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Lo que el río Guadalupe se llevó y unos desconocidos devolvieron

Por Alisha Ebrahimji, CNN

Cuando el río Guadalupe se desbordó el verano pasado en la región de Texas Hill Country, Elida Sierra Lutz y sus tres hijos fueron arrastrados por la corriente, como si fueran escombros.

La familia luchó durante tres horas el 4 de julio del año pasado para mantenerse con vida, después de que, durante la noche, cayera el equivalente a más de un verano de lluvias sobre un terreno completamente seco. Eso hizo que el nivel del río pasara de aproximadamente 90 centímetros a 9 metros en apenas 45 minutos.

Poco después de ser rescatados, se dieron cuenta de que habían perdido todo lo que habían llevado para acampar: la sudadera negra con cierre que el hijo de Elida, de 18 años, casi nunca dejaba de usar, además de su billetera, sus gafas y su teléfono celular; las consolas Nintendo de su hija, el chaleco salvavidas y un par de Crocs blancas que la niña de 10 años había decorado con dijes elegidos por ella misma; incluso desapareció el remolque de viaje de la familia.

A unos 16 kilómetros de allí, en Heart O’ the Hills, un campamento de verano para niñas ubicado junto al río, la directora de programas, Bailey McEachern, regresó de una pausa programada entre sesiones y encontró una escena similar, en medio de la conmoción por la muerte de la querida directora y copropietaria del campamento a causa de la inundación.

La fuerza del agua también arrasó con piezas clave de la historia del campamento: los letreros de las cabañas; collares de plata esterlina de la década de 1950 con colgantes de un ave del trueno y flechas cruzadas que usaba la líder Firelighter de cada hermandad; y un trofeo conocido como The Cup, entregado al final de cada temporada.

También habían desaparecido las molduras decorativas de la oficina de la directora Jane Ragsdale, en las que, sobre madera roja desgastada, estaban escritos los Ocho Valores del campamento, entre ellos el coraje, la confianza y la fe.

Arrastrados. Perdidos. Desaparecidos.

Los sobrevivientes, por supuesto, estaban agradecidos simplemente por seguir con vida. Sabían que la crecida del río, que se produjo casi sin previo aviso, había dejado al menos 136 muertos, entre ellos decenas de niños en otros campamentos de verano, una abuela muy querida, un padre heroico y un entrenador muy apreciado.

Y, aun así, no dejaban de pensar en sus pertenencias. ¿Dónde habrían terminado? ¿Aparecerían? ¿Alguna vez las recuperarían? Aunque todo podía reemplazarse, esos objetos formaban parte de sus vidas y, de alguna manera, también se habían convertido en símbolos de su angustiosa supervivencia.

Con el tiempo, un ejército de desconocidos, liderado por una persona inesperada, emprendería una misión para devolverles a ellos —y a muchas otras personas— todo lo que el río les había arrebatado.

Poco después de que bajara el nivel del agua, las labores de recuperación se intensificaron. Dondi Voigt Persyn, madre de tres hijos y abuela de cuatro, residente de Boerne, Texas —una localidad situada en una colina junto al río Guadalupe, a unos 56 kilómetros de la zona del desastre—, se ofreció como voluntaria.

Fabricante de perfumes y con formación en patología, Dondi no imaginaba que ese sería el inicio de un enorme proyecto que, con el tiempo, describiría como una vocación.

Solo ese primer día encontró varios collares de distintos metales, la fotografía de un niño pequeño, prendas de vestir y una bolsa llena de objetos. Todo había pertenecido a alguien. Pronto comprendió que los sobrevivientes de la inundación, después de vivir semejante tragedia, tendrían que afrontar además la imagen de sus pertenencias personales esparcidas por el centro de Texas.

“Van a querer recuperar sus cosas”, pensó. “Yo también querría recuperar las mías”.

Pero Dondi sabía que reunir todos esos objetos con sus dueños requeriría mucho más que paciencia y suerte. Así que recurrió a la mejor investigadora de internet que conocía: su mejor amiga, DeAnna.

