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Un reality show de Netflix evoca uno de los experimentos científicos más controvertidos de la historia y a su creador

Por Jacopo Prisco, CNN

El experimento de la cárcel de Stanford duró menos de una semana en 1971, pero sus conclusiones sobre la naturaleza humana perduraron durante décadas. Ahora, una nueva serie de Netflix vuelve a poner en el punto de mira uno de los estudios más polémicos de la psicología, junto con algunas de las mayores inquietudes que lo rodean.

Organizado por el psicólogo estadounidense Philip Zimbardo, el experimento consistió en montar una cárcel simulada en el sótano de un edificio de la Universidad de Stanford. Zimbardo seleccionó a 24 estudiantes universitarios varones de entre más de 70 personas que respondieron a un anuncio en el periódico para participar en “un estudio psicológico sobre la vida en prisión” y los dividió aleatoriamente en prisioneros y guardias. En el núcleo de este trabajo subyacía una pregunta fundamental sobre el bien y el mal.

“Básicamente, Zimbardo intentaba averiguar si personas comunes estarían dispuestas tanto a dar como a acatar órdenes al ser colocadas en un entorno concreto, y ver qué papel desempeñaba la situación en la conducta de las personas”, señaló Catherine Sanderson, profesora de Psicología de la cátedra Poler Family en Amherst College y antigua alumna de Zimbardo. Ella no participó en el experimento. “Lo que quería demostrar es que personas normales pueden cometer actos horribles”.

El experimento, que debía durar hasta dos semanas, se descontroló rápidamente; al menos, según la versión oficial. En un plazo de 36 horas, uno de los prisioneros sufrió un aparente colapso mental y, al segundo día, los reclusos protagonizaron una rebelión. Los guardias la reprimieron con contundencia: rociaron a los instigadores con extintores, los desnudaron y los encerraron en un armario oscuro conocido como “el agujero”.

Todo esto ocurría en un contexto de malestar social real por las condiciones penitenciarias y el trato a los reclusos. Apenas unas semanas después de finalizar el experimento, un motín en el centro penitenciario de Attica, en Nueva York, fue sofocado mediante el uso de fuerza letal, lo que se saldó con 43 muertos. Este suceso atrajo la atención de los medios hacia el trabajo de Zimbardo, proyectándolo más allá del ámbito académico y llevándolo al discurso social, donde ha permanecido desde entonces.

Sin embargo, con el paso de los años, la percepción del experimento de la cárcel de Stanford ha cambiado drásticamente: pasó de ser considerado una revelación sin precedentes sobre la psique humana a convertirse en un estudio muy criticado, cuyos métodos y conclusiones han sido puestos en tela de juicio.

“Nuestra comprensión de lo sucedido ha evolucionado considerablemente con el tiempo”, afirmó Sanderson. “No solo se han planteado objeciones éticas sobre el estudio, sino también dudas acerca de si los comportamientos surgieron de forma espontánea o si, más bien, fueron inducidos por Zimbardo”.

Mientras Netflix estrena su propia versión reimaginada del experimento, persiste una pregunta clave: ¿reveló el estudio algo fundamental sobre la autoridad, o fue la manera en que se llevó a cabo lo que contribuyó a generar las conductas que lo hicieron famoso?

Zimbardo concibió el estudio en parte como una continuación de los célebres experimentos sobre obediencia realizados por el psicólogo estadounidense Stanley Milgram a principios de la década de 1960. En el primero de dichos estudios, se pedía a los participantes que administraran descargas eléctricas —que ellos creían cada vez más dolorosas— a una persona a la que no veían, como castigo por dar respuestas incorrectas en una prueba de memoria. El 65% de los participantes llegó hasta el nivel máximo a pesar de escuchar el aparente sufrimiento de dicha persona.

En realidad, ese sufrimiento era fingido por un actor y, de plantearse hoy en día, tanto los experimentos de Milgram como los de Zimbardo se enfrentarían a serios obstáculos bajo las normas éticas de investigación actuales, debido a problemas relacionados con el engaño, el daño psicológico, los conflictos de intereses y la falta de consentimiento informado sobre la intensidad de la experiencia.

