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Pensó que nunca volvería a ver a aquel amor de sus vacaciones en Grecia en 1985. Entonces sintió un toque en el hombro

Por Francesca Street, CNN

Chuck Pappas estuvo a punto de no presentarse aquel día en el museo arqueológico de Atenas.

Era una mañana ajetreada y calurosa en la capital griega. Chuck se abría paso entre los demás turistas por las calles adoquinadas. De vez en cuando, levantaba la vista para contemplar las increíbles ruinas antiguas y luego miraba su reloj.

Había pasado aproximadamente un mes desde que el estadounidense había acordado reencontrarse con Diane Webber, otra viajera que estaba visitando Europa desde Sudáfrica.

Chuck había pensado mucho en Diane desde que pasaron un tiempo juntos en la isla griega de Creta. En el transcurso de tres días, ambos —los dos veinteañeros— habían pasado de ser desconocidos a confidentes y luego a algo más.

“Conectamos enseguida”, cuenta Chuck a CNN Travel. “Después, ella se fue a Turquía y yo a otra isla griega. Le dije que estaría en Atenas… y que, si andaba por allí, me encontraría con ella en el museo tal día a tal hora, bastante seguro de que ninguno de los dos acudiría a la cita”.

Chuck le prometió a Diane que, durante cinco días consecutivos, esperaría cada día en las escalinatas de mármol del Museo Arqueológico Nacional durante una hora a partir del mediodía. Si el destino así lo disponía, la vería allí.

Durante cuatro días seguidos, Chuck fue al museo y se sentó solo en las escalinatas. Ni rastro de Diane. Cada vez que llegaba la 1:00 p.m., sentía una punzada de decepción e intentaba restarle importancia.

Había conocido a mucha gente —y coqueteado con muchas mujeres— durante el año que pasó viajando lejos de Massachusetts, pero Diane destacaba.

“Teníamos conversaciones profundas sobre la vida”, dice. “Conversaciones que no tuve con nadie más durante todos aquellos meses en los que estuve conociendo gente”.

En su último día en Atenas, Chuck se planteó no ir a las escalinatas del museo. Pero algo lo impulsó a seguir adelante. Quería cumplir la promesa.

“Así que decidí ir al museo a la hora acordada, sin esperar encontrar a nadie”, recuerda. “Llegué y esperé alrededor de una hora en las escalinatas de la entrada”.

Y mientras transcurrían los minutos, no había ni rastro de Diane.

“Se acabó”, pensó Chuck. “Nunca volveré a verla”.

Era 1985. No había teléfonos móviles. Chuck no tenía los datos de contacto de Diane. Si ella no estaba en las escalinatas de mármol del museo al mediodía, Chuck no tendría forma de ponerse en contacto con ella.

Cuando la hora estaba a punto de cumplirse, Chuck se dijo que ella no vendría.

Estaba a punto de marcharse cuando sintió un golpecito en el hombro. De repente, alguien lo abrazó por detrás.

Chuck empezó a sonreír. Se dio la vuelta y allí estaba ella: Diane.

“Era ella”, dice hoy. “No podía creerlo”.

La primavera en que Chuck visitó Creta, tenía 26 años, se sentía un poco perdido y estaba impulsado por el deseo de viajar y conocer el mundo; concretamente, de conocer Grecia.

Acababa de terminar una carrera de arqueología y antropología y había desarrollado una fascinación por el mundo antiguo. Además, sus abuelos, tanto paternos como maternos, habían emigrado de Grecia a Estados Unidos en la década de 1940.

Después de volar a Atenas, Chuck tomó un barco a Creta, a una pequeña localidad llamada Agios Nikolaos. Quedó cautivado por sus playas de arena y sus animadas tabernas, y decidió quedarse allí una temporada.

Su objetivo de conseguir trabajos arqueológicos por cuenta propia resultó más difícil de lo esperado. Pero Chuck disfrutaba explorando solo y saliendo de fiesta por las noches en los albergues juveniles.

Un día, poco antes de la medianoche del 25 de mayo de 1985, Chuck estaba tomando una cerveza con un par de compañeros de viaje en su albergue juvenil cuando se fijó en una recién llegada.

“Entró una chica alta y rubia… que buscaba un lugar donde alojarse”, recuerda. “Me miró de reojo y, cuando nuestras miradas se cruzaron, sentí una conexión que nunca antes había experimentado. En realidad, no nos dijimos nada”.

