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América es la única región del mundo en la que aumentan los suicidios. Estas son las causas que explican parte del fenómeno

Por Anabella González, CNN en Español

Alberto Fernández Mateos tenía 29 años en 1991, el año en que su madre se quitó la vida. La había escuchado hablar abiertamente de sus pensamientos suicidas delante de él y de sus hermanos. Pero en su mente, la idea de que lo llevase a cabo no parecía realista. No hasta que finalmente lo hizo.

Desde entonces ha atravesado décadas de duelo y de formación como voluntario en varias organizaciones, hasta crear una fundación de grupos de ayuda mutua para hablar sobre suicidio, una problemática de preocupación creciente en la región de las Américas en las últimas décadas.

Desde el año 2000, la región es la única del mundo en la que la tasa de mortalidad por suicidio sigue en alza y ha aumentado más de un 17 % en 20 años, según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

¿Qué motivos explican que, a diferencia del resto del mundo, América sea la única región del planeta donde la tasa de mortalidad por suicidio no ha dejado de crecer?

Una combinación de factores —tanto sociales como económicos y de salud— se asocian a la tasa de mortalidad de suicidio que crece en América: consumo de alcohol, desigualdades educativas, desempleo, violencia, densidad poblacional e inversión en salud son los factores centrales, explican fuentes de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) a CNN.

Entre 2000 y 2021, la tasa de mortalidad por suicidio en la región aumentó de 7,8 a 9,2 muertes por cada 100.000 habitantes; y el número de muertes por esta causa pasó de 63.097 (en el año 2000) a 100.760 (en 2021). Para ese aumento no hay una explicación única, ni ocurrió de forma lineal en todos los países de la región. Mientras que algunos han visto aumentos, otros han logrado reducir sus tasas y algunos la han mantenido estable.

Sin embargo, la tendencia en alza en la región ilumina ciertos aspectos que se repiten: la brecha en el acceso a servicios de salud mental —se estima que entre el 70 % y el 80 % de las personas que los necesitan no recibe atención oportuna—, dice la OPS; y agrega otro punto clave, que es el aumento sostenido de la mortalidad por suicidio entre adolescentes y jóvenes adultos. A esto se suma el impacto aún en evaluación de la pandemia de covid-19 y la limitada restricción de acceso a medios letales.

Habitualmente rodeado de estigmas, silencios y mitos, hablar de suicidio sigue siendo complejo. Pero autoridades como la OMS y especialistas señalan a CNN que estas conversaciones sobre salud mental y pensamientos suicidas, lejos de instigar esas conductas, son una forma posible de prevención.

“Lo que no se dice y se esconde no se puede controlar. Cuando uno tiene este tipo de pensamientos, es mejor ponerlos sobre la mesa”, dice Fernández Mateos, fundador de “Hablemos de Suicidio”, una organización argentina sin fines de lucro que desde 2022 apoya a personas con pensamientos suicidas y a familiares de víctimas de suicidio.

Con base en datos disponibles hasta 2021, Guyana, Surinam y Uruguay figuraban como los tres países de América Latina y el Caribe con mayor tasa de muertes por suicidio estandarizadas por edad, según el último registro de la OPS. Estos países superan la tasa de 20 muertes cada 100.000 habitantes. En el cuarto lugar los sigue Estados Unidos, con 13,4.

“Los aspectos influyentes en que América Latina y el Caribe tengan tendencias al aumento en las tasas de suicidio son resultado del desvío de los focos de atención a la salud y calidad de vida las personas, que han ido en detrimento de la salud en general”, dice a CNN Susana Quagliata, magíster en psicología clínica, especializada en la prevención del suicidio y docente de la Universidad de la República del Uruguay.

Para el período comprendido entre 2014 y 2024, en Uruguay hubo un incremento en la tasa de suicidios, que creció del 17,4 % al 21,35 %, de acuerdo con las Estadísticas Vitales del Ministerio de Salud Pública del país.

Quagliata enumera que las políticas públicas y sanitarias deficientes; la violencia social; la desprotección de la mujer y desamparo de niños, niñas y adolescentes; y también la falta de oportunidades “para salir de la determinación de los contextos” sociales y económicos son algunas de las circunstancias que inciden en el aumento de casos.

Además de la diversidad de factores que inciden en que los suicidios sigan en aumento en América, la OPS apunta que, en la región, muchas de las estrategias nacionales de prevención “fueron implementadas recientemente” —la mayoría desde 2018—, por lo que en numerosos países aún no es posible “evaluar plenamente” su impacto sobre la mortalidad.

