Cómo la captura de Maduro por parte de Trump se remonta al porche de la infancia de Marco Rubio
Por Steve Contorno, CNN
De niño, Marco Rubio se sentaba a los pies de su abuelo en el porche de la casa, mientras el humo del cigarrillo se elevaba y brotaban historias: relatos de héroes cubanos como José Martí y de los guerrilleros que combatieron el dominio español, así como de la vida bajo el régimen comunista que su familia dejó atrás. Incluso entonces, Rubio se imaginaba como parte de la lucha inconclusa de Cuba.
“Alardeaba de que algún día lideraría un ejército de exiliados para derrocar a Fidel Castro y convertirme en presidente de una Cuba libre”, recordó Rubio en sus memorias de 2012, “An American Son”.
Medio siglo después, aquella fanfarronería infantil parece sorprendentemente profética. Rubio, hoy secretario de Estado y asesor de Seguridad Nacional del presidente de EE.UU., Donald Trump, desempeñó un papel central en la configuración de la impactante captura militar por parte de Estados Unidos de otro líder latinoamericano: el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, un aliado cercano de Cuba desde hace años. En las consecuencias posteriores, Trump afirmó que Rubio ayudaría a “administrar” Venezuela durante la convulsión resultante.
El desenlace no ocurrió exactamente como Rubio, hoy de 54 años, lo imaginó cuando era niño, pero lleva la impronta de la política que marcó su crianza. Hijo de inmigrantes cubanos, Rubio creció en Miami inmerso en la comunidad del exilio, y ascendió políticamente en una cultura donde los recuerdos de la isla y un profundo temor al socialismo seguían siendo fuerzas poderosas.
Ahora, mientras Rubio emerge como el rostro público de una audaz nueva era de la política exterior estadounidense —una que ha sacudido a aliados, debilitado las facultades bélicas del Congreso y sumido al hemisferio occidental en la incertidumbre—, amigos y aliados de larga data dicen ver el resultado de esas fuerzas formativas.
“Marco ha llevado a la Casa Blanca no solo el conocimiento y la historia, sino cómo se siente la gente cuando tiene que huir de todo lo que tiene”, dijo a CNN Tomás Regalado, pionero locutor cubanoestadounidense y exalcalde de Miami. “Él es lo que toda madre cubana quiere que sean sus hijos: amar Miami, agradecer a Estados Unidos, pero sin olvidar nunca a Cuba”.
Junto con esa fe en Rubio surge la esperanza, quizá la expectativa, de que pronto pueda supervisar también la caída del régimen en Cuba.
“No se equivoquen”, dijo Steve Bovo, exalcalde de Hialeah, Florida, y amigo cercano. “Una Caracas libre debería conducir a una Habana libre”.
Durante décadas, los inmigrantes cubanos de Miami han ejercido una influencia desproporcionada en la política estadounidense, en gran medida por su peso en Florida, un estado codiciado en las contiendas electorales hasta hace poco. Episodios que sacudieron a la comunidad —desde la llegada masiva de cubanos a Florida, en 1980, conocida como el éxodo del Mariel, hasta el derribo por parte de la Fuerza Aérea de Fidel Castro de dos aviones civiles, en 1996; desde la batalla por la custodia de Elián González, en 1999, hasta la histórica visita del presidente Barack Obama a La Habana, en 2016— han amenazado repetidamente con reconfigurar la política electoral.
En tiendas y restaurantes de toda la Pequeña Habana, fotografías recuerdan décadas de ambiciosos políticos bebiendo cafecito y vistiendo guayaberas durante sus peregrinaciones al vibrante barrio cubano. Cuando llegan, sin importar su partido, se espera que compartan su visión de una Cuba poscomunista.
La política del exilio es ineludible en el sur de Florida, sin importar el cargo que esté en juego, dijo el exrepresentante Carlos Curbelo, republicano de Miami.
“La gente primero quiere saber que eres uno de los suyos, y luego quiere oír qué estás haciendo con todo lo demás”, dijo. “No podías ser simpatizante de Castro y esperar obtener votos, incluso si te postulabas para tasador de propiedades. Por eso, esto está tan arraigado en el ADN de Rubio”.
“Cuando piensas en los cubanoestadounidenses de la generación X, toda nuestra vida ha estado eclipsada por la lucha por la libertad, la justicia y la democracia en países como Cuba y Venezuela”, añadió Curbelo. “Crecimos en contacto directo con personas que sufrieron estos hechos trágicos. Pero somos plenamente estadounidenses. Es una combinación muy potente”.
Rubio absorbió esa realidad a través de su abuelo materno, “mi mentor y mi amigo más cercano de la infancia”, escribió. Su abuelo detestaba al presidente John F. Kennedy por el fiasco de bahía de Cochinos y veneraba al presidente Ronald Reagan por su férreo anticomunismo. Creía, escribió Rubio, que sin un Estados Unidos fuerte “el mundo sucumbiría a la oscuridad, y un país fuerte requería un líder fuerte”.