Esta, por supuesto, era Diane. Diane recuerda haberse sentido un poco azorada. Le preocupaba que el albergue juvenil estuviera a punto de cerrar sus puertas por esa noche.

“Llegué justo antes de la medianoche, entrando a toda prisa; los griegos realmente cumplen sus reglas de cerrar las puertas con llave a las 12:00 a.m.”, cuenta Diane hoy a CNN Travel. “Llegué a las 11:55 p.m. y las puertas seguían abiertas. Él estaba de pie en la entrada con dos chicas y un inglés… Así fue como nos conocimos”.

Diane recuerda haber cruzado la mirada con Chuck. Él la intrigó de inmediato, pero también se mostró “cautelosa”.

Por la forma en que Chuck estaba rodeado de mujeres, decidió que probablemente “se creía un dios griego”.

Diane supuso que coqueteaba con todas las chicas en todos los albergues juveniles, así que no se tomó en serio el prolongado contacto visual.

Además, mientras el resto del grupo era amable y abierto, Chuck se mostraba “contenido, sereno y callado”, según recuerda Diane.

No sabía muy bien qué pensar de él. Pero Diane no buscaba un romance de vacaciones en Europa. Buscaba una vía de escape.

Al igual que Chuck, Diane también tenía 26 años. Pero mientras Chuck disfrutaba de una vida despreocupada en Massachusetts, marcada por las discotecas y los viajes, Diane ya había experimentado algunas de las realidades más duras de la vida en Sudáfrica.

En la década de 1980, el país aún funcionaba bajo el apartheid, un sistema diseñado para proporcionar a los sudafricanos blancos una comodidad inmerecida mientras aplastaba sistemáticamente a la mayoría negra.

Aunque Diane creció en una familia blanca, dice que no estaba de acuerdo con el sistema. Además, Diane también atravesaba dificultades personales cuando conoció a Chuck.

“Por desgracia, fue una época difícil de mi vida”, dice Diane. “Mi pareja de entonces había fallecido. Decidí dejarlo todo y viajar, porque sentía que necesitaba escapar”.

Tras la pérdida, Diane convenció a una amiga y abordó un avión de Sudáfrica a Europa. Las dos mujeres recorrieron el continente en una ambulancia británica reconvertida.

Disfrutaron explorando durante ocho meses, pero luego su amiga tuvo que regresar a casa. Diane vendió la ambulancia y decidió hacer una última parada antes de volver a la realidad: Grecia. “Siempre me habían fascinado la cultura y la arqueología griegas”, dice. “Sabía que quería ir a Creta para conocer la civilización minoica”.

Planeaba pasar unos días en la isla, explorando su historia antigua, antes de ir a las ruinas de Troya, en Turquía. Diane no esperaba entablar una relación especialmente cercana con nadie durante su breve estancia en la isla.

Pero la mañana siguiente a su llegada al albergue a medianoche, se puso a conversar de verdad con Chuck.

“Al día siguiente, definitivamente conectamos”, dice. “Pasamos mucho tiempo hablando de nuestra historia, de nuestro pasado y de todo lo que habíamos vivido”.

Diane se sorprendió a sí misma al sincerarse con Chuck sobre la muerte de su pareja y sobre el tiempo que había pasado en Europa intentando procesar aquella pérdida. Él sabía escuchar muy bien y no apartaba la mirada mientras ella profundizaba en temas difíciles.

“A lo largo de esos días, mi impresión inicial de él cambió”, dice. “Chuck se convirtió de inmediato en un hombro en el que apoyarme; sentía como si lo conociera de toda la vida”.

A Chuck también le sorprendió lo fácil que era conversar entre ellos.

“Nos sentábamos en la playa y hablábamos hasta la madrugada”, dice Chuck. “Para mí, era una conexión diferente. No creo que hasta entonces me hubiera tomado realmente el tiempo de hablar con nadie con tanta profundidad. Me impactó: ‘Esta chica es diferente’”. Los dos también se divirtieron mucho explorando juntos.

“Recorrimos exhaustivamente la isla de Creta: nadamos, salimos a comer y pasamos el rato con otros jóvenes en el albergue juvenil”, recuerda Chuck.

