Creció en el barrio más pobre de Montevideo sin tener qué comer. Una pequeña iglesia que visitará León XIV transformó su vida
Por Darío Klein y Ángela Reyes Haczek, CNN en Español
Carmen Albana tiene una pequeña cicatriz en el antebrazo, imposible de distinguir a simple vista el día helado que, junto a CNN, recorre el barrio de Montevideo donde creció y al que tiene previsto llegar el papa León XIV durante su primera gira latinoamericana como pontífice. Se la hizo de niña con el pico de una botella de vidrio cuando, un día como tantos otros, revolvía la basura en búsqueda de algo para comer. La sangre brotó, se tapó la herida, se ató un trapo y siguió su camino.
Décadas después recuerda con nitidez ese y otros malabares que hacían entonces para comer en Casavalle, uno de los barrios más pobres de la capital de Uruguay, en el que creció en un hogar en el que, según cuenta, no hubo violencia pero tampoco cariño. Lo que hubo, dice, fue ausencia. Y sin embargo sus recuerdos no parecen sombríos. “Aquí jugábamos, soñábamos, reíamos. Aquí crecimos”, recuerda, mientras camina por calles estrechas que no llevan los nombres de personajes ilustres de la historia uruguaya, como las del centro de la ciudad, sino números.
Son estrechos pasajes numerados donde se alternan techos de chapa, material y teja que ofrecen su mejor imagen a la luz del sol, pero que no logran ocultar enteramente la historia de exclusión del barrio que Albana, de 56 años, dejó tiempo atrás para radicarse en España junto a su esposo.
Un seis de enero salió de la casa y se topó con un grupo de niños con sus juguetes del Día de Reyes. Ella no sabía ni lo que eran los Reyes Magos ni mucho menos lo que era un regalo. Pero sí sabía cómo evadirse, así que se alejó del conjunto festivo y se fue a un terreno baldío del barrio en el que casualmente había otro niño rezando el Ave María, una escena no tan común en las calles del país con menor porcentaje de católicos de América Latina. “No entendía nada lo que estaba diciendo, pero sí te puedo decir que era tan bonito lo que estaba escuchando”, recuerda. Le pidió que se lo repitiera una y otra vez hasta que el niño le respondió: “Te voy a llevar a la casa de la señorita que te lo puede enseñar”.
La casa estaba llena de cruces, cruces que en Uruguay desde comienzos del siglo XX por ley ya no se ven en escuelas ni hospitales públicos. “¿Y ese que está colgado ahí quién es?”, le preguntó a la mujer que la recibió. Albana cuenta, con tono y cadencia propios de una homilía, que le respondió “este es Jesús y te quiere”, y que recién entonces comprendió la palabra querer. “Me lo creí, me lo creo hasta el día de hoy y me lo seguiré creyendo”, repite.
A través de esa catequista, Albana entró en contacto con la iglesia del barrio, la parroquia Nuestra Señora de Guadalupe, la misma que el papa León XIV tiene previsto visitar en noviembre durante su primer viaje a Latinoamérica.
Esa iglesia fue “un mundo diferente”, recuerda, porque allí se empezó a sentir tratada con cariño. Y eso supuso un cambio para Albana, que venía de una familia donde, en sus palabras, “siempre pasaban cosas” porque “la pobreza golpea mucho la cabeza de la gente”. El padre tenía tuberculosis. La madre, analiza ella ahora a la distancia, depresión. La iglesia le dio afecto, y una herramienta que le abriría las puertas del barrio hacia el mundo: boletos de autobús.
En el segundo año de la escuela primaria, Albana repitió el curso y escuchó que una maestra decía que “no le daba”. Pero ella estaba convencida de que sí le daba la cabeza: si se rebuscaba como se rebuscaba para sobrevivir, ¿cómo no le iba a dar la cabeza? Pero tenía un problema: no sabía leer, y por eso había repetido.
Con el tiempo aprendió a leer. Aprendió sola, recuerda, y avanzó en la escuela primaria, la secundaria, el bachillerato. Lo pudo hacer en parte gracias a que la iglesia le pagó los boletos para trasladarse. “Yo estaba feliz cada vez que (el cura) me daba para los boletos porque ese día podía estudiar”.
(En la actualidad cerca del 43% de los jóvenes de entre 18 y 19 años termina la educación media superior, según datos oficiales de 2025, una cifra que no refleja la brecha: entre los jóvenes de mayores recursos el porcentaje asciende a más del 70%, mientras que entre los más pobres es menor al 22%)
Albana terminó la secundaria y estudió Magisterio. Y sus prácticas como docente las hizo en la misma escuela donde había quedado repetidora, porque, según otra maestra, “no le daba”.
