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“No podemos soportarlo más”: así es como Trump está llevando a Cuba al límite

Por Patrick Oppmann, CNN

Un cubano se acercó a mí sigilosamente en la calle susurrando como si compartiera un secreto guardado durante mucho tiempo.

“Que vengan los estadounidenses, que venga Trump, ya es hora de acabar con esto”, dijo en una voz apenas audible.

Esto es un discurso peligroso en Cuba, y especialmente en un momento en que el presidente de EE.UU. está amenazando a Cuba de una manera que no hemos visto desde la Guerra Fría.

Miré a mi alrededor para ver si alguien más estaba escuchando estos comentarios incendiarios y si mi camarógrafo, quien grababa una historia conmigo sobre la actual crisis del transporte, estaba cerca para grabar lo que el hombre ―un conductor de bicitaxi― me decía.

“No podemos soportarlo más”, continuó. “La gente no puede alimentar a sus familias”.

En más de seis décadas desde que Fidel Castro encabezó una columna de revolucionarios barbudos a La Habana y a los libros de historia, la isla ha estado en un estado de crisis perpetua: invasiones fallidas de la CIA, enfrentamientos por los misiles nucleares, éxodos masivos. Y ahora Donald Trump.

“Cuba va a caer pronto”, dijo Trump a Dana Bash de CNN este viernes, una declaración que podría parecer la fanfarronería reciclada de muchos presidentes estadounidenses que lo antecedieron, salvo por lo rápido y quirúrgicamente que el embargo petrolero implementado por Trump ha quebrado la ya golpeada economía cubana.

Ya en su segundo mandato, Trump ha ordenado ataques sin precedentes para sacar del poder a los líderes de Venezuela e Irán. Por su propia admisión, Cuba, un país que ha soportado décadas de sanciones económicas de EE.UU. y las propias políticas fallidas de su Gobierno, es el siguiente.

A diferencia de la crisis de los misiles de 1962, no hay un bloqueo naval de EE.UU. impidiendo la llegada de barcos a la isla gobernada por los comunistas, pero el impacto práctico es el mismo. Después del ataque estadounidense contra Venezuela y una campaña de presión al Gobierno de México, el flujo de petróleo de los aliados incondicionales que le quedan a La Habana se ha interrumpido.

Muchos de la serie de hoteles recién construidos por el Gobierno cubano con fondos públicos están vacíos o cerrados. Los empleados han sido enviados a casa. Los turistas han desaparecido casi por completo; ya no hay combustible de avión para que los aviones los lleven de regreso a casa.

“Cuba no está sola”, es el eslogan del gobierno cubano. Pero la isla parece tan abatida y abandonada como en cualquier momento desde la caída de la Unión Soviética. Los apagones que antes duraban horas ahora pueden continuar por días. Si la electricidad parpadea y vuelve por unas pocas horas a mitad de la noche, es entonces cuando los cubanos hoy en día se levantan cansados a cocinar y planchar la ropa.

Durante un reciente apagón de 36 horas, un grupo de hombres cocinaba una gran olla sobre ramas ardiendo en la acera de una de las principales avenidas señoriales de La Habana.

“Hemos regresado a la Edad de Piedra”, me gritó uno con una voz desconcertantemente alegre.

Sin combustible, hay muy pocos autos en la carretera. Como los autos de alquiler para turistas son los únicos que pueden llenar con cierta regularidad en las gasolineras estatales, los cubanos han optado por alquilar los llamados vehículos de matrícula T, de los cuales extraen el combustible preciado para revenderlo en el mercado negro. Un tanque de gasolina se vende por más de US$ 300 en el mercado negro en este momento, más de lo que la mayoría de los cubanos ganan en un año.

Buscar comida entre la basura amontonada se ha vuelto una imagen común; a veces, niños.

Trump afirma que el Gobierno cubano está desesperado por llegar a un acuerdo para resolver la crisis, pero los funcionarios con los que hablo dicen que EE.UU. nunca más dictará los términos en su isla. Este sigue siendo un país donde cada discurso termina con el grito de “¡Patria o muerte. Venceremos!”

Aun así, otros cubanos de los que escucho están exhaustos y esperan un cambio, sea cual sea ese cambio.

Cuando finalmente reaparece mi camarógrafo, le pregunto si el conductor quiere compartir sus ideas para la historia que estamos grabando. Se aleja rápidamente, sin estar dispuesto a expresar sus quejas en voz alta, al menos por ahora.

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