Para empezar, los prisioneros del experimento de Stanford no tenían idea de que el estudio comenzaría con la policía local arrestándolos de manera realista en sus hogares. Al ingresar a la prisión simulada, los reclusos fueron sometidos a un registro corporal completo y luego tuvieron que ponerse batas holgadas, sin ropa interior. Llevaban medias de nailon sobre la cabeza para simular que estaban rapados.

Los guardias vestían uniformes y gafas de sol con efecto espejo para evitar el contacto visual. El equipo del estudio les proporcionó porras de madera e instrucciones de no causar daño físico a los prisioneros, pero sí de mantener el orden y la ley. Zimbardo actuó como superintendente de la prisión, observando y registrando el experimento.

Dado que los prisioneros comenzaron a mostrar signos evidentes de angustia desde el principio, algunos familiares autorizados a visitarlos expresaron su intención de contactar a abogados para detener el estudio. En los primeros cuatro días, tres reclusos fueron liberados tras mostrar signos de angustia.

El quinto día, Christina Maslach —recién graduada en psicología social por Stanford y quien más tarde se casaría con Zimbardo— visitó la prisión y quedó horrorizada por lo que vio. Zimbardo puso fin al experimento al día siguiente.

Las pruebas de audio y video del experimento, así como las entrevistas posteriores con los participantes, revelaron más tarde que Zimbardo —fallecido en 2024— influyó directamente en el resultado del estudio al interactuar con los participantes y asesorar a los guardias, además de impedir que algunos reclusos abandonaran la prisión simulada cuando lo solicitaron por primera vez.

“Una de las características de un buen diseño experimental es que el investigador a cargo del estudio no interactúa con los participantes”, señaló Sanderson. “El hecho de que Zimbardo estuviera tan profundamente involucrado supone un problema importante, ya que él tenía creencias y expectativas particulares —incluso se podría decir objetivos— al llevar a cabo el estudio”.

Sin embargo, en aquel momento los resultados fueron bien recibidos y Zimbardo aprovechó su recién adquirida fama: “Ante el público, al igual que cuando das una clase a un grupo numeroso, actúas; por tanto, debes ofrecer una buena actuación y aprender de los errores para ser más eficaz la próxima vez”, declaró en una entrevista de 2009.

Zimbardo era un orador muy potente y convincente, según Sanderson: “El estudio de la prisión de Stanford le había reportado mucha fama y él era muy carismático. Ese atractivo hizo que la gente no prestara mucha atención a algunos de los detalles sobre lo que realmente sucedió”.

No obstante, las revelaciones sobre su participación sirvieron para socavar las conclusiones sobre la autoridad y la naturaleza humana que Zimbardo defendía.

“Creo que existe una opinión generalizada de que las buenas personas pueden cometer actos negativos bajo determinadas circunstancias como el anonimato o cuando se les ordena hacerlo”, afirmó Sanderson. “Sin embargo, el estudio de la prisión de Stanford no constituye una buena prueba de ello”.

Este escepticismo refleja un cuestionamiento más amplio dentro de la psicología sobre la fiabilidad de los resultados de los estudios. En 2015, un intento de replicar 100 estudios publicados en revistas de psicología de referencia reveló que solo el 36% de las réplicas obtenían resultados estadísticamente significativos, frente al 97% de los estudios originales. Esta “crisis de replicabilidad” ha puesto de manifiesto deficiencias en la forma en que se lleva a cabo y se publica la investigación psicológica, tales como el uso de muestras reducidas y la presión por obtener resultados llamativos en lugar de hallazgos sólidos y reproducibles.

El primer intento importante de retomar el experimento de Stanford arrojó, de hecho, un resultado completamente distinto. No obstante, aquella primera recreación, encargada por la BBC, comenzó planteando un enfoque diferente.

La BBC emitió su propia versión del trabajo de Zimbardo en 2002, en forma de serie de televisión titulada “The Experiment” (El experimento).

El estudio contó con la participación de 15 voluntarios varones —seis guardias y nueve reclusos— en una prisión construida en los estudios de una productora cinematográfica. Sin embargo, los guardias no se volvieron tiránicos, como ocurrió en el experimento de Stanford; por el contrario, los reclusos desafiaron a los guardias y tomaron el control de la situación. Más sorprendente aún fue que, posteriormente, lograron construir una comunidad compartida.