“Y bailamos”, dice Diane. “Bailamos en la discoteca. Bailamos en la playa. Dormíamos en la playa, bebíamos en la playa, comíamos en la playa. Sin duda conectamos”.

Fueron unos días especiales tanto para Chuck como para Diane. Pero ninguno de los dos esperaba que esta conexión inesperada continuara más allá de Creta.

Diane era especialmente consciente de la realidad de su situación.

“Todavía tenía mucho que sanar, y él ni siquiera pensaba en relaciones serias. Me daba cuenta por su forma de actuar”, dice. “Lo único que quería era divertirse”.

Y también estaba la distancia que debían afrontar. Massachusetts y su ciudad natal, Pretoria, parecían estar en mundos distintos.

“Así que era algo así como… ya veremos qué pasa”, recuerda Diane. “Ya veremos qué ocurre en el futuro”.

Con esa idea, ambos acordaron encontrarse un mes después en Atenas.

“Me dijo: ‘Desde tal día hasta tal otro, durante una semana, te esperaré de las 12:00 p.m. a la 1:00 p.m. en las escalinatas del museo arqueológico”, recuerda Diane. “Quizá podamos encontrarnos, o quizá no”. Yo dije: ‘Sí, de acuerdo’. Me fui pensando que nunca volvería a verlo”.

Diane acabó teniendo problemas con el visado que la retuvieron en Turquía dos días más de lo previsto. Llegó al puerto del Pireo, en Atenas, el último día que Chuck había prometido esperar.

“Me apresuré para intentar llegar en el último momento”, recuerda. “Faltaban literalmente cinco minutos para la 1:00 p.m. Lo vi sentado en las escalinatas. Me acerqué por detrás. Le tapé los ojos con las manos y él se levantó de un salto. Y allí estábamos”.

Los dos pasaron juntos 24 horas vertiginosas en Atenas antes del vuelo de regreso de Chuck a Boston.

“Pasamos el poco tiempo que teníamos disfrutando de la compañía del otro y deleitándonos con el hecho de que realmente estábamos juntos de nuevo”, recuerda Chuck.

“Teníamos un día”, dice Diane. “Estaba muy emocionada de verlo. Me había costado muchísimo regresar de Turquía, pensando que definitivamente no lo conseguiría y que no llegaría a tiempo. Estaba muy feliz de verlo”.

También se llevó una grata sorpresa al comprobar que Chuck, todo un mujeriego, había cumplido su palabra.

“Para mí fue una señal de que, sin importar a cuántas playas nudistas pudiera ir, aun así podía regresar a Atenas para encontrarse conmigo y esperarme”, dice. “Así que eso hizo cantar a mi corazón”.

Esta vez, cuando se despidieron, Diane y Chuck intercambiaron direcciones y datos de contacto. Prometieron mantenerse en contacto, aunque todavía sin ninguna expectativa sobre lo que podría suceder después.

De vuelta en Sudáfrica, Diane tuvo dificultades para adaptarse a su antigua vida después de su escapada europea. En Massachusetts, Chuck abandonó la arqueología y se convirtió en fotógrafo autónomo.

Diane se mantuvo ocupada con el trabajo. Chuck se mantuvo ocupado yendo de fiesta. Y, para sorpresa de ambos, siguieron en contacto.

“Era una relación a distancia, por correspondencia”, dice Chuck.

Las cartas no llegaban con regularidad. Pero a ambos les encantaba el momento en que veían la letra del otro en los sobres de correo aéreo frente a su puerta.

También disfrutaban de alguna que otra llamada telefónica. Esos momentos de conexión transcontinental les recordaban cuánto disfrutaban confiándose cosas el uno al otro.

“La manera en que podía hablar por teléfono era sencillamente extraordinaria”, dice Chuck. “Me tranquilizaba y me calmaba, y era maravilloso. Fueron esas llamadas telefónicas durante los años siguientes las que me mantuvieron ahí”.

Con el paso del tiempo, Chuck salió con otras chicas. Pero nunca fue nada serio. Nadie podía compararse con Diane.

“Simplemente quería vivir la vida, y todos mis amigos lo sabían, y todas las chicas con las que salía lo sabían”, dice.

Les habló de Diane a sus amigos íntimos, pero “no entraba en muchos detalles… Salvo para decirles a un par de personas que esta chica me gusta muchísimo, y sé que está a 13.000 km de distancia, pero sigo en contacto con ella”.

