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Esta isla paradisíaca quedó marcada por una de las batallas más sangrientas de la Segunda Guerra Mundial

Por Lilit Marcus, CNN

La isla es exuberante, con una miríada de tonalidades de verde intensificadas por la lluvia de la mañana. Cerca de la costa, los buceadores flotan sobre lechos de corales vírgenes. Al bajar del pequeño muelle de madera, los visitantes pasan junto a grupos de ficus y helechos que les llegan hasta los tobillos, mientras que montículos de piedras grises marcan los senderos.

Y entonces, en medio de un campo vacío, se alza un tanque militar anfibio japonés con guirnaldas de plantas verdes que brotan entre sus ruedas oxidadas.

El contraste resulta chocante. Pero es precisamente por eso que hoy en día llegan turistas de lugares tan lejanos como Estados Unidos, Canadá, Taiwán, Corea del Sur y Japón: para ver de cerca la isla tropical donde tuvo lugar una de las batallas más sangrientas y menos recordadas del teatro de operaciones del Pacífico de la Segunda Guerra Mundial.

Cuando las tropas estadounidenses llegaron a la remota isla de Peleliu, en el Pacífico, en septiembre de 1944, su misión era sencilla: atacar la isla y destruir la base aérea japonesa allí instalada. Tras varios días de bombardeo, los soldados desembarcaron y encontraron la isla desierta, con todos los enemigos aparentemente derrotados.

Sin que los estadounidenses lo supieran, y sin que su reconocimiento aéreo lo detectara, Peleliu está repleto de profundas redes de cuevas subterráneas. Los japoneses habían fortificado muchas de estas cuevas y las habían abastecido de alimentos, agua y municiones, por lo que cuando comenzaron los bombardeos, se refugiaron bajo tierra.

La batalla de Peleliu, que se suponía que duraría solo unos días, se prolongó durante meses. Se convirtió en una de las batallas más cruentas de todo el teatro de operaciones del Pacífico, y ahora la mayoría de los historiadores coinciden en que nada de ello era necesario. Sin embargo, su historia sigue siendo en gran parte desconocida para los estadounidenses, quienes probablemente hayan aprendido sobre Iwo Jima y Guadalcanal en la escuela.

“Fue un auténtico espectáculo de terror”, afirma Joe Whelan, autor del libro “Bitter Peleliu”.

“En realidad, fue una batalla que no se necesitaba librar, y probablemente no debería haberse librado. De hecho, el almirante Halsey recomendó que simplemente la omitieran. Pero la flota de invasión ya estaba en camino, y el almirante Nimitz, al mando de todo el Pacífico, desautorizó su recomendación”. William Halsey Jr. era el almirante de cinco estrellas que comandaba las tropas navales en la región.

En total, unos 14.000 japoneses y 10.000 estadounidenses perdieron la vida durante el asedio de Peleliu. No todos murieron por bombas y disparos. Las temperaturas podían superar con frecuencia los 38 ºC (100 ºF), por lo que muchos fallecieron por insolación y deshidratación. Otros enfermaron por beber agua contaminada. Finalmente, los altos mandos japoneses se suicidaron mediante seppuku, un ritual de suicidio. Para entonces, según Whelan, la guerra prácticamente había terminado y los japoneses, conscientes de la derrota, habían optado por una estrategia de desgaste.

“Querían que los estadounidenses los atacaran, y así podrían matar a más estadounidenses. Y pensaban que si lo hacían, podrían persuadir a Estados Unidos para que negociara.”

La mayoría de los historiadores sitúan el final de la Batalla de Peleliu el 24 de noviembre de 1944, día en que falleció el comandante japonés, el coronel Kunio Nakagawa. Actualmente, los guías turísticos acompañan a los visitantes a través de algunas de estas cuevas, donde piedras sintoístas grabadas con inscripciones japonesas conmemoran los lugares donde murieron los soldados. Algunos visitantes dejan banderas japonesas o flores de cerezo prensadas en estas tumbas, cuyas piedras se cubren rápidamente de musgo debido al clima húmedo de la isla.

Peleliu es una isla de Micronesia situada a unos 800 kilómetros al este de Filipinas. Actualmente, forma parte del pequeño archipiélago que conforma Palaos. Palaos ha estado bajo el dominio de Japón, España, Alemania y Estados Unidos a lo largo de su historia, pero se independizó en 1994. Su bandera, azul brillante con un orbe amarillo ligeramente descentrado, es conocida como “el Japón feliz” por los vexilólogos, o aficionados a las banderas, quienes la consideran una versión más brillante de la bandera japonesa, roja y blanca.