Según Stephen Reicher, profesor de psicología (cátedra Bishop Wardlaw) de la Universidad de St. Andrews en Inglaterra —quien llevó a cabo la investigación junto con Alex Haslam, entonces psicólogo en la Universidad de Exeter—, la notable diferencia en los resultados se debió en parte a que los guardias no fueron instruidos previamente por una figura de autoridad como Zimbardo.

“Normalmente, en un experimento uno se mantiene neutral”, afirmó Reicher. “Zimbardo, en realidad, se posicionó como jefe de los guardias. A grandes rasgos, les decía qué hacer. Les ordenaba imponer su poder y hacer que la gente se sintiera indefensa”.

En la versión de la BBC, no existe tal liderazgo: “Nos tomamos muy en serio la idea de simplemente asignar a las personas el papel y ver qué sucedía. Sin un liderazgo claro, observamos que los guardias no querían imponer su poder ni actuar con brutalidad y, por consiguiente, se quedaron sin autoridad real. No lograron cohesionarse como grupo ni sabían qué hacer”, señaló Reicher. “Por el contrario, los prisioneros sí se cohesionaron como grupo y tuvieron una idea clara de cómo actuar; de hecho, eso invirtió las relaciones de poder en nuestro estudio”.

El experimento revisado, aunque realizado para televisión, se diseñó como un estudio científico, explicó Reicher.

“Lo sometimos a la evaluación de un comité de ética científica”, añadió. “Lo diseñamos igual que cualquier otro estudio. No nos limitamos a filmar lo que hacía la gente; realizamos encuestas diarias e incluso recopilamos datos hormonales”.

Sin embargo, aunque los prisioneros se unieron para crear un sistema más igualitario, no lograron controlar realmente la situación: “Se sentían cada vez más indefensos y se sentían cada vez más atraídos por la figura de un líder fuerte, por el autoritarismo”, dijo Reicher. “Descubrimos que la incapacidad de los grupos para controlar su propio entorno los lleva a sentirse atraídos por regímenes autoritarios; creo que es un mensaje muy importante, dada la situación actual del mundo”.

Según Reicher, la tesis de Zimbardo —según la cual una mala situación puede llevar a una buena persona a cometer actos malvados— resulta peligrosa: “Al analizar ejemplos históricos de brutalidad, los responsables casi siempre intentan eludir su responsabilidad a posteriori. La excusa suele ser que simplemente cumplían órdenes y que no podían evitarlo”, afirmó. “La explicación de Zimbardo no solo es científicamente errónea, sino también social y moralmente peligrosa, ya que ofrece una vía de escape a los autores de los hechos”.

Las cuestiones relativas al maltrato de prisioneros y a la responsabilidad por dichos actos cobraron una urgencia renovada en 2004, cuando el mundo quedó conmocionado por unas fotografías de soldados estadounidenses y detenidos iraquíes en Abu Ghraib, una prisión situada a las afueras de Bagdad. Las imágenes suscitaron comparaciones con el experimento de Stanford, y Zimbardo se convirtió en un comentarista destacado sobre el escándalo de Abu Ghraib, argumentando que los abusos no podían entenderse únicamente como las acciones de unos pocos individuos.

Zimbardo llegó incluso a testificar en defensa de un guardia de Abu Ghraib, y sus observaciones cristalizaron en un libro de 2007 titulado El efecto Lucifer: por qué las personas buenas se vuelven malas, en el que escribió: “Cualquier acto que un ser humano haya cometido jamás, por horrible que sea, es posible para cualquiera de nosotros, dadas las circunstancias situacionales adecuadas o inadecuadas”.

La renovada popularidad del experimento dio lugar, en 2015, a una película de Hollywood protagonizada por Billy Crudup titulada The Stanford Prison Experiment (El experimento de la cárcel de Stanford), que contó con Zimbardo como asesor y se ciñe en gran medida a su propia versión de los hechos.

La crítica más feroz al trabajo de Zimbardo surgió poco después, en 2018, cuando Thibault Le Texier —historiador francés e investigador asociado del Centro de Sociología Europea y Ciencia Política de París— publicó primero un libro en francés sobre el experimento y posteriormente resumió sus conclusiones en un estudio de 2019 titulado Debunking the Stanford Prison Experiment (Desmitificando el experimento de la cárcel de Stanford).