“La mano de Dios siempre estuvo en mi vida. No puedo explicar mi vida si no fuera de esta manera”, dice Albana, que hoy tiene seis carreras universitarias y ha recibido seis premios, cinco en España y uno en Uruguay, un palmarés que repite con orgullo.
“Lo que no te sale ahora, no quiere decir que no te vaya a salir nunca. ¿Qué tienes que hacer? In – ten – tar – lo”, le dice Albana con esa entonación universal de las maestras a decenas de chicos que la escuchan, bastante atentos, en el gimnasio de un centro educativo católico de Casavalle el día que CNN la visita allí.
Entonces les habla del humanista español Santiago Ramón y Cajal: “Descubrió la neurociencia: descubrió que el cerebro se transforma con la experiencia, todo ser humano puede ser arquitecto de su propio cerebro”. Y esa es la invitación que les hace. “El ‘no puedo’ no te lo digas porque tu cerebro siempre va a creer el ‘no puedo’”.
Esa conversación con niños, madres y padres del centro educativo Los Pinos, vinculado a la Iglesia católica, forma parte de lo que ha sido un trabajo y también un apostolado: la educación emocional.
Albana se ha especializado en la investigación, creación y puesta en marcha de iniciativas para promover las habilidades socioemocionales en el aula que aumenten el bienestar y reduzcan el conflicto. Para su tesis de doctorado en Educación aplicó un programa para el desarrollo de estas herramientas en la escuela de Casavalle y logró que la violencia se redujera de un 76% a 17%. Desde 2017 lidera el programa Bambú que imparte capacitaciones en la materia a educadores de ámbitos formales y no formales. Es coautora de un proyecto de ley sobre educación emocional —que obtuvo en el pasado media aprobación en el Senado pero no avanzó en la Cámara de Diputados— y coordinadora y autora del libro “Educación Emocional: De la teoría a la práctica”.
No es fácil eso de no decirse “no puedo” en la llamada “cuenca de Casavalle”, la región más carenciada de la capital de un país donde la pobreza infantil triplica la de los adultos. Además de pobreza, violencia. En esa zona, la tasa de homicidios es de aproximadamente 44 cada 100.000 habitantes, el triple del promedio de la capital, según datos del Ministerio del Interior de 2025. Más de 6 de cada 10 vecinos creen que el principal problema son las drogas, según un estudio reciente de la Universidad de la República.
El peligro no es nuevo. Cuando Albana era joven el barrio ya estaba marcado por la violencia. Por entonces era famoso un delincuente conocido como el “cotorra loca”, homicida y rapiñero con un prontuario que trascendió fronteras. Albana lo conoció, y cuenta que se llevaba bien con la novia. “Eran los amigos del barrio”, recuerda.
Caminando por el barrio, Albana se encuentra con Cristina, una vecina con la que compartían botín por aquel entonces. “Buscábamos y requecheábamos: un boniato pa’ ella, un boniato pa’ mí; una papa para ella, una papa para nosotros”, explica, después de darle un abrazo a esa señora viejita que se hace eco de las anécdotas entre risas sonoras. Cuenta también cómo secaban la yerba mate usada para tratar de tomar un mate cocido, y cómo las naranjas podridas también podían ser fuente de alimento. Albana le pregunta si se acuerda y Cristina le responde que cómo no se va a acordar. Pese a todo “fuimos felices”, reza Albana, que hace mucho se fue del barrio, no como Cristina, no como Mara, que se quedaron.
“Me alegro muchísimo de verte y de todos los éxitos que has tenido”, le dice cuando se la cruza Mara, al borde de las lágrimas, y Albana le responde con su mensaje misionero: “A ver si podemos lograr la educación emocional y que los niños aprendan a respetarse, a prevenir la violencia”. “Enseñarles que la vida tiene un sentido y hay un propósito para cada uno”.
Otra vecina se acerca con un pequeño chisme del barrio y Albana le cuenta que es abuela. Ya tiene dos nietos.
Tal vez todas ellas se reencuentren en noviembre, cuando Albana vuelva a Uruguay y a su barrio para la visita de León XIV. Recuerda que en 1987, cuando era adolescente, vio al entonces papa Juan Pablo II, el primer pontífice en visitar este país donde la separación entre el Estado y la iglesia está fuertemente arraigada en la ley y también en la cultura. Los jóvenes que asistían a la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe se tomaron un ómnibus y fueron a escucharlo al Estado Centenario, el mismo donde se disputó el primer Mundial de fútbol y donde León XIV hará una vigilia en noviembre.
Esta vez, los niños del barrio no tendrán que ir hasta el centro geográfico de la capital para ver al líder de la Iglesia católica, porque él se trasladará a este barrio de los confines de la ciudad que algunos creen que Dios olvidó. Para Albana la visita muestra lo contrario: su “opción por los pobres”. La misma que hizo Jesús aunque a veces caiga en el olvido.
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