Los líderes europeos soportan un nuevo nivel de vergüenza pública mientras Trump no deja de agraviarlos
Análisis Andrew Carey, CNN
“Sorprendentemente, nuestro ‘brillante’ aliado de la OTAN, el Reino Unido, está planeando actualmente regalar la isla de Diego García, lugar de una base militar estadounidense vital, a Mauricio, y hacerlo SIN NINGUNA RAZÓN EN ABSOLUTO”.
Bienvenido al martes, primer ministro Keir Starmer.
Como muchos de sus colegas, el líder británico ha tratado de mantener cerca a Donald Trump desde el inicio de su segunda administración hace un año, pensando que la adulación era la mejor estrategia para navegar las veleidades narcisistas del presidente estadounidense.
Sin embargo, ahora, mientras Trump se prepara para volar al Foro Económico Mundial en Davos, Starmer también se encuentra entre aquellos insultados por el presidente de Estados Unidos a los que les tocó ver cómo sus mensajes privados eran difundidos ante el mundo.
“El Reino Unido regalando tierras extremadamente importantes es un acto de GRAN ESTUPIDEZ”, escribió Trump en su plataforma Truth Social, añadiendo que eso era “otra en una larga lista de razones de seguridad nacional por las que Groenlandia debe ser adquirida”.
Quizás detrás de la diatriba de Trump están los comentarios hechos por el primer ministro del Reino Unido el lunes, para quien la amenaza del presidente de imponer aranceles a los aliados para salirse con la suya respecto a Groenlandia es “completamente errónea”.
Sea como fuere, sirvió para provocar un giro de 180 grados respecto al apoyo previo de la Casa Blanca a la decisión británica de entregar un grupo de islas en el océano Índico a Mauricio. El secretario de Estado de EE.UU., Marco Rubio, elogió el acuerdo en mayo como un “acuerdo histórico” y un “logro monumental”.
Las figuras del Gobierno británico enviadas a hablar con los medios llamaron a la calma inmediatamente después.
“Yo sería partidaria de mantener la calma e intentar esperar un poco, ver qué pasa después. Ahora mismo estamos recibiendo este aluvión de mensajes y demás”, dijo la destacada política laborista Emily Thornberry a la BBC.
Ciertamente, tenía razón sobre el uso que Trump hizo de su cuenta en las redes sociales durante la noche. El presidente de Francia, Emmanuel Macron, fue otro que quedó atrapado en la vorágine.
Poco antes de publicar una imagen aparentemente generada por IA de sí mismo en la Casa Blanca mostrándoles a los líderes europeos un mapa de América del Norte en el que tanto Canadá como Groenlandia estaban coloreados con la bandera de EE.UU., Trump había pegado un mensaje (real) de Macron.
“Amigo mío, estamos totalmente alineados en Siria, podemos hacer grandes cosas en Irán. No entiendo lo que estás haciendo con Groenlandia”, comenzaba el mensaje de Macron, antes de sugerir que podría albergar una reunión del G7 en París el jueves.
Como incentivo, el líder francés añadía un gancho al final.
“Cenemos juntos en París el jueves antes de que regreses a EE.UU.”
Quizás estaba dirigido a avivar los recuerdos de 2017, cuando los Macron y los Trump cenaron juntos en la Torre Eiffel en el Día de la Bastilla después de que Trump fuera el invitado de honor en el desfile anual.
De todos modos, aquellos días de euforia han quedado atrás.
Cuando el lunes un periodista le preguntó a Trump por su reacción ante el rechazo de Macron a la oferta de un puesto en su “Junta de la Paz”, inmediatamente golpeó por debajo del cinturón.
“Bueno, nadie lo quiere porque pronto dejará el cargo”.
Auch.
Otras recientes filtraciones de mensajes privados incluyen la difusión por parte de Trump de un mensaje dirigido a la primera ministra de Noruega, en el que la acusaba de haberlo desairado respecto al Premio Nobel de la Paz, así como la lectura de una nota que Marco Rubio le entregó discretamente —al parecer, de manera confidencial— durante unas declaraciones ante las cámaras sobre Venezuela.
En cualquier relato de intercambios incómodos con Trump, el actual secretario general de la OTAN se lleva las palmas.
Como es un hombre alto, Mark Rutte tal vez esté acostumbrado a agacharse para evitar golpearse la cabeza.
“Señor presidente, querido Donald. Lo que lograste hoy en Siria es increíble. Utilizaré mis compromisos mediáticos en Davos para resaltar tu trabajo allí, en Gaza y en Ucrania. Estoy comprometido a encontrar una forma de avanzar en Groenlandia. No puedo esperar a verte. Suyo, Mark”.
Esa lección ejemplar de obsecuencia también fue difundida por Trump en Truth Social.
Rutte, por supuesto, tiene antecedentes. Se hizo famoso por llamar “papá” a Trump.
“Y entonces papá a veces tiene que usar un lenguaje fuerte para que se detenga”, dijo el año pasado en una reunión de la OTAN, sentado frente a Trump.
Trump, a quien le encanta enmarcar las relaciones internacionales de una manera que, bueno, prácticamente cualquiera podría entender, acababa de comparar la invasión rusa de Ucrania con una pelea en el patio de recreo.
“Sabes, pelean como demonios. No puedes detenerlos. Déjalos pelear durante unos dos o tres minutos; luego es fácil detenerlos”.
El lenguaje es superficial y vacío, pero esos encuentros ante las cámaras son reveladores.
“A ver, ¿qué diría yo en esa situación?”, reflexionamos, sintiendo una punzada de simpatía por el secretario general de la OTAN, mientras vemos cómo su cerebro busca una respuesta.
El gobernador demócrata de California, Gavin Newsom, dijo a Sky News que ya se cansó de ese comportamiento servil.
“Debería haber traído un montón de rodilleras para todos los líderes mundiales. Quiero decir, repartiendo coronas, los premios Nobel que se están regalando. Es simplemente patético”, dijo.
La élite europea reunida en Suiza antes de la llegada de Trump el miércoles podría envidiar esa arrogancia.
A medida que las apuestas para Europa parecen ir en aumento, el reto de cómo lidiar con el presidente de Estados Unidos parece volverse más loco a cada momento.
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