrollo tecnológico actual nos ha sumido en el estupor tanto a nosotros como a nuestros enemigos”. El uso de drones de vigilancia y ataque priva a ambos bandos del elemento sorpresa dentro de los confines del campo de batalla.

“El simple hecho es que nosotros vemos todo lo que hace el enemigo, y ellos ven todo lo que hacemos nosotros”.

Pero las enormes reservas rusas de mano de obra y material (el ministro de Defensa Sergei Shoigu se jactó de que podría reunir 25 millones de hombres si fuera necesario) significan que pueden seguir aporreando al pequeño ejército ucraniano, consiguiendo avances graduales a un coste enorme.

Así ocurrió en Bakhmut el invierno pasado; quizá ocurra lo mismo en la ciudad en ruinas de Avdiivka, en Donetsk, en las próximas semanas.

La reserva de reclutas militares en Ucrania se ha reducido considerablemente; las pérdidas en el campo de batalla han privado al ejército de decenas de miles de soldados experimentados y oficiales de rango medio. “Tarde o temprano nos daremos cuenta de que simplemente no tenemos suficiente gente para luchar”, declaró Zaluzhny a The Economist en noviembre.

La llegada de los cazas F-16 en primavera ayudará sin duda a las fuerzas aéreas ucranianas a desafiar a los aviones de combate rusos y a apoyar a sus propias fuerzas terrestres, pero no serán una solución. Una cosa es el entrenamiento básico y otra volar hacia las defensas aéreas rusas.

Lo mismo ocurriría aunque Estados Unidos accediera a suministrar a Ucrania sistemas de misiles tácticos del ejército de mayor alcance (ATACMS). (Los misiles Storm Shadow suministrados por el Reino Unido han ayudado a apuntar a la retaguardia rusa).

En cualquier caso, la parálisis en torno a la financiación ha bloqueado el suministro de armamento estadounidense y Europa no tiene capacidad para llenar ese vacío.

Algunos destacados analistas concluyen que ha llegado el momento de una reevaluación.

“Ucrania y Occidente se encuentran en una trayectoria insostenible, caracterizada por un evidente desajuste entre los fines y los medios disponibles”, escriben Richard Haass y Charles Kupchan en Foreign Affairs.

El objetivo de Ucrania de recuperar todo su territorio está “fuera de su alcance”, afirman sin rodeos. “Donde estamos parece, en el mejor de los casos, un costoso callejón sin salida”.

Recomiendan que Ucrania pase a una postura defensiva en 2024 para frenar las pérdidas, lo que “apuntalaría el apoyo occidental al demostrar que Kyiv tiene una estrategia factible dirigida a objetivos alcanzables”.

El ejército ruso, que en general ha demostrado ser inepto en operaciones ofensivas, tendría aún más dificultades para ganar terreno.

Para otros, un cambio así recompensaría esencialmente la agresión, permitiendo a Rusia hacer una pausa y reagruparse, con consecuencias potencialmente peligrosas para otros países de su entorno más próximo. También enviaría un mensaje equivocado sobre el compromiso de Estados Unidos con otros aliados, como Taiwán. Y, desde el punto de vista político, no es una opción viable en Kyiv.

Biden declaró durante la visita de Zelensky que “Putin está apostando por que Estados Unidos no cumpla lo prometido para Ucrania. Debemos demostrarle que se equivoca”.

Olía a desesperación. Haass y Kupchan afirman que “Ucrania haría bien en dedicar los recursos que recibe a su seguridad y prosperidad a largo plazo en lugar de gastarlos en el campo de batalla para obtener pocos beneficios”.

No cabe duda de que hay indicios de tensiones en la sociedad ucraniana a medida que el conflicto se acerca a su segundo aniversario y la economía lucha por empezar a crecer de nuevo, tras encogerse un tercio. Cuanto más tiempo vivan varios millones de ucranianos en otros lugares de Europa, menos probabilidades habrá de que regresen.

Por ahora, Zelensky y su círculo íntimo no muestran signos de ceder. Zelensky no acepta una tregua ni negociaciones. “Para nosotros significaría dejar esta herida abierta para las generaciones futuras”, declaró a TIME en noviembre.

En su lugar, salvo un improbable colapso de la moral en cualquiera de los bandos, las mismas ciudades y pueblos destruidos durante los dos últimos años seguirán siendo objeto de lucha en los próximos. Ucrania tendrá los medios para sobrevivir, pero no para ganar.

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