¿Por qué Trump dejó la cumbre de la OTAN con balance positivo tras arremeter contra Irán, España y Groenlandia?
Por Kevin Liptak, CNN
Mientras los líderes europeos entraban este miércoles a la cumbre de la OTAN en Ankara, el ambiente era sombrío.
El presidente Donald Trump estaba sentado justo afuera de las puertas del salón de conferencias, enumerando airadamente sus quejas contra la alianza militar: desde la negativa a entregarle Groenlandia hasta la decisión de España de no permitir el uso de sus bases en la guerra con Irán, un conflicto que también amenazó con reactivar.
Al enterarse de lo que decía a los reporteros, sus homólogos se prepararon para la reprimenda que muchos esperaban en esta cumbre y que aun así confiaban en evitar. Peor aún, temían que Trump les dijera que retiraría a Estados Unidos de la OTAN por completo.
Al final, Trump fue algo menos estridente en privado que frente a las cámaras.
Sentado alrededor de la mesa circular, no mencionó Groenlandia, de acuerdo con personas familiarizadas con sus declaraciones. Tampoco se refirió a España.
Sí se quejó de que los países representados en la conferencia no lo habían respaldado frente a Irán. Y expresó su frustración por el estado del acuerdo con Teherán que firmó hace tres semanas, presentándolo ahora como prácticamente colapsado después de que Irán atacara varios barcos en el estrecho de Ormuz.
Pero no amenazó con retirar por completo a Estados Unidos de la OTAN, algo que técnicamente no puede hacer de forma unilateral, aunque seguía siendo una preocupación seria para funcionarios europeos. Y pareció impresionado cuando los líderes describieron sus propios esfuerzos por invertir más en defensa, algo que el jefe de la OTAN, Mark Rutte, atribuyó repetidamente a la presión que Trump ha ejercido durante años sobre los aliados para que aumenten su compromiso.
Entre las pocas quejas del presidente estuvo que la prensa no pudo entrar para presenciar la sesión.
“Les gusta el trabajo que estoy haciendo”, contó Trump al final del día. “Dijeron: ‘Nos encanta, señor, lo amamos’. Son personas adultas diciendo eso. ¿No es agradable?”.
Eso puede ser una exageración de cómo los europeos realmente le hablaron a puerta cerrada. Y Trump, en un inusual momento de autoconciencia, pareció reconocer que quizá intentaban halagarlo.
“Tal vez estaban tratando de influir en mí”, dijo encogiéndose de hombros. “Y, en cierto modo, lo lograron”.
Aun así, bajo la conducción de Rutte, conocido por su habilidad para halagar a Trump, los elogios dirigidos al presidente parecieron surtir efecto, aunque muchos funcionarios consideran en privado que la dignidad de Europa ha sido una de las víctimas de ese arreglo.
Para cuando Trump se sentó junto al presidente de Ucrania, Volodymyr Zelensky, unas horas más tarde, incluso dejó entrever que se preparaba para permitir que Kyiv fabricara sus propios interceptores Patriot, un logro importante para un hombre al que Trump reprendió en la Oficina Oval hace 16 meses.
“Solo quiero decir que hubo muchísimo afecto en esa sala”, dijo Trump antes de partir de la cumbre.
Cuánto durará ese clima es una incógnita. Hace tres semanas, en una cumbre del G7 en Francia, Trump elogió el acuerdo con Irán que ahora dice que está muerto, una señal de que los resultados de estas reuniones diplomáticas suelen ser efímeros.
No obstante, incluso si el buen ambiente dura lo suficiente como para que Trump reconsidere sus amenazas —el presidente llegó a plantear en privado un recorte de un tercio de las fuerzas estadounidenses en Europa antes del encuentro—, eso podría considerarse una victoria.
Eso, al final, era más o menos lo mejor que Rutte podía esperar, aunque la cumbre comenzó con mal pie. También era el resultado que llevaba un año intentando construir, desde que Trump salió de la cumbre de 2025 en los Países Bajos con un tono inusualmente amistoso hacia la alianza.