Esos sentimientos, ampliamente compartidos entre los exiliados cubanos, han dado a los republicanos una ventaja en Florida y se convirtieron en “influencias definitorias para mí en lo político”, dijo Rubio.
En sus veintitantos, Rubio se sumergió en esa política. Fue pasante en las oficinas de las representantes Ileana Ros-Lehtinen y Lincoln Díaz-Balart, figuras cubanas emblemáticas en el Capitolio. En 1996, con 25 años, se desempeñó como coordinador del sur de Florida para la campaña presidencial de Bob Dole.
Dos años después, recién graduado de la facultad de Derecho y recién casado, Rubio desafió a un titular por un escaño en la comisión de West Miami. Armado con un español fluido y una apariencia juvenil, recorrió vecindarios donde las conversaciones sobre asuntos locales derivaban invariablemente hacia el pasado y el futuro de Cuba.
Durante esa campaña, escribió luego Rubio, descubrió quién era.
“Yo era el heredero de dos generaciones de sueños incumplidos”, escribió. “Yo era el final de su historia”.
Sin embargo, esa historia ha cambiado con el paso de los años.
Rubio suele describirse como el “hijo de exiliados” nacido en Miami, una distinción que implica que sus padres llegaron a Estados Unidos después de que Fidel Castro tomara el poder, en 1959. Lo ha sugerido en repetidas ocasiones, incluso en su biografía oficial en el Senado de EE.UU.
Pero en 2011, varios medios revelaron registros oficiales que muestran que sus padres llegaron por primera vez a Estados Unidos más de dos años antes de la revolución encabezada por Castro, entre otras inconsistencias en la cronología familiar.
Rubio reconoció los errores, atribuyéndolos a la “historia oral” de su familia, pero sostuvo que sus padres se identificaban como exiliados porque habrían regresado a Cuba de no haber sido por el régimen de Castro.
“Eran de Cuba. Querían volver a vivir en Cuba”, dijo Rubio en ese momento a The Washington Post. “Intentaron volver a vivir en Cuba, pero la realidad lo hizo imposible”.
Rubio ganó su contienda para comisionado de West Miami en noviembre de 1998. Un mes después, Venezuela eligió a un nuevo presidente: el populista de izquierda Hugo Chávez.
El ascenso de Chávez alarmó a los exiliados cubanos en Miami, muchos de los cuales insisten hasta hoy en que advirtieron a los venezolanos que las fuerzas políticas que se apoderaron de Cuba podían arraigarse también allí.
“Los venezolanos decían: ‘Eso no nos puede pasar, tenemos petróleo, no somos Cuba, no somos una isla’”, dijo Alina García, supervisora de elecciones del condado de Miami-Dade. “Pero pasó”.
Entre 2000 y 2010, mientras Rubio ascendía en la legislatura de Florida hasta convertirse en el primer presidente de la Cámara estatal de origen cubano, unas 70.000 personas huyeron del Gobierno de Chávez y se reasentaron en Estados Unidos. Muchas llegaron al sur de Florida y se sumaron a los exiliados cubanos en la exigencia de una línea dura contra el socialismo en América Latina.
“Nunca ha habido una separación en la solidaridad entre el llamado a la libertad para Cuba y el llamado a la libertad en Venezuela y Nicaragua también”, dijo Ana Carbonell, asesora veterana del Partido Republicano en temas hispanos. “Y eso es algo muy especial del sur de Florida”.
García, quien fue la primera asistente legislativa de Rubio, dijo que estos recién llegados no dominaron de inmediato las conversaciones en Tallahassee. La cobertura del paso de Rubio por allí rara vez menciona al país, ni Venezuela aparece en su primer libro.
“Siempre fue curioso sobre la historia de América Latina y a menudo preguntaba por mi padre, que fue veterano de bahía de Cochinos”, dijo Bovo, cuya esposa, Viviana, es asesora de Rubio desde hace años. “Pero no siempre había un espacio para eso hasta que llegó al Senado. Ahí fue cuando mostró de qué estaba hecho”.
Los votantes de Florida eligieron a Rubio para el Senado en 2010, y él se volvió cada vez más vocal sobre Venezuela. En 2014, copatrocinó una legislación de sanciones y pronunció una dura crítica en el pleno del Senado contra el sucesor de Chávez, Nicolás Maduro, en medio de represiones violentas contra manifestantes.
“Cada día se parecen más a Cuba, económica y políticamente”, dijo Rubio en su discurso.
