No todo es k-pop: estos jóvenes buscan mantener la tradición de los caporales
Por Cristopher Ulloa, CNN en Español
En medio de edificios, parlantes portátiles y el sonido de silbatos, gritos y trompetas, decenas de jóvenes bolivianos, chilenos y peruanos se reúnen en Santiago de Chile para bailar al aire libre. Pero no se trata de reggaetón, k-pop, ni de “farmear aura” o algún trend viral de TikTok: aquí bailan caporales, la popular danza andina originada en Bolivia y que se ha expandido por varios países de América Latina.
“El caporal tiene algo que es muy único que es la energía. Yo aquí grito, salto, ocupo todo mi cuerpo. Me llega mucho y todos esos ritmos de la quena -instrumento musical de viento típico de Sudamérica-, todo eso me encanta. Además yo también soy hija de peruanos, entonces creo que toda esa música andina corre por mis venas”, cuenta Nicole Canales, de 24 años, estudiante de derecho que lleva más de diez años bailando esta danza.
Cada martes y jueves, cerca de 140 jóvenes entre 7 y 28 años se congregan en las inmediaciones del Parque de los Reyes de Santiago, donde aprovechan el reflejo de algunos edificios con vidrios espejados a modo de sala de ensayo. “Desbordamos tanta fuerza, tanta energía cuando gritamos y cuando bailamos porque tenemos un sentido de pertenencia con la agrupación. Dentro del grupo uno la pasa bien, uno se ríe, uno juega”, explica Canales.
Entre arengas y coqueteos, la puesta en escena es fundamental: los varones zapatean, retumban el suelo y hacen movimientos acrobáticos para captar la atención de las mujeres, quienes bailan con vestuarios coloridos, faldas, tacones, sombreros y una gran precisión coreográfica.
“Lo que me llamó la atención fue la fuerza de los “machos” y cuando las cholas -la representación de la mujer indígena o mestiza- te coquetean. Los machos somos nosotros, los hombres. Pero también están las machitas, que son mujeres que tienen que demostrar fuerza y coqueteo, mientras que el resto se centra en la patada, la marcación fuerte, la expresión”, explica Anderson Diaz, estudiante de 21 años.
En los ensayos, estos jóvenes practican con sus vestuarios y se dividen por grupos: los más pequeños, los más nuevos, los que se preparan para concursos y otros para shows y carnavales. Los más experimentados se convierten en profesores y le traspasan su conocimiento a los más jóvenes. La “tropa”, en su conjunto, no deja de captar la mirada de los transeúntes curiosos.
“Es un baile súper lindo porque conectas con la gente en las calles. Ver a los abuelitos. Ver a la gente sonriendo. Entonces es muy lindo”, dice Nicolás Castillo, estudiante de 15 años que lleva la mitad de su vida bailando caporales. “Aquí uno encuentra muchos amigos, muchas conexiones. Bailar te desconecta mucho”, agrega.
En estas agrupaciones hay gente de varios países, pero la mayoría son chilenos, peruanos y bolivianos. “Lo encuentro súper maravilloso la verdad. Porque igual uno aquí aprende muchas cosas de gente que uno nunca pensó haber congeniado. Y finalmente aquí los une la danza. Entonces lo encuentro como algo súper genial”, cuenta Josefa López, estudiante de 19 años y directora de la división San Bernardo de Andinos Por Siempre.
Para Gerson Castillo (de 34 años), fundador de esta agrupación, enseñar caporales va mucho más allá de coreografías y gritos. “Yo creo que la importancia es que enseñemos disciplina. Constancia, esfuerzo. Y aparte a toda la gente lo sacamos de un mundo diferente. Ya no están fumando, no se están drogando, no están en otros lados delinquiendo. Están acá ensayando, sacando físico, haciendo deporte”, cuenta el director proveniente de Perú, pero radicado en Chile hace 28 años.
Los caporales fueron creados en 1972 por los hermanos bolivianos Paz Vicente y Víctor Estrada Pacheco, quienes tenían el objetivo de fortalecer la confraternidad y la unión de su propia familia. Sin embargo, la danza trascendió y ahora es sinónimo de juventud, alegría y energía. En junio de 2011, los caporales fueron declarados patrimonio cultural e inmaterial de Bolivia.
“Cuando uno lo enseña con cariño, uno se gana el respeto. No por el cargo que tenga o si soy dueño de algo. Se gana el respeto por cómo uno le enseña y cómo se dedica”, dice Castillo con una sonrisa, mientras sus alumnos lo rodean y escuchan con atención devota.
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