Mientras tanto, en Pretoria, Diane se permitía fantasear de vez en cuando con Chuck, aunque se recordaba constantemente que las probabilidades estaban en su contra.

“Era lo bastante sensata como para saber que él necesitaba vivir su juventud, y yo no buscaba una relación”, dice. “Así que era una conexión acompañada de un ‘Veamos qué nos depara el futuro’”.

Los meses se convirtieron en años.

“Estaba centrada en mis estudios, mi familia, mis amigos”, dice Diane. “Sin duda salía mucho con mis amigas, pero tardé un tiempo en empezar a tener citas. Pero incluso entonces, en el fondo de mi mente, siempre pensaba en Chuck… A los pocos caballeros con los que salí les hice saber que había alguien en Estados Unidos que me gustaba mucho, pero que no sabía qué nos depararía el futuro”.

Entonces, un día, Chuck llamó a Diane de la nada. Le dijo que estaba reservando un vuelo para visitarla en Sudáfrica.

“Le dije que iba a ir a verla, si le parecía bien. Ella dijo: ‘Claro’. Y emprendí el viaje de 13.000 km”, recuerda Chuck.

Era el verano de 1987, dos años después de que se conocieran en Creta.

“Estaba entusiasmado y decidido a volver con la única chica que había conocido con la que sentía que podía estar”, recuerda Chuck.

“No podía creer que viniera con tan poco aviso”, dice Diane. “Estaba emocionada y nerviosa”.

Diane puso al tanto a sus seres queridos con antelación y les presentó a Chuck cuando llegó.

“Bueno, a mi familia y a mis amigos les encantó”, recuerda Diane. “Entendieron lo que yo veía en él. Su carácter relajado, su entusiasmo y su agudo ingenio sin duda los divirtieron”.

Durante las dos semanas que Chuck pasó en Sudáfrica, ambos recorrieron Pretoria y Johannesburgo, bajaron hasta Durban y luego fueron al Parque Nacional Kruger, donde hicieron un safari.

Entre aventura y aventura, conversaban. Sus conversaciones confirmaban lo que ya sentían: aquella era una conexión natural y especial.

Pero entonces Chuck tuvo que regresar a Estados Unidos.

“Pasamos dos semanas estupendas y luego me marché”, recuerda Chuck. “Al año siguiente, ella me visitó en abril y llovió todo el tiempo. Dijo que jamás viviría aquí, que en Sudáfrica había demasiado sol…”.

“Fue maravilloso verlo”, dice Diane. “Pero no me imaginaba viviendo aquí en absoluto”. Además, en Massachusetts, Chuck todavía llevaba un estilo de vida propio de alguien de veintitantos años, con muchas fiestas.

Pero un año después, en 1989, Chuck se puso en contacto con Diane y fue directo.

“Estaba a punto de cumplir 31 años”, recuerda. “Le escribí una larga carta en la que le decía que había terminado con mi vida nocturna y le preguntaba si vendría aquí para quedarse. Todavía conservamos la carta. Ella dijo que sí”.

Para Diane, la relación a distancia la ayudó a adaptarse gradualmente a la idea de estar con Chuck a más largo plazo y le dio tiempo para empezar a asimilar la pérdida de su pareja. Al final, pasaron cuatro años entre su encuentro en Creta en 1985 y la mudanza de Diane a Estados Unidos en 1989.

“A nosotros nos funcionó tener una relación a distancia, porque pude sanar lejos de él y darle tiempo para madurar”, dice. “Él era joven y despreocupado, y yo sentía que en aquel momento definitivamente no estaba en una etapa de juventud y despreocupación”.

Diane también tuvo que afrontar las complicaciones de acercarse a alguien mientras temía poder perderlo.

“Por mi parte, fue un proceso gradual de aprender a confiar en que no se me moriría”, dice.

Mudarse a Estados Unidos en enero de 1989 fue un gran paso para Diane. Dejó su empleo estable como contable en Pretoria y se matriculó en la Universidad de Massachusetts para encaminarse hacia la obtención del título de contadora pública certificada, o CPA, en Estados Unidos. Chuck seguía trabajando como fotógrafo autónomo. La vida parecía un poco precaria.