Rubio compitió por la candidatura republicana a la presidencia en 2016, argumentando que Trump no estaba preparado para el escenario mundial. Pero tras quedarse corto —rematado por un doloroso segundo lugar en Florida, donde no logró consolidar el voto cubano—, Rubio regresó al Senado con un enfoque renovado en Sudamérica.
A menudo destacó como una voz singular que instaba a Estados Unidos a enfrentar a los regímenes socialistas en su propio vecindario. En ocasiones, publicaba actualizaciones casi horarias sobre la crisis humanitaria de Venezuela en redes sociales. Visitó la frontera del país para presionar a Maduro a permitir que la ayuda estadounidense llegara a sus ciudadanos.
Su activismo lo convirtió en una figura reconocible en toda América Latina y en el principal interlocutor de Trump para el hemisferio occidental. Junto a Rubio en Perú, durante la Cumbre de las Américas de 2018, Curbelo quedó sorprendido por las multitudes que se formaban a su alrededor. Todos querían escuchar a Rubio.
“Perder es muy saludable para la mayoría de las personas”, dijo Curbelo. “Cuando perdió la candidatura en 2016, pasó de ser un gran político a ser un gran estadista”.
La campaña de Rubio para desalojar a Maduro, sin embargo, se estancó durante el primer mandato de Trump. Aunque el Gobierno —a instancias de Rubio— se sumó a sus aliados para reconocer al líder opositor Juan Guaidó como presidente legítimo de Venezuela, el impulso internacional se diluyó y Maduro se mantuvo en el poder. Cuando Trump perdió la reelección, la influencia de Rubio menguó.
Mientras tanto, el colapso de Venezuela aceleró la emigración del país. Casi 8 millones de personas han huido desde 2014, según Naciones Unidas. Más de 750.000 llegaron a Estados Unidos, y casi la mitad se asentó en el estado natal de Rubio.
Durante su mandato, el presidente Joe Biden otorgó a la gran mayoría de los venezolanos refugiados el estatus de protección temporal, que les permitía permanecer en Estados Unidos, una medida que Rubio respaldó abiertamente. Trump puso fin a esas protecciones el año pasado y su Gobierno dejó claro esta semana que aún enfrentan deportación tras la caída de Maduro.
“La secretaria Noem puso fin al estatus de protección temporal para más de 500.000 venezolanos”, dijo el Departamento en un posteo en X, “y ahora pueden volver a casa, a un país que aman”.
El Departamento de Estado no respondió a la solicitud de comentarios de CNN para esta historia, incluida la pregunta de si Rubio considera que es seguro que los venezolanos que viven en Estados Unidos regresen a su país.
Rubio no es, por naturaleza, un hombre paciente. De niño, se quejaba durante las visitas familiares a IHOP cuando su comida no llegaba con rapidez.
“Sigo luchando con la impaciencia hasta el día de hoy”, escribió Rubio en su libro, “y cuando muestro esa debilidad en un restaurante o en algún otro lugar público, mi esposa me recuerda que me estoy comportando como aquel niño de seis años en IHOP”.
Sin embargo, en Venezuela, Rubio ha jugado una partida a largo plazo. Sobrevivió políticamente a otros halcones de América Latina que quedaron fuera de la órbita de Trump cuando dejó el cargo en 2021. Rubio respaldó a Trump durante las primarias republicanas para la presidencia en 2024 y mantuvo vínculos estrechos con su círculo más cercano, incluida la jefa de campaña y también floridana Susie Wiles. La apuesta dio resultado cuando Trump ganó, nombró a Wiles secretaria general de la Casa Blanca y designó a Rubio al frente del Departamento de Estado.
Rubio encontró nuevos aliados en su impulso por un cambio de régimen en Venezuela, entre ellos el asesor principal de la Casa Blanca, Steven Miller, informó recientemente CNN. También recalibró su mensaje.
“Reconoció que el argumento ganador ya no era hablar de construcción de naciones, de derrocar a un dictador y traer la democracia, sino ir tras los narcotraficantes y frenar la influencia de Rusia y China”, dijo a CNN un operador republicano cercano a Rubio. “No cambió sus objetivos, pero sí reformuló su argumento”.
En el sur de Florida, muchos cubanos se han sentido envalentonados por la salida de Maduro y por la influencia de Rubio en el súbito viraje de la política exterior estadounidense.
“Si hablas con cualquier cubano, te dirá que Cuba vendrá pronto y que será la siguiente”, dijo García.
Trump no ha desalentado esas especulaciones y ha dicho a reporteros que Cuba podría “caer por sí sola” pronto. Rubio ha sido menos cauto sobre el destino de la tierra de sus ancestros.
“Si yo viviera en La Habana y estuviera en el Gobierno”, dijo Rubio el domingo, “estaría preocupado”.
The-CNN-Wire
™ & © 2026 Cable News Network, Inc., a Warner Bros. Discovery Company. All rights reserved.
