Le prohibieron regresar a EE.UU. y vive separada de su hijo hace tres años. “Es un dolor que no se me quita”
Por Anabella González, CNN en Español
Hace meses que Claudia González casi no piensa en otra cosa: en mayo su hijo se graduará de la escuela en Estados Unidos. Y ella, que desde que él empezó el preescolar lo acompañó en cada evento y celebró sus logros, no podrá verlo. Tres años atrás, esta madre mexicana fue a una cita migratoria para regularizar su estatus, pero las autoridades ya no le permitieron regresar al que era su hogar junto a Gerardo, su único hijo.
Nacida en Reynosa, Tamaulipas, Claudia González tenía 35 años y había vivido más de dos décadas en Estados Unidos cuando, ya siendo beneficiaria del programa de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA, por sus siglas en inglés), quiso ajustar su estatus migratorio y aplicó para una visa por estar casada con un ciudadano estadounidense.
Cuando viajó a la cita en Ciudad Juárez, Chihuahua, le negaron esa solicitud y recibió además una penalidad de 10 años para regresar al país. Desde que salió de Estados Unidos, Claudia ha intentado revertir su situación legal pero no lo ha logrado. Perdió su trabajo en Houston, se separó de su marido y vive lejos de su hijo desde 2023.
“Yo sé que nací aquí, que mi infancia la viví aquí (en México). Pero yo en Estados Unidos me hice madre y todo lo que yo conozco, con lo que yo crecí, es Houston”, dice Claudia a CNN con la voz entrecortada. Lleva tiempo intentando juntar el dinero para pagar una defensa legal para su caso, dice, pero los costos están fuera de su alcance.
CNN consultó al Servicio de Inmigración y Ciudadanía (USCIS) y al Departamento de Estado de EE.UU. por el caso de Claudia González y espera respuesta. En ocasiones anteriores por casos similares, un portavoz de USCIS dijo a CNN que el programa DACA no otorga estatus legal en el país y que sus beneficiarios pueden ser deportados por distintos motivos, entre ellos la comisión de un delito.
Cuando Claudia era niña, sus padres se divorciaron. Ella se quedó viviendo con su madre, que viajaba por temporadas al Valle de California, donde trabajaba cuidando niños y limpiando casas. Años después, cuando tenía 14 años, a su madre se le presentó una oportunidad de trabajo estable en Houston y fueron a vivir juntas allí. “Mi mamá decidió llevarme allá para darme lo que busca toda la gente, una mejor calidad de vida”, dice Claudia.
Conoció al papá de su hijo poco antes de cumplir los 18 años y, tres años más tarde, en 2009, nació Gerardo.
Durante esos primeros años, Claudia se dedicó a criar a su hijo y a acompañarlo en su día a día, casi sin salir de Houston por temor a que le pidieran sus documentos y ser deportada.
Eso cambió en 2016, cuando pudo ser beneficiaria de DACA, un programa creado en 2012 para proteger a los inmigrantes menores de 16 años de la deportación.
“La verdad es que fue una tremenda bendición, grandísima, porque ya no había nervios de pasar a un lado de un policía, de ir a una tienda… fue una tranquilidad”, recuerda.
Entre los más de 500.000 beneficiarios de DACA activos hasta junio de 2025, el 81% son originarios de México, de acuerdo con un análisis reciente del Instituto de Política Migratoria (MPI, por sus siglas en inglés).
Ese beneficio le permitió acceder a oportunidades laborales, como trabajar como administrativa para el distrito escolar de Houston, donde se encargaba de recolectar información de niños de habla hispana y registrar su progreso de aprendizaje en inglés. “Yo me enamoré de mi trabajo, era algo que me encantaba hacer”, recuerda.
En 2023, poco antes de asistir a su cita de inmigración, a Claudia le habían ofrecido un puesto con más responsabilidades y mejor pago, y ella estaba entusiasmada con ese cambio, cuenta.
