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Rusia y Ucrania se encuentran en un punto muerto, tanto en la mesa de negociaciones como en el campo de batalla

Análisis de Nick Paton Walsh, CNN

Es como si dos representaciones teatrales se desarrollaran simultáneamente ante un público compuesto por una sola persona.

El proceso de paz en torno a la invasión rusa de Ucrania ha llegado a un estancamiento notable.

En un escenario, los aliados europeos y Kyiv intentan convertir las exigencias y amenazas de Estados Unidos en algo parecido a un plan que pueda satisfacer al presidente Donald Trump. En el otro, el Kremlin presenta su propio espectáculo: el enviado Kirill Dmitriev ofrece oportunidades de negocio diseñadas para atraer a un presidente estadounidense de mentalidad mercantil, acercarlo más a la órbita de Moscú y permitir que continúe el lento avance ruso en el frente. Los enviados de Trump, Steve Witkoff y Jared Kushner, se mueven entre ambos escenarios. Sin embargo, las dos tramas permanecen separadas y se desprecian mutuamente, sin que se vislumbre un desenlace.

Cuando Trump habla de un acuerdo con Rusia, un hecho prevalece sobre todos los demás: la idea de paz de Moscú es, en esencia, la victoria. El Kremlin ha sido tajante respecto a sus exigencias, incluso en su versión menos maximalista. El presidente ruso, Vladimir Putin, quiere que Ucrania ceda el Donbás sin más combates. Durante mucho tiempo también ha contemplado la desmilitarización de Ucrania, el compromiso de no unirse nunca a la OTAN y un cambio de liderazgo en Kyiv. Todo ello es impracticable o imposible en tiempos de guerra. Por eso, el máximo pragmático de Rusia se ha centrado en el Donbás como objetivo negociador alcanzable, mientras aumenta la presión sobre Kyiv para que ceda.

¿Por qué Zelensky simplemente no cede? Las razones para hacerlo aumentan a medida que lo que queda del Donbás se vuelve cada vez menos habitable. Los drones rusos acechan Kramatorsk, el mayor núcleo de población, y buscan civiles a todas horas. Sloviansk, Dobropillia y Kostyantynivka son ruinas o blancos de bombas planeadoras rusas: lugares de gran importancia militar, pero donde apenas queda vida civil.

No obstante, el argumento más claro de por qué Ucrania no puede simplemente abandonar el Donbás provino de nada menos que del asesor de seguridad nacional de Trump —y posible sucesor—, Marco Rubio. Rusia controla todo el territorio de la región de Donetsk salvo un 11%, mientras que Ucrania describe el resto como la “línea defensiva en la que se han atrincherado”, declaró en una entrevista con Breitbart News. “Argumentan —y los estrategas militares confirman que es cierto— que se trata de la última línea defendible… A partir de ahí, el camino hacia Kyiv queda expedito”. Añadió que Rusia no está avanzando realmente y, por tanto, ha optado por “infligir un sufrimiento extremo al pueblo ucraniano mediante ataques con drones y misiles balísticos, tratando de destruir su infraestructura energética y el suministro eléctrico”. Ucrania, a su vez, está atacando refinerías rusas.

Zelensky reconoció los esfuerzos de Kushner y Witkoff, pero finalmente concluyó: “Nos gustaría que la guerra terminara, pero, en última instancia, también tenemos otras prioridades en todo el mundo en las que estamos centrados”.

Rubio habló por teléfono con Zelensky durante 45 minutos este martes, lo que sugiere que podría estar más interesado en el resultado de lo que implica ese comentario final. Sin embargo, sus expectativas moderadas reflejan la realidad de estas dos escenificaciones paralelas en torno a la paz. Ucrania quiere sobrevivir; Rusia quiere ganar, y sigue creyendo que puede hacerlo.

Si una de las mentes más sensatas de la Casa Blanca considera que la paz es, en el mejor de los casos, algo muy improbable, ¿qué se logró con el distanciamiento entre Estados Unidos y Ucrania en los últimos diez días? ¿Acercó a Trump al acuerdo que dice querer alcanzar?

