Venezuela se encontró con su reflejo más amable en su selección del Clásico Mundial de Béisbol
Por Pablo Antonio García Escorihuela, CNN en Español
Para un país donde el béisbol es religión, pasión, donde se habla en clave y códigos de pelota, los refranes, los modismos: todo gira alrededor del juego del diamante, llegar a la final del Clásico Mundial de Béisbol termina siendo su final de la Copa Mundial de fútbol. Es por esto que cada rugido del LoanDepot Park en Miami, con cada batazo o cada ponche venezolano, tiene tanto guardado.
Venezuela celebra una clasificación a la final del Clásico Mundial por primera vez en su historia, con un equipo hecho, más o menos, a la medida de lo que ha atravesado el venezolano común, tanto dentro como fuera del país, en los últimos años.
El equipo de Omar López venció a Japón en cuartos de final y a Italia en semifinales viniendo de atrás, mostrando resiliencia e inteligencia ante la adversidad, como los migrantes que cargaron con el peso de dejar atrás sus vidas para empezar de cero y remontar la cuesta.
Ha encontrado en la que era una aparente debilidad —su pitcheo de relevo— su gran fortaleza, como pasa con cada venezolano que tuvo que reinventarse dentro y fuera de Venezuela para sortear los avatares de una crisis humanitaria que azotó al país entre 2017 y 2019, para luego atravesar la pandemia y tener que reajustarse para vivir en la cambiante realidad del mundo post covid-19.
Los bates de Luis Arráez, Ronald Acuña, Maikel García, Eugenio Suárez y compañía han descargado su fuerza con la misma fiereza con la que hoy los venezolanos bailan, a pesar de la crisis y las vicisitudes.
El LoanDepot Park se convirtió por unos días en una sucursal de un estadio de pelota venezolano más, donde, además, han cabido todos: jóvenes que probablemente no se acuerdan de Venezuela y lo que era, adultos mayores que miran con nostalgia lo que fue, y todo un conglomerado de gente que baila por los pasillos, felices, olvidándose de la crisis que viven dentro y fuera del país que los vio nacer, o de la propia que atraviesan en Estados Unidos, país que los acogió y luego los persiguió intensamente en el último tiempo.
La gente se identifica con los tambores de la selección antes de cada partido, porque es una demostración de su alegría, pero también con la cara más creyente, esa que expone Robinson Chirinos, el coach de banca de Omar López, cuando reza antes de cada partido con sus jugadores, que se aferran a la idea de creer que algo bueno viene de la mano de Dios; como tantos lo hacen cada día en Venezuela o fuera de ella cuando salen a trabajar.
“Presión es venir de un pueblito pequeño como venimos nosotros, y tratar de salir adelante. No jugar pelota”, dijo Maikel García, uno de los principales bastiones del equipo venezolano en la rueda de prensa posterior al duelo ante Italia, idea con la que coincide el manáger de la novena, Omar López. “Solo hacemos esto para darle una alegría al país. Por dos o tres días, por el tiempo que sea. Solo quiero brindarle un ratito de felicidad a tanta gente”, dijo el dirigente.
Probablemente, para los latinos, las alegrías deportivas sean el paliativo a tanto hablar de crisis. Venezuela, que se había aferrado a su selección de fútbol en su enésimo intento fallido de llegar a un Mundial de fútbol para encontrar un poco de ese alivio, halló en su deporte tradicional, el bálsamo que necesitaba, con una selección de béisbol que se parece más a ella misma de lo que la gente cree.
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