“No estamos llegando a tiempo”, dice Quagliata. Es ahí donde las estrategias de prevención, apalancadas en el diálogo y la escucha del otro, pueden tomar un rol central.

Si no existe información responsable a la ciudadanía, campañas de sensibilización con atención a la demanda social, “el suicidio continuará en aumento por acumulado generacional de sufrimiento, duelos patológicos y enfermedades mentales”, señala la especialista.

La preocupación por el aumento de la tasa de suicidios en las Américas tiene un foco particular y urgente por el que alerta la OPS: niños, adolescentes y adultos jóvenes.

Los datos reflejan un aumento sostenido de la mortalidad en este grupo, de entre 10 y 24 años, en el que el suicidio ha aumentado en un 38 % en 21 años (entre 2000 y 2021), según un estudio publicado en The Lancet Regional Health–Americas basado en datos de las Estimaciones Mundiales de Salud de la OMS.

El suicidio se ubica como la tercera causa de muerte entre esas edades en la región de América, y si bien tres de cada cuatro muertes fueron de varones, el incremento ha sido más rápido entre las mujeres, según el reporte.

Aunque muchos de los factores de riesgo históricamente vinculados al suicidio en niños, adolescentes y jóvenes permanecen constantes, el contexto en el que viven ha cambiado de manera acelerada en los últimos años y eso puede aumentar la vulnerabilidad de las personas, en particular de los más jóvenes.

“En las últimas dos décadas ha surgido evidencia sobre el posible papel de factores relacionados con el entorno digital, como el uso intensivo de redes sociales, el ciberacoso y la exposición a contenidos potencialmente dañinos en línea”, explica la OPS.

Los problemas de salud mental —con trastornos de depresión y ansiedad que aparecen cada vez a edades más tempranas— el consumo de sustancias, la presión social y el fácil acceso a medios letales en algunos países también son parte del aumento del fenómeno, que es multifactorial.

Al cambio en las últimas décadas impulsado por la sobreexposición a entornos digitales, en 2020 se sumó un contexto mundial que trajo riesgo de vida, incertidumbre, distancia en los lazos sociales y efectos que todavía no terminan de dilucidarse.

“Numerosos especialistas adjudican el aumento de la tasa de suicidios posterior a la pandemia de covid-19, sobre todo en adolescentes y jóvenes, a las consecuencias que trajo aparejada la emergencia sanitaria”, dice a CNN Martina Fernández Raone, psicóloga e investigadora de la Comisión de Investigaciones Científicas de la Provincia de Buenos Aires.

Fernández Raone centra su trabajo desde hace años en el área de salud mental en la adolescencia, en particular en la provincia de Buenos Aires, y ha encabezado proyectos de investigación vinculados al suicidio adolescente en Argentina.

En 2025, los suicidios en Argentina aumentaron un 22,6 % con respecto al año anterior, de acuerdo con los datos que dio a conocer el Ministerio de Seguridad Nacional. Con base en la información oficial, desde el año 2023 los suicidios son la principal causa de muerte violenta en el país, superando a las muertes por accidentes de tránsito.

La población infantojuvenil, apunta la especialista, es uno de los grupos etarios que pueden verse “especialmente condicionados” por las situaciones sociohistóricas y por su íntima vinculación con el ámbito familiar, social y educativo.

El contexto de aislamiento por la pandemia, con la desvinculación de los espacios escolares, la alteración de los lazos sociales y la sobreexposición a las pantallas; sumado a la angustia y el duelo por la muerte de personas cercanas y una perspectiva de futuro incierto, derivaron (en muchos casos) en respuestas problemáticas, plantea Fernández Raone.

Estas respuestas, dice, van desde consumos problemáticos y autolesiones hasta los intentos de suicidio, entre muchas otras.

“A pesar de que el contexto pandémico se limitó a determinado período, los efectos subjetivos pudieron persistir, lo que ha llevado a algunos expertos a adjudicar a la pandemia un estatuto traumático”, con implicancias que perduran en el tiempo y que actualmente son objeto de investigación, agrega la especialista en salud mental adolescente.

Frente a todos estos aspectos, los profesionales y las organizaciones insisten en que la comunicación es clave. “Hay que recordar a los profesores o cuidadores que hablar del suicidio con los jóvenes no va a aumentar el riesgo de suicidio, sino que hará que los jóvenes se sientan más capaces de acudir a ellos en busca de apoyo cuando lo necesiten”, dice “Vivir la vida”, la guía de aplicación de la OPS para prevención del suicidio.

