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Se exhibirá el diamante Grand Condé, que además de su rara belleza cuenta con la cautivadora historia de un robo

Por Leah Dolan, CNN

Suzanne Schiltz tenía hambre. Limpiar es una labor agotadora, especialmente para una camarera de piso de un hotel en París, una de las ciudades más visitadas del mundo, incluso en 1926. Así que cuando vio una manzana en la maleta de dos jóvenes un día de diciembre mientras ordenaba su habitación, la tomó. Tras darle un mordisco, los dientes de Schiltz chocaron con algo tan duro que casi se le rompieron: el diamante Grand Condé. Era una de las piedras preciosas más raras de Francia. Y también estaba desaparecida.

Dos meses antes, un par de ladrones aficionados habían robado el histórico castillo de Chantilly, ubicado a 50 kilómetros al norte de París. Apenas contaban con un par de escaleras altas, pero la magnitud del robo —más de 75 piezas de joyería alojadas en el museo del castillo, valoradas entonces en US$ 3 millones— llevó a la policía a creer que los responsables eran expertos acróbatas y autores intelectuales, o al menos empleados del museo que los habían traicionado.

En realidad, Leon Kauffer y Emile Souter eran aviadores franceses desmovilizados de poco más de 20 años y la situación les quedaba grande. Pese a haber logrado llevarse las joyas, no consiguieron venderlas. Antes de su arresto, Kauffer y Souter solo habían logrado obtener 30.000 francos —unos US$ 1.200 de la época— por el botín robado. Su mayor error fue sustraer el Grand Condé, un diamante rosa de 9,01 quilates tan famoso que ningún joyero se atrevía a tocarlo por temor a quedar implicado. “Todos los agentes de policía de Europa lo estaban buscando”, contó Mathieu Deldicque, curador jefe de patrimonio y director del Museo Condé, durante una llamada telefónica.

Este octubre, el diamante rosa natural será exhibido en el castillo de Chantilly para conmemorar el centenario del robo. También será la primera vez en un siglo que la pieza se muestre en una gran exposición abierta al público, indicó Deldicque.

La joya está en posesión de la familia Condé desde 1740. Aunque su país de origen exacto sigue siendo un misterio —con posibles regiones que abarcan desde India y Borneo hasta Brasil—, documentos de archivo muestran que llegó a Francia, donde su primer propietario fue Luis Enrique de Borbón, príncipe de Condé y primer ministro entre 1723 y 1726.

La piedra preciosa estaba originalmente engastada en una medalla de la Orden del Toisón de Oro —la orden de caballería más importante— y posteriormente fue retirada para montarla en un anillo. Una proclamación escrita del siglo XVIII ordenaba que cada hijo primogénito de la familia Condé heredara el diamante por turno. “Formaba parte del patrimonio simbólico de esta familia”, dijo Deldicque.

Aunque el curador se negó a asignarle un precio al diamante o a revelar el costo de asegurarlo, Deldicque sí destacó que “los diamantes rosas son los más raros y caros del mercado”. En 1983, una piedra preciosa de tamaño similar fue valorada entre US$ 500.000 y US$ 600.000, mientras que en 2010 un diamante rosa mucho más grande se vendió por US$ 46 millones. Sin embargo, ninguno posee la procedencia histórica del diamante Condé.

El robo sigue muy presente en la mente de Deldicque. Sí, han pasado 100 años. Pero también han transcurrido menos de 12 meses desde otro robo de gran repercusión: el asalto al Louvre en octubre de 2025, cuando varias joyas de la corona de valor incalculable fueron sustraídas del museo más famoso de París. Muchas aún no han sido recuperadas. “Robaron muchos diamantes históricos”, comentó sobre el robo del Louvre. “Expresamos toda nuestra solidaridad con nuestros colegas”. Ese incidente casi hizo que Deldicque cambiara de opinión sobre su propia exposición, que ya estaba planificada. “Durante muchas semanas dudé si posponer o cancelar la exposición”, aseguró.

Pero perseveraron y, en cambio, hicieron algo que probablemente protegió al diamante rosa de ser revendido la primera vez. Con el apoyo de L’École, Escuela de Artes Joyeras, el museo pudo convocar a gemólogos de Francia, Canadá y Suiza para realizar amplios estudios y análisis científicos sobre la composición química, la rareza, la pureza y la densidad de la gema. Esperan que este repositorio de información de acceso público, que detalla las características únicas de la joya, permita identificarla fácilmente y, por lo tanto, haga imposible su venta. Es como una especie de “documento de identidad”, dijo Deldicque. “No se puede hacer nada con ella porque es demasiado conocida”, afirmó.

Aunque exhibir públicamente una pieza tan excepcional sin duda supone un riesgo, Deldicque insiste en que es importante no dejarse disuadir por la posibilidad de un robo, en momentos en que este tipo de delitos parece ir en aumento. Hace menos de dos semanas, un collar de diamantes valorado en US$ 4 millones, que alguna vez perteneció a la realeza egipcia, fue sustraído durante un robo relámpago en Viena, Austria.

Más allá de la importancia histórica del diamante Condé, las piedras preciosas en sí mismas “son obras de arte y obras de la naturaleza”, afirmó. “Los diamantes son muy particulares. No se pueden apreciar mediante imágenes, videos, fotografías y demás. Su color, su luz y su presencia son realmente tan intensos que hay que verlos en persona”. Este diamante rosa en particular, afirma Deldicque, incluso “tiene un toque de naranja”.

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