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Estos niños perdieron todo en el terremoto en Venezuela. Los refugios dan solución temporal, pero el desafío será el futuro

Por Osmary Hernández y Rocío Muñoz-Ledo, CNN en Español

Damián Trujillo tiene 13 años y, desde que llegó al refugio donde ahora vive con su tía, casi no habla del terremoto. Prefiere jugar fútbol.

Pasa buena parte del día en una cancha improvisada junto a otros niños que, como él, también perdieron sus hogares después de los fuertes terremotos que hace dos semanas sacudieron el norte de Venezuela.

Su tía, Mercedes Osul, cuenta a CNN que desde que perdió a su madre, Damián evita hablar de lo ocurrido. “Mi sobrino no ha querido conversar sobre eso. Él lo que hace es puro jugar, jugar”, dice.

Damián perdió a su madre cuando el edificio donde vivían en Caraballeda, en el estado costero de La Guaira, se derrumbó durante el doble terremoto. Ahora vive con su tía Mercedes, que asumió el cuidado de él y de su hermana María, además de sus dos hijas propias.

La historia de Damián es una de las miles que se repiten en los refugios temporales habilitados tras la emergencia que ha dejado a una enrome cantidad de familias desplazadas. Mientras los adultos buscan cómo reconstruir sus vidas, los niños enfrentan otro desafío: aprender a convivir con el miedo, el duelo y la incertidumbre sin dejar de ser niños.

Mientras Damián prefiere pasar las tardes jugando fútbol, su hermana María, de 10 años, revive una y otra vez el momento en que perdió a su madre. “Mi mamá sí estaba ahí, tía”, le repite constantemente a Mercedes. Desde entonces, dice su tía, la niña está más ansiosa, se sobresalta con cualquier ruido y busca refugio en los dulces.

Los especialistas explican que no existe una única manera de afrontar una experiencia traumática.

“Los niños, niñas y adolescentes son los primeros y más afectados, puesto que se exponen a vulnerabilidades y privaciones tanto sociales, psicológicas como físicas”, explica a CNN Manuel Rodríguez Pumarol, representante de UNICEF en Venezuela.

Por eso, en varios de los refugios funcionan los llamados Espacios Amigables para la Infancia, donde psicólogos y trabajadores sociales acompañan a los menores a través de actividades recreativas y grupales. El objetivo, explica Rodríguez Pumarol, no es que hablen inmediatamente sobre lo ocurrido, sino ofrecerles un entorno seguro para comenzar a procesarlo.

“A través del juego y de dinámicas grupales, los niños pueden comenzar a expresarse, comenzar a sacar el estrés y trauma que ha provocado esta catástrofe y comenzar también a tener esa sensación de seguridad que han perdido”, señala.

Ese acompañamiento también alcanza a los adultos que están a cargo de ellos. Cuando Mercedes contó que Damián evitaba hablar de la muerte de su madre y prefería pasar el día jugando fútbol, la psicóloga del refugio le recomendó no obligarlo a hablar. “Me dijeron que lo dejara drenar, que esa es una forma de drenar”, recuerda.

Un desastre de esta magnitud suele alterar la vida cotidiana de miles de niños. Algunos dejaron sus casas, otros perdieron familiares y muchos tuvieron que adaptarse a un nuevo entorno lejos de la rutina que conocían.

En los refugios temporales, el reto no es solo garantizar que tengan un lugar donde dormir o recibir comida. También implica ayudarlos a recuperar espacios de seguridad, juego y aprendizaje mientras sus familias buscan una solución más estable.

Unicef estima que unas 650.000 personas podrían requerir asistencia tras los terremotos, entre ellas alrededor de 234.000 son niños y niñas. Según Rodríguez Pumarol, dentro de ese grupo hay menores que perdieron sus hogares o familiares, pero también están aquellos que, aunque no sufrieron daños directos en sus casas, quedaron afectados por la interrupción de servicios esenciales como agua potable, atención médica o vacunación.

“El terremoto les ha quitado mucho a esos niños y niñas y nuestro rol es garantizar que no les quite su futuro”, señala Rodríguez Pumarol.

Parte de ese futuro depende también de que puedan volver a la escuela. El representante de Unicef explica que algunos campamentos temporales funcionan en centros educativos y que se trabaja para que esos espacios puedan ser liberados antes del inicio del próximo año escolar.

Pero recuperar la rutina no significa que el miedo desaparezca de inmediato. Rodríguez Pumarol dice que muchos niños siguen enfrentando miedo y ansiedad después del terremoto. Algunas familias cuentan que sus hijos tienen dificultades para dormir o prefieren permanecer despiertos hasta la noche por miedo a que vuelva a temblar.

“Se quedan jugando hasta avanzadas horas de la noche por temor a que al dormir pueda ocurrir algo”, dice Rodríguez Pumarol.

Además del impacto emocional, los terremotos dejaron una de las situaciones más complejas para los sistemas de protección infantil: niños que quedaron separados de sus padres o que tuvieron que pasar al cuidado de otros familiares mientras se determina qué ocurrió con sus progenitores.

La abogada especialista en derecho familiar Jeslia Vergara explica que, ante la ausencia de los padres, la prioridad del sistema de protección venezolano es localizar a otros familiares que puedan hacerse cargo de los niños.

Antes de considerar cualquier otra medida, dice Vergara, las autoridades deben investigar si existen familiares cercanos —como abuelos, tíos o hermanos mayores— que puedan asumir temporalmente su cuidado. Si se confirma esa posibilidad, el Consejo de Protección puede establecer una medida de colocación familiar mientras se determina qué ocurrió con los padres.

“Si se demuestra fehacientemente que ambos padres están fallecidos y también que no existe familia de origen que pueda ocuparse del cuidado de estos niños, el Estado puede declararlos en adoptabilidad, es decir, los niños ya pueden formar parte de un programa de familia sustituta”, explica Vergara.

La abogada advierte que incluso en una emergencia estos procesos no pueden saltarse etapas. Las familias que aspiran a apadrinar a un niño deben pasar por evaluaciones para determinar su idoneidad y garantizar que puedan ofrecer un entorno seguro.

“La institucionalización o la adopción es el último recurso disponible en Venezuela”, afirma.

Vergara insiste en que los niños que atraviesan una tragedia no deben ser vistos como una oportunidad para llenar vacíos de otras personas, sino como menores que tienen una historia, una identidad y un vínculo familiar que debe protegerse.

“No podemos borrar la historia de un niño o niña adolescente y suplirla por otra”, añade.

En medio de la emergencia, el Instituto Autónomo Consejo Nacional de Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes (IDENNA) rechazó versiones difundidas en redes sociales sobre supuestas entregas de menores a desconocidos y aseguró que cualquier proceso de reunificación familiar debe realizarse después de verificar la identidad y el vínculo con sus familiares.

Para Mercedes, el refugio ha significado una ayuda en medio de una pérdida que todavía intenta procesar. Allí sus sobrinos han recibido comida, espacios para jugar y acompañamiento psicológico.

“Les dan recreación, los llevan con psicólogos. A mi hija le encanta dibujar. A Damián le fascina el fútbol”, dice sobre sus días en el refugio. Pero después de perder a su hermana y quedar a cargo de cuatro niños, su principal necesidad sigue siendo recuperar una casa para todos.

“Una casa. Ya lo demás llega por añadidura”, dice. Mientras tanto, Damián sigue jugando fútbol con otros niños del refugio.

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