Muy pronto, ambas dedicaban todo su esfuerzo a FOUND on the Guadalupe River, un grupo de Facebook donde las personas podían publicar los objetos que habían perdido o encontrado.

En los primeros días, la página se llenó de publicaciones con fotografías de objetos encontrados y de mensajes, muchas veces conmovedores y desgarradores, de personas que buscaban pertenencias perdidas.

Billeteras, telas, equipos deportivos, fotografías, joyas, letreros, banderas, colchas, peluches, juguetes y baúles de campamento aparecían en las publicaciones, mientras desconocidos colaboraban en los comentarios etiquetando a posibles dueños o a personas que pudieran aportar alguna pista.

Y pronto comenzaron a llegar los resultados.

De todas las reunificaciones, Dondi siempre recordará la primera.

El 7 de julio, cerca del mediodía, publicó en FOUND on the Guadalupe River una fotografía de cinco collares que había encontrado enredados entre el barro y los escombros. Los había llevado a su casa, limpiado cuidadosamente y acomodado en un recipiente transparente.

Horas después recibió este comentario:

“¡Dios mío, son míos!”, escribió Patty Hyatt, una maestra jubilada.

Patty y su nieto apenas habían logrado ponerse a salvo antes de que la corriente destruyera su remolque y arrastrara todas sus pertenencias, incluidos aquellos collares.

Antes de terminar el día, Patty ya sabía que volvería a recuperarlos.

Días después, entregar aquellas joyas y escuchar la historia de Patty dio a Dondi y a su equipo el impulso necesario para continuar. Sin embargo, pronto comprendieron que una operación únicamente en línea no bastaría para una tarea de semejante magnitud.

Así que Dondi abrió un centro de operaciones.

El almacén, ubicado en Ingram, a unos 32 kilómetros del condado de Kerr, uno de los más afectados, contaba con una estación para limpiar fotografías recuperadas, otra para limpiar objetos rígidos, contenedores para reunir artículos que necesitaban lavado a presión en un autolavado local y otros para la ropa que debía enviarse a una lavandería.

Dondi reunió un pequeño, pero eficiente equipo y organizó el trabajo por áreas.

DeAnna supervisaba la página de Facebook y se aseguraba, entre otras cosas, de que siguiera siendo un espacio respetuoso. Teri se encargaba de los objetos de mayor valor y de entregar a la oficina del sheriff cualquier artículo potencialmente peligroso, como armas de fuego o cuchillos. Un grupo de mujeres lavaba y restauraba la ropa, siempre que hubiera suficiente detergente, vinagre, jabón Dawn, OxiClean y monedas para las lavadoras.

Mientras tanto, el hijo y el yerno de Dondi seguían recorriendo las zonas inundadas en busca de objetos, al igual que su esposo, quien además transportaba los contenedores hasta el almacén y orientaba a los voluntarios. Una de sus hijas, a través de su organización sin fines de lucro, ayudó a financiar la extensión del contrato de alquiler del almacén.

Uno por uno, cada objeto recuperado era limpiado, secado y restaurado con el mayor cuidado posible. Después era fotografiado, catalogado y, si cabía, guardado en una bolsa Ziploc.

Dondi hacía un poco de todo. Pero de lo que más orgullosa se sentía era del espacio seguro que había logrado crear: el almacén donde los voluntarios restauraban objetos y donde los sobrevivientes acudían a recoger las pertenencias recuperadas.

Quienes llegaban querían quedarse un rato. Se sentían cómodos compartiendo sus historias sobre la inundación. No querían irse. Algunos se marchaban sin encontrar nada. Otros salían con grandes cajas plásticas llenas de pertenencias que creían perdidas para siempre.

De una u otra forma, para una comunidad golpeada por una pérdida tan profunda, aquel lugar era, para Dondi, como una manta cálida.

Semanas después de la inundación, Elida revisaba las publicaciones de FOUND on the Guadalupe River cuando vio algo que le resultó familiar.

Con tantas formas de personalizar unos Crocs, reconoció casi de inmediato aquel zueco blanco de espuma, no por su forma ni por su color, sino por los dos dijes que aún conservaba: una galleta de animal rosada con chispas de azúcar y una galleta con chispas de chocolate.