Le Texier reconstruyó toda la cronología del experimento tras pasar semanas analizando material de archivo, como grabaciones y transcripciones, en la Universidad de Stanford.

“Desde el principio, el experimento de la cárcel de Stanford se organizó y planificó como un espectáculo”, declaró Le Texier a CNN. “Fue más teatro que ciencia”.

Le Texier también señaló que, si bien Zimbardo admitió haber dado instrucciones generales a los guardias, en realidad tanto él como sus colaboradores les indicaron de manera muy específica cómo debían comportarse durante el experimento; hasta el punto de que se les entregó una especie de “guion” o pautas detalladas sobre cómo actuar.

“No tendrán ninguna privacidad; habrá vigilancia constante: nada de lo que hagan pasará inadvertido”, afirmó Zimbardo durante una sesión de orientación para los guardias que quedó grabada en vídeo. “No tendrán libertad de acción. No podrán hacer ni decir nada que nosotros no permitamos. Les arrebataremos su individualidad de diversas formas”.

La evidente influencia de Zimbardo anula cualquier esperanza de que los científicos puedan extraer conclusiones sólidas del experimento de la cárcel de Stanford, afirmó Le Texier. “La única conclusión científica que se puede sacar es el recordatorio de que los científicos también pueden hacer ciencia realmente mala”.

Según Le Texier, Zimbardo dificultó deliberadamente que los prisioneros abandonaran el experimento, incluso cuando lo solicitaban, y creó para ellos unas condiciones de vida incómodas: “No podían leer, ni ver la televisión, ni ir al baño por la noche; no tenían absolutamente nada que hacer durante el día. Las condiciones eran más duras incluso que las de una prisión real, simplemente porque a Zimbardo le aterraba que, si los prisioneros se lo pasaban bien, no ocurriera nada y el experimento fracasara”, explicó Le Texier.

En 2018, Zimbardo publicó una extensa respuesta a las críticas sobre el experimento —incluidas las de Le Texier— en la que defendía los métodos empleados, argumentando que los participantes podían marcharse y que el comportamiento de los guardias no estaba guionizado. Le Texier calificó dicha respuesta de “tontería” (o “mierda”, en términos más coloquiales), señalando que buscaba “elogiar el experimento” pero no abordaba sus críticas de manera específica.

Los frecuentes paralelismos entre el experimento y las producciones teatrales acabaron llamando la atención de Stephen Scott-Bottom, profesor de teatro contemporáneo, arte dramático y cine en la Universidad de Mánchester.

“Lo que me interesó en un principio fue considerarlo como una situación construida en la que se pide a las personas que interpreten papeles”, comentó. “Si pides a un grupo de personas que representen roles en un escenario concreto y luego haces que otro grupo diferente repita esa misma situación, obtendrás resultados totalmente distintos, dependiendo de la combinación particular de personalidades”.

Zimbardo y sus colegas, según argumentó Scott-Bottoms, querían resaltar la importancia de la situación, por lo que restaron importancia a las personalidades individuales.

Para un estudio sobre el experimento que publicó en 2020, Scott-Bottoms localizó y entrevistó a varios de los guardias y prisioneros, incluido el recluso cuya aparente crisis nerviosa —ocurrida unas 36 horas después de iniciado el estudio— se convirtió en uno de sus episodios más famosos: “La primera crisis emocional de la que se habla en toda la documentación fue fingida por un tipo que simplemente intentaba salir”, afirmó Scott-Bottoms.

El prisionero en cuestión, Doug Korpi, también había admitido ante el periodista Ben Blum que su angustia era una actuación; Blum incluyó esta revelación en un análisis crítico más amplio del experimento publicado en 2018. Korpi quería abandonar el experimento porque no se le permitía estudiar para un próximo examen de admisión a estudios de posgrado, y le preocupaba no estar preparado.