En Guyana, los programas de prevención del suicidio en jóvenes y adolescentes hacen hincapié en la importancia de dejar atrás el silencio y pedir ayuda. La diversidad cultural del país, en muchos casos, genera obstáculos para hablar de estos temas: en algunas comunidades, este tipo de problemas en ocasiones son minimizados o mal vistos.

“Muchos de nuestros estudiantes provienen de comunidades del interior de Guyana, donde la salud mental se malinterpreta y las personas terminan sufriendo en silencio”, plantea la doctora Esther Ward, profesora del Cyril Potter College of Education (CPCE) de Guyana, que capacitó a miles de docentes para dictar módulos de salud mental en las escuelas con el apoyo de UNICEF.

En Estados Unidos, entre julio de 2022 y diciembre de 2024 hubo una disminución de 4.400 muertes por suicidio entre adolescentes y adultos jóvenes, cuando se implementó la línea 988, de ayuda en casos de crisis de salud mental, de acuerdo con un estudio publicado en la revista médica JAMA.

Más de 35 años han pasado desde que Alberto Fernández Mateos perdió a su madre por el suicidio.

Al principio, dice, intentó seguir adelante por su familia. Después aparecieron los sentimientos de culpa, la depresión y los pensamientos suicidas. “Me chocó mucho. Y este proceso de duelo me llevó casi 20 años”, cuenta a CNN.

En ese proceso, durante la década del 1990, además de la terapia psicológica y la atención psiquiátrica fue a un taller en un hospital público de la Ciudad de Buenos Aires, una iniciativa que por entonces se llamaba “¿Qué sabemos del suicidio?”.

Para él hubo algo en ese encuentro con otros para hablar de suicidio que lo ayudó a seguir con vida, a contramano de la idea por ese entonces de que hablar del tema lo promovía. Él sentía alivio cuando hablaba con otros que habían pasado por situaciones similares: haber perdido a un familiar por el suicidio o haber tenido ideas suicidas.

“Yo había tenido las dos cosas. Y lo que me di cuenta en ese grupo, por primera vez, es que no estaba solo, que había muchísima gente que pasaba por lo mismo”, dice.

Años después, quiso ayudar a otros y se sumó como voluntario en la línea de prevención del Centro de Asistencia al Suicida, que da atención para estos casos en situaciones de crisis. Durante nueve años fue voluntario e instructor de la línea 135, y trabajó escuchando esas historias una y otra vez.

Desde 2022 funcionan en su fundación cinco grupos de frecuencia semanal. A las reuniones asisten entre 15 y 20 personas, y los encuentros están coordinados por voluntarios rotativos, con una dinámica que —basada en el modelo de Alcohólicos Anónimos— consiste en que cada uno pueda intervenir y compartir lo que siente.

En ese espacio de ayuda mutua, alguien que perdió un ser querido a causa del suicidio puede escuchar a una persona con pensamientos suicidas, y viceversa. El intercambio en estos casos, dice Fernández Mateos, es enriquecedor para todos: cada uno puede ver el problema desde un ángulo diferente, compartir un dolor, quizás entender qué siente el otro.

“Es muy difícil encontrar espacios donde uno pueda ser uno mismo y contar lo que siente, y el grupo funciona para eso”, dice.

Pasaron más de tres décadas y hoy, a sus 65 años, este ingeniero químico que se jubilará a finales de año afirma que las personas que han tenido pensamientos suicidas pueden integrarse a la comunidad y vivir vidas plenas. Él es un ejemplo de eso.

Cómo pedir ayuda ante pensamientos suicidas y riesgo de suicidio

Si usted o algún familiar o allegado suyo está atravesando una crisis emocional de cualquier tipo, siente que nada tiene sentido o se encuentra atrapado en una situación a la que no le encuentra salida, puede comunicarse a estas líneas de atención:

En Estados Unidos, puede comunicarse al con la Línea Nacional de Prevención del Suicidio y Crisis, que brinda asistencia gratuita y confidencial las 24 horas del día, los siete días de la semana, para personas en crisis suicidas o angustiadas, o visitar su sitio web, https://988lifeline.org/es/inicio/.

Mira aquí las líneas de atención y prevención del suicidio en América Latina y otros países.

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