Era el zapato de su hija de 10 años.

Elida coordinó recogerlo en privado, junto con otros objetos que había identificado en la página: la sudadera negra de su hijo, sus gafas y el chaleco salvavidas de su hija.

Mientras revisaba una bolsa de almacenamiento en el almacén, buscando cualquier otra pertenencia de su familia, el peso de todo aquello —en sus manos y en su mente— terminó por abrumarla.

“Había tantísimas cosas”, recordaría meses después. “Con solo revisar una o dos bolsas ya era muchísimo. Las habían lavado, doblado y guardado en bolsas Ziploc”.

Aunque todo estaba perfectamente organizado por tamaños, la experiencia seguía siendo abrumadora. Con cada objeto que encontraba, Elida sentía que el pecho se le cerraba un poco más.

“Sabía que algunos de los objetos que estaba tocando y moviendo pertenecían a personas que habían muerto, y que quizá nunca vendrían a reclamarlos, ni ellas ni sus familiares”.

Como sabe cualquiera que haya sufrido una pérdida, el duelo no es un proceso lineal.

Después de las fiestas de fin de año, algunos sobrevivientes dejaron pasar las citas que habían programado para recoger sus pertenencias. Dondi vio cómo el grupo de voluntarios que ayudaba a reunir los objetos con sus dueños comenzó a reducirse, mientras algunos regresaban a sus vidas. El trabajo que antes se hacía en el almacén se trasladó a otros lugares, entre ellos un granero en la propiedad de Dondi, en Boerne, y varias bodegas cercanas del tamaño de un garaje para dos automóviles.

El grupo de Facebook pasó a ser privado para ofrecer un espacio más íntimo. Pero, incluso cuando se acercaba el primer aniversario de la devastadora inundación, reunía a casi 57.000 miembros, tanto de la zona como de otros lugares, que seguían trabajando para devolver muchos de los cerca de 8.000 objetos encontrados.

La misión del grupo de reunir a las personas con sus pertenencias y, en algunos casos, ofrecerles una forma de encontrar algo de cierre, también trascendió el esfuerzo realizado en Facebook.

Los voluntarios de FOUND on the Guadalupe River, junto con otras personas que colaboraban fuera del grupo, lograron recuperar para Heart O’ the Hills muchos de sus objetos más preciados: las placas de las hermandades, los letreros de las cabañas, los colgantes de más de 70 años que usaban las Firelighters, The Cup y varias piezas de las molduras decorativas. Todo estuvo listo para la reapertura del campamento en el verano de 2026, en una nueva sede ubicada a unos 16 kilómetros al norte del lugar original, destruido por la inundación.

“Aunque parezca algo pequeño”, dijo la directora de programas, Bailey McEachern, al referirse a las molduras, “para muchos de nosotros fue muy importante recuperarlas”.

Aun así, seguían sin aparecer las piezas dedicadas a los valores del coraje y la confianza, quizá un reflejo de las cualidades que más fácilmente se pierden cuando ocurre un desastre y que más se necesitan para reconstruir.

Cuando se acercaba un nuevo 4 de julio, FOUND on the Guadalupe River todavía tenía alrededor de 1.800 objetos pendientes de ser devueltos a sus dueños, aproximadamente la mitad de ellos fotografías. Elida seguía sin encontrar la billetera ni el teléfono de su hijo, las consolas Nintendo de su hija ni, sorprendentemente, el remolque de viaje de la familia.

Le habría alegrado recuperar cualquiera de esos objetos, aunque solo fuera para conservarlos como recuerdo: pequeñas pruebas de que la esperanza también puede surgir de las cosas más cotidianas.

También sabía que desconocidos del grupo de Facebook y de distintos rincones del centro de Texas seguían buscando pertenencias de los sobrevivientes, seguían encontrándolas, restaurándolas y trabajando para devolverlas a sus dueños.

Y así, Elida conservaba la tranquilidad y la esperanza de que, algún día, pudiera recuperar el resto de lo que la inundación le arrebató.

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