Pero su vida, como había sido hasta entonces, cambió rotundamente.
Cuando ya no pudo regresar a Houston, la crisis que atravesaba con su pareja derivó en una separación definitiva, y si bien en los primeros tiempos su marido llevaba a su hijo hasta México para que ella pudiera verlo, con el tiempo dejó de hacerlo, dice Claudia.
Se separaron y, tiempo después, él regresó a vivir a México, por lo que Gerardo quedó al cuidado de familiares y amigos, dice su madre.
“Yo tuve que buscar quién me apoyara con él y pueda cuidármelo, porque tráemelo para acá no era una opción”, cuenta Claudia. Entonces su voz se quiebra y ella cuenta el por qué: “A mí me daba mucho miedo porque cuando yo recién llegué aquí había mucha violencia del crimen organizado”.
Claudia recuerda esos primeros meses de su regreso a Reynosa, habla de días y noches en los que veía pasar camionetas con personas armadas y escuchaba balaceras que podían durar horas.
A medida que pasaban los meses lejos de su hijo, la angustia y la tristeza llevaron a Claudia a un cuadro de depresión y ansiedad. “Mucha gente me decía ‘¿por qué no te lo llevas?’ Yo no me quiero ni imaginar arriesgarme a traer a mi hijo acá y que le llegue a pasar algo, o que llegue a haber alguna balacera”, dice. “Entonces por eso preferí sacrificar el estar con él que traerlo para acá”.
En los últimos años, Claudia aplicó para el programa de “parole” humanitario, algo que también le fue negado. Su esperanza es lograr, mediante la revisión de su caso, alguna alternativa para poder estar con su hijo en el día de su graduación.
Claudia alquila un cuarto y actualmente no tiene trabajo, pero hasta hace algún tiempo trabajó en una escuela como maestra de inglés. Dice que la inestabilidad económica y laboral no le ha dado la posibilidad de ahorrar lo suficiente para pagar un abogado que la ayude con su caso.
“Es muy difícil, muy difícil la verdad. Tu escuchas lo que gente y familiares te pueden decir, que las cosas están difíciles en México, pero realmente no lo sabes hasta que vives aquí”.
Pero más allá del dinero, lo que más le cuesta a Claudia es pasar los días alejada de su hijo, sin poder acompañarlo, y haber tenido que seguir una vida sola, lejos de Houston, de lo que sentía como su casa desde que era una adolescente.
“Es un dolor que traigo a flor de piel, un dolor que no se me quita, la necesidad de estar con mi hijo. En momentos él me habla llorando que se siente solo, fuera de lugar, porque no tiene a su familia. Eso es algo que me quebranta”, dice con angustia.
La desesperación a veces no la deja pensar en otra cosa ni concentrarse en su trabajo, cuenta: “Yo aquí estoy atorada, sin poder asistir a sus eventos de escuela y acompañarlo como siempre lo he hecho”.
La última vez que Claudia y Gerardo se vieron fue en junio, cuando su hijo tuvo vacaciones de la escuela. Del otro lado del teléfono en una llamada compartida con su madre, desde Houston, Gerardo dice a CNN que han sido años muy difíciles los que lleva separado de su madre.
“No es fácil. No es fácil para nada para mí, ni para los que me andan ayudando. Gracias a Dios que me han ayudado atendiendome para darme dónde dormir y para comer, pero no tener a mi mamá aquí es duro”.
Gerardo cuenta que Claudia lo llevaba y acompañaba en cada paso, a todas partes. “Al no tenerla aquí todo se me hace más duro. Y eso no me gusta”, dice.
El plan de Gerardo es seguir estudiando para obtener una certificación para trabajar como técnico de instrumentación de equipos. En estos tres años, dice, él siente que creció y maduró, pero que cada vez necesita más a su madre. “Cuando me gradúe necesito tenerla allí”.
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