Rutte contó en ese esfuerzo con un aliado improbable: el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, quien también ha causado dolores de cabeza a la OTAN a lo largo de los años. Trump considera a Erdogan un buen amigo y repitió varias veces que solo participaba en la cumbre porque Erdogan era el anfitrión.
La asistencia de Trump, a regañadientes, no anticipaba una reunión particularmente cordial. Tampoco ayudaban las disputas que ha alimentado en las últimas semanas, incluida la que mantiene con la primera ministra de Italia, Giorgia Meloni, cuya foto publicó en redes sociales antes de la cumbre con la frase: “SE NECESITA ORDEN DE ALEJAMIENTO”.
La tensión entre ambos no se había disipado cuando Trump y Meloni se sentaron en la misma mesa durante una cena el martes por la noche, mientras probaban especialidades turcas como pide y manti. No está claro si alguna vez encontraron tiempo para reconciliarse.
“Cordial” fue como la líder italiana describió su relación con Trump al regresar a su hotel después de la cena.
Erdogan, un autócrata que ha reprimido la disidencia y cuyo principal rival político está en prisión, no es ajeno a las adulaciones del estilo de Trump. Igual que en Washington estos días, en Ankara cuelgan pancartas con el rostro del presidente en distintos edificios.
Cuando Trump aterrizó en su nuevo Air Force One donado por Qatar, una guardia de honor lo recibió, jinetes a caballo lo acompañaron hasta el palacio de Erdogan y aviones sobrevolaron una alfombra turquesa de bienvenida expulsando humo rojo, blanco y azul.
Sin embargo, Trump pareció impresionado sobre todo por la infraestructura de Ankara, y elogió repetidamente el aeropuerto y las carreteras de la capital.
“Todo fue hermoso”, exclamó Trump.
También llegó con un generoso gesto hacia su anfitrión: claras señales de que planeaba permitir que Turquía volviera a un programa para comprar cazas F-35, algo que Erdogan viene reclamando a cuatro administraciones estadounidenses consecutivas. Por supuesto, una prohibición del Congreso aún podría frustrar cualquier plan.
Al final, la presencia de Trump en Ankara ofreció una demostración de cómo manejar a un presidente volátil y minimizar los daños.
Es una lección que Irán claramente no ha aprendido, o que no parece interesarle demasiado. Después de semanas calificando a los líderes iraníes de “racionales” e “inteligentes”, Trump cambió de tono y los describió como “escoria” y “chiflados” después de que atacaran repetidamente buques comerciales en el estrecho de Ormuz.
Al menos esa fue la explicación oficial de Trump. A lo largo del día, mencionó repetidamente su condición de objetivo principal de Irán para un asesinato, una realidad que quedó patente el fin de semana cuando se escucharon cánticos pidiendo su muerte en las ceremonias fúnebres del fallecido líder supremo Alí Jamenei.
No estaba claro qué motivó la renovada atención de Trump sobre las amenazas iraníes en su contra. Ankara está a unos 1.609 kilómetros de la frontera con Irán, y es posible que esa proximidad influyera en su estado de ánimo.
Trump dejó Turquía a bordo de la versión antigua del Air Force One en lugar del nuevo avión donado por Qatar, lo que desató una serie de preguntas sobre si una amenaza había motivado el cambio. A los reporteros a bordo se les indicó que bajaran las persianas de las ventanillas durante el despegue.
Cuando un reportero le preguntó por el cambio de planes durante la conferencia de prensa con la que cerró la cumbre, Trump evitó vincularlo con una amenaza. Dijo que el cambio solo buscaba mostrar el nuevo modelo a los militares en una base aérea de Gran Bretaña.
Pero mientras se preparaba para abordar el avión antiguo de regreso a casa, Trump volvió sobre el peligro que enfrentaba.
“Soy el número uno en la lista de asesinatos de Irán. Son gente encantadora”, dijo, antes de restarle importancia: “Realmente no me importa, porque estoy haciendo mi trabajo”.
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