Solo unos pocos miles de turistas visitan Palaos cada año. El aeropuerto del país cuenta con apenas tres puertas, suficientes para unos pocos vuelos semanales desde ciudades como Taipéi y Manila. También es una parada del famoso Island Hopper, un vuelo de United Airlines que parte de Hawai y hace escala en varias islas del Pacífico, incluida Guam. Para algunos viajeros, el vuelo en sí es el atractivo, y simplemente pasan por cada destino sin detenerse a hacer turismo.

Aunque es un país en libre asociación con Estados Unidos —lo que significa que utiliza la moneda estadounidense y cuenta con la protección del ejército estadounidense—, Palaos sigue siendo un destino relativamente desconocido entre los turistas estadounidenses.

Antes de la guerra, era un protectorado japonés, y los trabajadores venían de Okinawa para extraer fosfato. Incluso hoy en día, es común ver apellidos japoneses en los buzones de correo de Palaos.

Más allá de las ruinas físicas de la base japonesa en Peleliu, existen otros vestigios de la guerra por toda la isla. Muchos de los topónimos dados por las tropas estadounidenses, como Playa Blanca y Cresta Nariz Sangrienta, todavía se utilizan. Los restos de la base están expuestos a la intemperie, mientras que el antiguo hangar está cerrado al público, ya que tiene el techo parcialmente derrumbado.

Las Fuerzas Armadas estadounidenses, que mantiene una pequeña presencia en Palaos, se encargan del mantenimiento de un cementerio militar estadounidense en Peleliu. A poca distancia de las ruinas de la base y el aeródromo, el cementerio cuenta con arbustos de flores plantados que, vistos desde el cielo, forman la palabra “USA”.

Los palauanos que salen a pasear todavía encuentran ocasionalmente reliquias de la guerra. La norma local no oficial es dejar cualquier objeto que encuentren encima o junto a una de las placas que marcan los lugares donde ocurrieron los momentos más importantes de la guerra, ya que historiadores y conservadores del museo nacional pasan periódicamente a recoger estos objetos.

El día que visité la isla en enero, un casco militar estadounidense colgaba despreocupadamente de la esquina de un cartel informativo sobre la presencia militar japonesa en Peleliu. Agujereado y parcialmente cubierto de moho, el casco contribuía a la atmósfera inquietante que impregna la isla.

Podría decirse que el mayor cambio que trajo la guerra fue en el propio terreno, en gran parte gracias al trabajo de los ingenieros militares estadounidenses.

“Nivelaron el terreno con excavadoras y otra maquinaria, lo que generó que el subsuelo blanco quedara al descubierto y que la topografía cambiara”, explica Shingo Iitaka, profesor de historia en la Universidad de Kochi en Japón.

“Existe un dicho que afirma que cuando los habitantes de Peleliu regresaron a la isla tras el fin de la guerra, ni siquiera sabían dónde estaban.”

Iitaka afirma que, entre los numerosos relatos estadounidenses y japoneses de la batalla de Peleliu, a menudo se omite una perspectiva importante: la del propio pueblo palauano.

“Creo que a menudo se olvida a las personas que viven en un territorio que se convirtió en campo de batalla, ya que no participaron directamente en la guerra, pero considero que el recuerdo de la guerra que conservan los propietarios originales de esas tierras es algo que debería tenerse especialmente en cuenta.”

“Es casi como vivir con los muertos, o con las huellas de los muertos.”

En la actualidad, todavía hay grupos de turistas japoneses que visitan Peleliu para rendir homenaje a sus compatriotas o para intentar repatriar los restos de los soldados fallecidos a Japón. Pero ha surgido un nuevo e inesperado mercado turístico: los jugadores de videojuegos. Peleliu es un escenario clave en “Call of Duty: World at War”, una edición del popular videojuego ambientada en el Pacífico, lanzada en 2008.

Sin embargo, Peleliu hoy en día no es el mejor lugar para observar la vida tradicional palauana. Antes de la guerra y la colonización, la mayoría de los palauanos vivían en pequeñas aldeas dirigidas por ancianos de clan. Cada aldea tenía un bai, o casa de los hombres, una estructura de madera con forma de A, pintada con imágenes que representaban historias tradicionales y elevada sobre pilotes. Estos ancianos entraban al bai para tomar decisiones para la comunidad. La mayoría de estas casas fueron destruidas, y hoy en día solo quedan unas pocas dispersas por todo el país.

Para obtener una visión más amplia de la historia de Palaos más allá de los años de la Segunda Guerra Mundial, vale la pena visitar el Museo Belau en la ciudad principal de Koror. Allí se exhibe un bai pintado con colores vivos y pequeñas exposiciones bien conservadas, organizadas cronológicamente.

En el muelle, mientras nos alejábamos de Peleliu, apareció un cartel de colores vivos. “Bienvenidos a Peleliu”, decía en inglés y japonés. “Por favor vuelve pronto”.

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Con información de Ayuka Nitta, de CNN.

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