También había diferencias culturales a las que hacer frente. La infancia de Diane bajo el apartheid sudafricano hizo que estuviera acostumbrada a tener sirvientes, por lo que nunca había hecho realmente las tareas del hogar.

“Después de dejar Sudáfrica, sin duda me hizo darme cuenta de lo injusto que era el sistema”, dice. “Mientras crecía dentro de ese sistema, desconocía por completo la existencia de cualquier otro”.

A la pareja también le costó en ocasiones adaptarse a la convivencia.

Pero la emoción predominante, tanto para Diane como para Chuck, era la felicidad de estar por fin juntos.

“Cuando Diane llegó aquí, todo giraba en torno a ella, y así ha sido prácticamente desde entonces”, dice Chuck.

La pareja siguió compartiendo su pasión por viajar, explorando Estados Unidos y Europa. “Cada centavo que podíamos ahorrar lo destinábamos a viajar”, dice Diane.

Tras casi un año viviendo juntos en Estados Unidos, Diane y Chuck tomaron la decisión de casarse.

“Necesitábamos tiempo para adaptarnos el uno al otro, pero ambos queríamos casarnos sin lugar a dudas”, dice Chuck. “Nos casamos el día de San Valentín de 1990”.

Fue una pequeña celebración de boda, a la que solo asistieron amigos cercanos y familiares. Diane adoptó el apellido de Chuck tras la boda y pasó a llamarse Diane Pappas.

Fue un día especial para Diane y Chuck, pero Chuck bromea diciendo que “la mayoría de la gente pensaba que teníamos un romance de cuento de hadas que nunca iba a durar”.

Sin embargo, con el paso del tiempo, la pareja se asentó en su vida en común y su romance de cuento de hadas se fue arraigando cada vez más en la realidad.

“En tres años tuvimos dos hijas, compramos una casa y Diane obtuvo su licenciatura”, recuerda Chuck. “Nos encantaba ser padres de nuestras dos hijas y continuamos con nuestro estilo de vida aventurero, llevando a nuestras hijas con nosotros”.

“Empezamos a llevar a las niñas a Sudáfrica cuando tenían tres y cinco años, y hemos vuelto con ellas varias veces a lo largo de los años”, cuenta Diane.

Las hijas de la pareja heredaron su amor por los viajes y por Grecia. La familia viajó allí muchas veces a lo largo de las décadas y, cuando la hija mayor de Diane y Chuck se casó hace unos años, decidió celebrarlo en la isla de Paros.

Para celebrar el 40.º aniversario de su encuentro en 2025, Chuck y Diane regresaron a la isla de Creta, esta vez acompañados por su familia, incluida su pequeña nieta.

“Hoy, más de 40 años después, seguimos juntos, seguimos enamorados”, dice Chuck.

“Ella es contadora pública certificada, plenamente acreditada y con su propio negocio, y yo tengo mi propio estudio de fotografía. Para nuestro aniversario volvimos a aquel albergue juvenil donde habíamos tenido ese encuentro fortuito en una isla griega hacía tanto tiempo… todo comenzó con una simple mirada”.

La pareja, que ya ronda los 70 años, sigue disfrutando de viajar siempre que puede y aún mantiene largas y profundas conversaciones.

“La comunicación es la clave de todo”, dice Diane. “Hemos pasado horas y horas de nuestra vida hablando cada mañana, hablando cada noche al final del día, hablando prácticamente de todo”.

Cuando llega el 25 de mayo, la pareja siempre habla de su encantador encuentro a medianoche en el albergue y reflexiona sobre las décadas que han pasado juntos desde entonces.

“De eso están hechas las loterías”, dice Chuck. “Hay una posibilidad entre un millón de que algo funcione o suceda, con esta coincidencia en el tiempo, las circunstancias, el estilo de vida, los países…”.

“En cuanto a los encuentros fortuitos, creo que hay que atreverse a salir al mundo”, dice Diane. “Hay que mantenerse abierto a las oportunidades”.

Para Chuck, el mensaje de su historia de amor es “no te rindas”.

Podría haber abandonado el plan de encontrarse con Diane en las escalinatas del museo arqueológico de Atenas. Pero algo le decía que valía la pena ir cada día, por si acaso.

“Nunca sabes si esa oportunidad que decides aprovechar será la que dé sus frutos”, dice Chuck. “Y esta los dio”.

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