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Obama y Trump libran una última batalla con mucho más en juego

Análisis por Stephen Collinson, CNN

Hace dos décadas, Barack Obama irrumpió en los estados clave para las elecciones criticando a un presidente republicano por una guerra profundamente impopular y una economía que asfixiaba a los trabajadores estadounidenses.

Ahora vuelve a hacerlo. Pero sus críticas actualizadas son más duras, despectivas y urgentes que durante la era de George W. Bush, mientras intenta impulsar a los candidatos demócratas en las elecciones intermedias para que consigan la victoria y frenen finalmente el impulso político de su adversario Donald Trump.

La gira del expresidente el sábado por Ohio y Michigan —estados que ambos ganaron dos veces en su camino a la Casa Blanca— coincidió con la más reciente parada de Trump en su campaña para las elecciones intermedias, en Georgia, donde se espera que Obama esté la próxima semana.

Fue una oportunidad poco frecuente de ver al mismo tiempo a los líderes cuyos movimientos políticos han definido los últimos 20 años de la política estadounidense y que siguen siendo las figuras más visibles de sus respectivos partidos, desplegando las habilidades que los llevaron a ganar la presidencia.

Una vez más, Obama se presenta como un mensajero de esperanza e insta a los votantes a comprender que tienen el poder de generar cambios “en tiempos inquietantes”, aunque las premisas de ese mensaje que lo caracteriza se han visto empañadas por los dos mandatos de Trump.

“Después de 10 años de caos, crueldad, corrupción, incompetencia, payasadas y disparates como los que este país no ha visto, al menos en tiempos modernos, ustedes pueden decir ‘ya basta’”, dijo Obama en Detroit.

Trump, lastrado por bajos índices de aprobación y el descontento público por la guerra con Irán y la crisis del costo de vida, presentó una visión alternativa de una nación que nunca ha sido tan próspera. “Estamos en la edad de oro de Estados Unidos”, dijo el sábado.

Pero su obsesión con el expresidente demócrata no ha disminuido. A primera hora del domingo, cuando tenía previsto dirigirse a su propio mitin en Michigan, Trump escribió en Truth Social: “¡Obama fue un presidente tremendamente incompetente!”.

Las apariciones de ambos el sábado pusieron de relieve cómo Trump y Obama —polos opuestos que se profesan un profundo desprecio— están políticamente entrelazados en un momento turbulento de la historia estadounidense.

Obama construyó su movimiento sobre el argumento de que los estados republicanos y demócratas compartían aspiraciones comunes de adoptar una nación más diversa racialmente, optimista e inclusiva. Esta visión tuvo eco entre su coalición de votantes liberales con educación universitaria, pertenecientes a minorías y residentes de zonas urbanas y suburbanas.

Pero Trump construyó su propia coalición entre quienes temen que la cultura tradicional del país esté amenazada por los cambios sociales y la creciente diversidad. Atrajo a votantes rurales, personas sin estudios universitarios y estadounidenses de clase trabajadora desencantados con la globalización económica que consideran que Obama representa.

Ambos tienen raíces genuinamente estadounidenses. El presidente número 44 encarna la idea de la Ilustración de que la sociedad progresa mediante la razón, la ciencia, las instituciones políticas y el pluralismo. El presidente número 45 y 47 defiende el nacionalismo y el escepticismo hacia las comunidades científicas de élite; prioriza su propio poder por encima de las instituciones creadas para establecer límites políticos.

El enfrentamiento entre Obama y Trump va más allá de la esperanza frente al miedo y el cambio frente al repliegue. Pone de manifiesto corrientes contrapuestas de una identidad estadounidense auténtica, ninguna de las cuales logró imponerse a comienzos del siglo XXI.

Las duras críticas de Obama a Trump acaparan titulares, pero no impidieron que su sucesor ganara dos mandatos en la Casa Blanca.

Los demócratas deben preguntarse por qué un expresidente que dejó el cargo hace casi una década, entregando la Casa Blanca a un hombre que rechazaba todo lo que él representaba, sigue siendo el portavoz más contundente y popular de su partido. Cuando Obama dijo que había llegado el momento del cambio después de “10 años”, fue casi como si la presidencia de su propio vicepresidente, Joe Biden, nunca hubiera existido.

Las elecciones intermedias han puesto, al menos, el foco en algunos líderes demócratas más jóvenes, con voz propia y convicciones firmes, que podrían modernizar el atractivo de su partido, como el senador por Georgia Jon Ossoff y el candidato al Senado por Texas James Talarico.

Los republicanos también necesitan renovarse, ya que Trump es profundamente impopular y no puede aspirar a otro mandato. Pero los demócratas han demostrado lo difícil que puede ser reemplazar a un líder emblemático que encabeza un movimiento y que, en ocasiones, tuvo dificultades para transmitir su carisma característico a figuras políticas de menor talento. La posibilidad de que ambos partidos tengan candidaturas presidenciales abiertas en 2028 podría inaugurar una nueva era que permita al país dejar atrás la batalla perpetua entre el obamismo y el trumpismo.

El propio Obama pareció insinuarlo: “Llevo mucho tiempo haciendo esto”, dijo en Michigan. “Algunos podrían decir que llevo demasiado tiempo haciéndolo”, agregó, y contó que su esposa Michelle le decía: “¡Viejo, siéntate!”.

