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Aún en su hora más difícil, La Habana sorprende: así es el museo dedicado a Napoleón en la capital cubana

Por Juan Carlos López, CNN en Español

Piensa en un líder autoritario, egocéntrico y de reconocimiento mundial, la lista es larga. Éste es especial, sabe más que los demás, no se equivoca y vive bajo el principio establecido por el maestro mexicano José Alfredo Jimenez en la canción El Rey: “mi palabra es la ley”. No, no es quien te imaginas, sería demasiado evidente, no solo se le recuerda por sus excentricidades, de las que hubo muchas, más bien por su capacidad como estratega, su ambición y una vida plena con éxitos y fracasos. Es Napoleón Bonaparte, autoproclamado emperador de Francia, quien sigue vigente 205 años después de su muerte en 1821.

Según la Fondation Napoleón, entidad que estudia y preserva el legado de Napoleón Bonaparte, en el mundo existen 133 museos, memoriales o colecciones sobre el emperador francés; uno de esos lugares está en La Habana, capital a la que Bonaparte hace referencia en sus documentos como punto de trasiego de las aventuras marineras de aquellos bajo su mando, pero que no hizo parte de sus conquistas.

La historia de la presencia de una colección muy amplia de objetos napoleónicos pasa por el azúcar y la existencia de un museo es consecuencia de la Revolución de 1959.

Entra en escena Julio Lobo, nacido en Venezuela, pero quien llegó siendo un niño a la isla en la que alcanzó el status de “Rey del azúcar” cuando Cuba era epicentro, de lo que, en ese momento, era uno de los productos que más riqueza generaba en el mundo.

Lobo llegó a tener 14 ingenios y cañaduzales con los que producía 3 millones de toneladas de azúcar por año, su fortuna para 1960 era de unos US$ 200 millones, lo que lo ponía entre los hombres más ricos del mundo, un magnate que influía en el mercado mundial azucarero. Era ferviente admirador de Napoleón Bonaparte, tanto así que una de sus frases más conocidas fue, según un artículo de la revista Time de 1958, “el azúcar es mi amante”, inspirado en lo dicho en 1800 por Bonaparte, entonces primer cónsul de Francia, cargo desde el cual tomó luego el poder, quien aseguró que “el poder es mi amante”.

Lobo fue uno de los millonarios cubanos opuestos a la dictadura de Fulgencio Batista, quien apoyó a las fuerzas de Fidel Castro, hasta que se fue de Cuba por considerar que como capitalista no tenía cabida en lo que terminó siendo un sistema comunista, un cambio que anticipó bien.

Al irse para España, Lobo dejó su vasta colección de objetos napoleónicos, que incluyen cabello, un molar, el edredón de la cama en la que habría muerto Bonaparte, ya alejado del poder y caído en desgracia, cuantiosos objetos que Lobo acumuló durante años. Uniformes, documentos y mucho más, exhibidos en una mansión ubicada al frente de la Universidad de La Habana. Es ahí donde aparece otro protagonista de la historia, Orestes Ferrara, diplomático, político y académico nacido en Italia, pero radicado en Cuba desde finales del siglo XIX. Cuando uno recorre el museo napoleónico de La Habana lo hace en la que fuera la vivienda que Ferrara construyó hace un siglo y que se conserva en perfecto estado. Ferrara no regresó a Cuba tras el triunfo de la revolución en 1959 y lamentó en su biografía la confiscación del palacete, que a partir de 1961 opera como museo para la colección de Julio Lobo.

Aún en medio de la crisis que vive Cuba, con apagones generalizados, el museo opera con normalidad. El día que lo visité había hasta una sesión de fotografía de una modelo, en medio de la cual pudimos hacer el recorrido por la mansión de techos altos, mármol importado y madera cubana, diseñada para aprovechar la brisa que hace tolerable el calor sofocante del verano habanero. La colección de Julio Lobo, en la casa de Orestes Ferrara, es desde hace 65 años patrimonio de Cuba.

En una de las paredes de la escalera de la mansión —que cuenta con un ascensor antiguo propio de la época del edificio— cuelga un cuadro que, nos explican, está firmado por el maestro español Francisco de Goya, quien pasó sus últimos años en Francia, aunque en el museo creen que es obra de uno de sus aprendices.

La figura de Napoleón Bonaparte está en cada piso, desde las mesas decorativas en las que su efigie está en el centro, como exigía, y a su alrededor.

A esta ciudad también llegó Francisco Antommarchi, médico de cabecera de Bonaparte en Santa Elena, isla en el Atlántico escogida por los británicos para el exilio del líder francés. Antommarchi llegó a Cuba en 1834 procedente de México y precedido de dudas sobre su reputación, trajo consigo una máscara mortuoria de Napoleón, una de numerosas que habría llevado por el mundo y sobre la que hay dudas sobre su verdadero autor. Eso sí, la máscara reposa en el museo.

Algo cierto según expertos es que a mediados de siglo veinte, cuando Lobo armó su colección, como ahora, el mercado de antigüedades y objetos históricos era terreno fértil para mercaderes de mala fe, y no se descarta que en la colección expuesta en La Habana haya objetos certificados como legítimos en el momento de la venta, pero que con el tiempo resulten no serlo.

Por ahora, en esta ciudad con muy pocos turistas por la crisis energética y las creciente sanciones impuestas por Estados Unidos, se puede ver una colección única de una de las figuras más influyentes en occidente.

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