Trump ha ofrecido una llamativa serie de incentivos prorrusos para atraer a Moscú hacia una paz cuyos términos aún no ha definido. Parece una presión ejercida por el simple hecho de presionar y que beneficia inmediatamente a Putin.

La lista de regalos de Trump a Moscú es extensa: un acuerdo repentino sobre el diésel que probablemente inyectará miles de millones en las arcas de guerra de Putin; una tregua energética (anunciada unilateralmente por Trump y aparentemente desconocida para ambas partes) que frenó los ataques ucranianos contra refinerías rusas durante varios días. También hubo restricciones a la tecnología vital de Starlink que afectaron a las operaciones defensivas y ofensivas de Ucrania; limitaciones en el intercambio de inteligencia que dejaron a Ucrania sin alertas sobre ataques con misiles balísticos durante al menos varias noches; y reiteradas exigencias de que Zelensky deje el cargo. A esto hay que sumar el colapso, durante meses, del apoyo financiero estadounidense a Ucrania, con Europa asumiendo ahora el coste de la ayuda militar. Si Putin pudiera redactar la política de Estados Unidos, probablemente se parecería mucho a esto.

En una rueda de prensa en Oslo, tras reunirse presencialmente con Witkoff y virtualmente con Kushner, Zelensky expresó su esperanza de recibir pronto noticias positivas de Rubio sobre el sistema de defensa aérea Patriot —de fabricación estadounidense— y sobre Starlink, al tiempo que agradecía que el intercambio de inteligencia con Estados Unidos “ahora funcione”. Witkoff viaja mañana a Rusia y aún no está clara la naturaleza de lo que presentará a Putin.

¿Por qué ahora? El daño político que Trump se está causando a sí mismo y a sus colegas republicanos de cara a las elecciones intermedias es palpable. Algunos luchan por distanciarse de esta oleada de políticas prorrusas profundamente antiamericanas. Resulta igualmente llamativo lo insostenibles o poco prácticas que son muchas de estas medidas. El acuerdo sobre el diésel no reducirá rápidamente los precios del combustible en Estados Unidos y las restricciones europeas probablemente limitarán la cantidad de efectivo que pueda llegar a Putin. La tregua energética fue breve, absurda y socavó aún más la credibilidad de Trump. Las restricciones a Starlink —y a Starshield, la versión de uso militar controlada por el gobierno estadounidense— y al intercambio de inteligencia parecen ir y venir, dejando a las tropas ucranianas en la estacada, mientras Rubio se hace eco de la negativa de Trump a reconocer que tales límites hayan existido alguna vez.

Este frenesí de actividad desconcertante solo cobra sentido si se analiza a través del prisma político estadounidense. Se dirige al mundo posterior a las elecciones de mitad de mandato.

Zelensky ha dejado de lado la falsa creencia de que congraciarse con Trump funciona. Ucrania está emocionalmente más preparada para la idea de perder el apoyo estadounidense y seguir adelante por su cuenta, consciente de que la supervivencia es preferible a la amistad con un Estados Unidos voluble. Europa sabe que le queda poco tiempo a Trump para seguir causando daños y que cualquier escenario posterior será mejor. Incluso si se trata de más de lo mismo, al menos Europa y Ucrania habrán tenido más tiempo para prepararse para actuar en solitario.

Lo más preocupante es el momento elegido por Trump y su forma de pensar. Solo está perjudicando a su partido y a su legado. Sin embargo, con los republicanos aún al mando de la Cámara de Representantes y del Senado, y sin que la carrera para sucederle en 2028 haya comenzado realmente, tal vez vea este instante como su última oportunidad —sin restricciones— de expresar de manera práctica su afinidad hacia alguien que, para él como presidente de Estados Unidos, resulta aparentemente importante de un modo peculiar: Vladimir Putin.

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