Pero el expresidente mostró su mejor versión, recurriendo a sus frases más conocidas, como “no abucheen, voten” y “yo también los quiero”, que recordaron cómo sus actos solían condensar un sentimiento de propósito compartido entre sus seguidores, del mismo modo que los mítines MAGA de Trump lo han hecho a lo largo de su carrera política.

En Michigan, Obama vinculó los ataques despectivos de Trump contra el candidato demócrata Abdul El-Sayed con la campaña racista del presidente que puso en duda su ciudadanía estadounidense.

Los republicanos acusan a El-Sayed de apoyar a los Hermanos Musulmanes, un grupo islamista fundado en Egipto, algo que él niega. No se mencionó la ironía de que Obama, cuando era presidente, viajara a Egipto para pronunciar un discurso destinado a fomentar la reconciliación de Estados Unidos con el mundo musulmán.

Obama demostró el sábado que no ha perdido su extraordinaria capacidad de campaña para presentar de forma sencilla lo que está en juego. Mientras se burlaba del presidente —bromeando con que las renovaciones de Trump han dejado “la Casa Blanca como si Saddam Hussein hubiera abierto un Cheesecake Factory”—, argumentó que los votantes pueden impulsar el cambio que Estados Unidos necesita.

“El actual presidente decidió tomar una serie de malas decisiones”, dijo Obama, al destacar los precios de la gasolina y el diésel y el aumento de las tasas hipotecarias. “Decidió iniciar una guerra innecesaria que nadie pidió y por la que nadie votó”.

“Si antes pensaban que todo costaba demasiado, ¿adivinen qué? Ahora todo es más caro”, dijo Obama.

Esta combinación de mensajes sobre la guerra y la economía recuerda el argumento del expresidente en 2008, cuando arremetía contra guerras “estúpidas” como la de Iraq y contra una economía que había dejado a los estadounidenses con “autos que no pueden permitirse conducir, facturas de tarjetas de crédito que no pueden pagar y matrículas universitarias fuera de su alcance”.

Por entonces, culpaba a “una política disfuncional en Washington” y a las “políticas fallidas” de un presidente republicano (Bush). Para estar a la altura de una época aún más extrema, su mensaje se ha vuelto todavía más contundente.

Pero también está ocurriendo algo más profundo. Los críticos de Trump consideran que su presidencia representa una reacción cultural contra la llegada del primer presidente negro a la Casa Blanca. Y muchas de las políticas de Trump sobre Irán, la atención médica y otros ámbitos parecen surgir de su desprecio por el presidente que lo precedió en su primer mandato.

Así que, cuando Obama dijo a sus seguidores que “adondequiera que vayan, se siente que el cambio está en el aire”, no se refería simplemente a las elecciones intermedias; reafirmaba la convicción de la que dependen su identidad y su legado políticos: que los estadounidenses comunes, al unirse, pueden impulsar un cambio político desde las bases frente al poder establecido.

Obama, como parece ocurrir a menudo, estuvo presente en los pensamientos de Trump durante todo su mitin en Georgia en apoyo del candidato republicano al Senado Mike Collins, que atraviesa dificultades.

Trump evaluó el atractivo político de ambos según su propia valoración del tamaño de las multitudes que congregaron. “Vi que Barack Hussein Obama estaba en Michigan. Y el lugar estaba vacío”, dijo, en una evaluación subjetiva de la asistencia al acto del expresidente.

Y los dos rivales intercambiaron críticas a distancia sobre Irán. Obama afirmó que su acuerdo con la República Islámica para congelar su programa nuclear significaba que no necesitaba librar una guerra, mientras que Trump sostuvo que ese acuerdo abría el camino para que el país obtuviera un arma nuclear.

El presidente, con la voz ronca por la campaña constante, anunció un nuevo plan del fabricante alemán de automóviles Audi para construir una planta de vehículos todoterreno SUV en Macon, Georgia, que, según dijo, produciría 200.000 vehículos al año y crearía 30.000 empleos, lo que provocó cánticos de “Trump, Trump, Trump” entre una multitud bulliciosa.

Pese a que las encuestas muestran que la mayoría de los estadounidenses desaprueba la gestión económica de Trump, el presidente sostuvo que había hecho al país más próspero, reducido la pobreza, impulsado la industria manufacturera y atraído billones de dólares en inversiones extranjeras. “¿Recuerdan cuando Barack Hussein Obama solía decir que no habría industria manufacturera?”, preguntó Trump a sus seguidores, aparentemente en referencia a un comentario del entonces presidente en 2016, cuando dijo que necesitaría una “varita mágica” para recuperar los empleos.

Trump estaba apuntando a un punto débil del legado de Obama —uno que impulsó su propio ascenso político—: la percepción que tenían en 2016 muchos votantes obreros del cinturón industrial, tradicionalmente demócratas, de que ya no eran valorados ni respetados.

Dos décadas después de que Obama irrumpiera en la escena política, y una década después de que Trump amenazara todo lo que Obama representaba con su propia e inesperada victoria electoral, estos feroces adversarios políticos siguen siendo las figuras dominantes de sus respectivos partidos.

Pero las elecciones intermedias —que podrían resultar ser una de sus últimas batallas— pueden comenzar a responder una pregunta de cara a una nueva era política: ¿puede alguno de los dos partidos producir un sucesor capaz de captar con tanta eficacia el espíritu político de la época en el segundo cuarto del siglo XXI?

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