El papel de Zimbardo en la prisión, señaló Scott-Bottoms, se centraba en evitar que el experimento se estancara: “Lo considero tanto un artista mediático como un científico”, dijo Scott-Bottoms. “Era muy hábil para encontrar un enfoque o un gancho que captara la atención, logrando así que la gente escuchara aquello de lo que él realmente quería hablar, independientemente de si tenía razón o no”.

Apenas un mes después de la muerte de Zimbardo en octubre de 2024, se estrenó en el canal National Geographic un documental de tres partes titulado The Stanford Prison Experiment: Unlocking the Truth (El experimento de la cárcel de Stanford: revelando la verdad). El documental incluía una de las últimas entrevistas concedidas por Zimbardo.

En el documental, varios de los guardias y prisioneros del estudio original cuestionan la versión de Zimbardo sobre los hechos y se refieren a él como “un vendedor”, “una especie de payaso” o “un charlatán”, al tiempo que utilizan repetidamente la palabra “fraude” en relación con el experimento.

Dave Eshleman, quien destacó en la prisión simulada por ser el guardia de peor carácter —ganándose el apodo de “John Wayne”—, llega a calificar su papel en el experimento como “un trabajo de actuación” y habla de “meterse en el personaje” antes de entrar en la prisión. Afirma que Zimbardo dio a entender que los guardias no eran considerados sujetos del experimento: “Si nos hubieran dejado claro que estábamos allí para ser estudiados, y no para ayudar a estudiar a los prisioneros, habríamos actuado de manera completamente distinta”, declaró.

En su entrevista, Zimbardo responde a estas acusaciones señalando que Eshleman y los demás necesitaban justificar sus actos, y que la forma más sencilla de hacerlo era alegar que estaban actuando. Además, el psicólogo añade que ya no eran capaces de distinguir “la improvisación de los impulsos sádicos reales”. Según Zimbardo, el hecho de que todos asumieran sus roles demuestra “la validez del experimento”.

Tampoco ocultó la naturaleza teatral del experimento: “Yo concebía el experimento como una obra de improvisación: el patio del sótano era el escenario, los actores eran los prisioneros y los guardias con sus respectivos uniformes, y la cámara de vídeo representaba al público”.

El nuevo programa de Netflix, The New Stanford Prison Experiment —filmado en una prisión real y compuesto por seis episodios de 45 minutos—, no sigue en absoluto la estructura del original, y sus creadores no pretenden llevar a cabo un experimento científico.

“Limitarse a recrear el experimento original habría sido algo inaceptable”, afirmó Jane Lipsitz, productora ejecutiva del programa, en un comunicado. “Pero vivimos en una época distinta, con participantes y medidas de seguridad diferentes y, en definitiva, se trata de una experiencia muy distinta”.

“Nos pareció el momento adecuado para volver a plantear esa cuestión a una nueva generación y preguntarnos si el poder nos cambia inevitablemente, o si somos capaces de resistirnos a los roles, las normas y los sistemas en los que nos vemos inmersos. Lo que descubrimos durante este proceso fue algo totalmente inesperado”, añadió.

Los productores del programa de Netflix explicaron que establecieron “varias salvaguardas” para proteger a los participantes, incluidas evaluaciones psicológicas y la posibilidad de abandonar la experiencia en cualquier momento con solo pronunciar una palabra clave de seguridad. Las 30 personas participantes —incluidas tres mujeres— conforman también un grupo mucho más diverso que el del estudio original o el del proyecto de la BBC.

Los guardias se dividen en dos grupos y reciben una formación inicial en la que se les indica que deben “tomar el control”. Sin embargo, a diferencia radical de la reinterpretación de la BBC y de los requisitos de un experimento científico, el programa de Netflix está muy estructurado e introduce cambios drásticos en su planteamiento a medida que avanza, lo que arroja resultados entretenidos, aunque poco realistas.

Incluso medio siglo después, el experimento original de Stanford sigue presentando aspectos interesantes, a pesar de sus defectos, señaló Reicher. El nuevo programa es, tal vez, prueba de ello.

“El estudio sigue apareciendo en los libros de texto. También hay personas que lo rechazan por completo. Y hay otras que afirman que se pueden extraer enseñanzas de él, concretamente sobre el papel del liderazgo”, comentó Reicher. “Al fin y al cabo, en cualquier estudio no se describe todo; se describe aquello que se considera importante”.

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