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Una bebé murió en los brazos de un neurocirujano. Lo que ocurrió después cambió todo lo que sabemos sobre la inflamación

Por Wayne Drash, CNN

El joven neurocirujano en formación no lograba sacudirse la sensación de devastación. Un bebé murió en sus brazos mientras intentaba reanimarlo.

La abuela de la niña tropezó en la cocina con una olla de agua hirviendo, lo que le causó graves quemaduras mientras la bebé, de 11 meses, gateaba por el piso. El Dr. Kevin J. Tracey era el residente de cirugía de turno cuando la llevaron al hospital. Atendió a la pequeña Janice durante un mes, convencido de que el tratamiento la había encaminado hacia la recuperación.

Entonces, sin previo aviso, su estado de salud empeoró. Nada en la facultad de Medicina había preparado a Tracey para ese momento: sostener a una bebé frágil y hermosa mientras daba su último aliento.

“El hecho de que muriera fue trágico, inquietante y la fuente de muchas pesadillas”, dijo Tracey, ahora presidente y director ejecutivo de los Feinstein Institutes for Medical Research de Northwell Health, uno de los mayores sistemas hospitalarios de Estados Unidos. “También fue una fuente de enorme frustración porque en aquel momento no había forma de entender o explicar a su madre y a su abuela por qué murió”.

La trayectoria profesional de Tracey cambió con aquella muerte en 1985. Salió de esa experiencia más motivado que nunca para ayudar a personas como Janice.

Tracey dedicó su vida a estudiar el papel de la inflamación en el organismo y la mejor manera de tratarla. Desde entonces se ha convertido en uno de los neurocirujanos más destacados del mundo y ha sido pionero en una categoría completamente nueva de atención médica: la medicina bioelectrónica, que está revolucionando el tratamiento de pacientes en todo el mundo.

“Mi filosofía personal es hacer preguntas que puedan estudiarse científicamente para abrir el camino a nuevas terapias”, dijo. “Eso es en lo que me he concentrado durante 40 años”.

El entusiasmo de Tracey es contagioso. Cuando habla de cómo los pacientes se benefician de los avances científicos, se ilumina. Su voz gana intensidad. En otros momentos se emociona; es uno de esos pocos médicos dispuestos a mostrar sus vulnerabilidades.

“Algunas personas creen que la ciencia se trata de sociedades de honor y premios; otras creen que se trata de dinero”, dijo. “Yo creo que se trata de los pacientes. Cuando conoces a personas que se benefician del trabajo que realiza tu laboratorio, no hay mejor sensación en el mundo”.

Tracey alcanzó la cima de su carrera el año pasado, cuando él y su equipo transformaron décadas de investigación de laboratorio en un dispositivo aprobado por la Administración de Alimentos y Medicamentos de EE.UU. (FDA, por sus siglas en inglés) que utiliza señales eléctricas para detener la inflamación dañina en pacientes con artritis reumatoide. A comienzos de este año, la revista TIME lo incluyó en su lista de los 100 principales innovadores en salud.

Según Tracey, apenas está comenzando. Si el dispositivo funciona para controlar la inflamación en pacientes con artritis reumatoide, se pregunta, ¿por qué no habría de funcionar también para pacientes que padecen otras enfermedades inflamatorias?

“Imaginen si pudiéramos detener la inflamación en seco o impedir que contribuyera al desarrollo del cáncer o de las enfermedades cardíacas”, dijo. “¿Qué significaría eso para los años de vida saludable de las personas en el planeta?”.

El dispositivo tiene una historia propia: nació a partir de un descubrimiento accidental en su laboratorio y de un boceto dibujado a mano en una servilleta. Hicieron falta una dedicación incansable, investigaciones rigurosas y décadas de paciencia para hacerlo realidad.

“Nunca imaginé en 1998 que tendríamos que esperar hasta 2025 para que recibiera la aprobación de la FDA”, dijo Tracey a CNN.

Alrededor de 1,5 millones de adultos en Estados Unidos viven con artritis reumatoide (AR), una enfermedad crónica que provoca que el sistema inmunitario ataque por error el revestimiento de las articulaciones, lo que causa inflamación dolorosa, rigidez y fatiga crónica. Se estima que otros 18 millones de personas viven con esta afección en todo el mundo, según un informe de 2019 de la Organización Mundial de la Salud.

Puede afectar a personas de cualquier edad, pero suele aparecer en personas de alrededor de 50 años. Las mujeres tienen aproximadamente tres veces más probabilidades de desarrollar artritis reumatoide que los hombres. La enfermedad puede extender la inflamación más allá de las articulaciones y afectar el corazón, los pulmones, la piel, los ojos y los vasos sanguíneos. No tiene cura.

Obtener un diagnóstico adecuado puede ser difícil. Los síntomas aparecen y desaparecen, con brotes que provocan dolor intenso. Los medicamentos antiinflamatorios, como el ibuprofeno, pueden aliviar los síntomas, pero con el tiempo la inflamación puede volverse abrumadora.

Los pacientes que toman corticosteroides o medicamentos biológicos más avanzados suelen quejarse de confusión mental y mareos. Estos tratamientos también pueden debilitar el sistema inmunitario, lo que los hace más vulnerables a las infecciones.

Lo que Tracey y su equipo crearon se llama sistema SetPoint, un dispositivo de aproximadamente el tamaño de un multivitamínico que se implanta en el cuello, sobre el nervio vago, la principal vía de conducción de la respuesta inmunitaria inflamatoria del organismo ante enfermedades, bacterias y virus.

El dispositivo ayuda a controlar el sistema inmunitario de una manera más constante que los medicamentos. La FDA aprobó el dispositivo en julio de 2025, después de que un ensayo aleatorizado, doble ciego, con 242 pacientes, demostrara que el sistema SetPoint era seguro y eficaz, y que proporcionaba alivio a pacientes con artritis reumatoide que prácticamente se habían quedado sin opciones de tratamiento tradicionales.

Administra una estimulación diaria de un minuto al nervio vago con el objetivo de controlar la inflamación en los pacientes.

Jessica Hancock sufrió artritis reumatoide debilitante durante más de una docena de años, desde mediados de sus 30. El dolor recorría su cuerpo incluso al realizar tareas simples, como levantarse de la cama por la mañana.

“Es frustrante cuando eres tan joven y piensas: ‘¿Por qué me siento como si tuviera 90 años?’”.

Probó una amplia variedad de tratamientos, incluidos tres medicamentos biológicos y quimioterapia. El alivio era temporal. El dolor siempre regresaba con fuerza.

Según contó, no tuvo problemas con la cobertura del seguro porque su esposo trabaja en Northwell. El dispositivo le fue implantado en octubre. Para enero ya no necesitaba ningún medicamento. El dolor había desaparecido.

“Me sentía fantástica con la estimulación. Tenía más energía. No me dolía nada. No tenía crujidos en las articulaciones. No estaba inflamada”, dijo Hancock, que ahora tiene 49 años.

Y añadió: “Siento que soy una persona completamente nueva. No me había sentido tan bien en 20 años”.

Unas 30.000 personas intentaron inscribirse en el ensayo del dispositivo, dijo Tracey, lo que demuestra cuán desesperados están los pacientes por encontrar alivio cuando los medicamentos dejan de funcionar.

Pero, tras la aprobación de la FDA, surgió un problema inesperado, afirmó. Según Tracey, médicos y hospitales de todo el país le han informado sobre negativas persistentes de cobertura por parte de las compañías de seguros de salud.

Tracey tiene una advertencia contundente para ellas: deben sumarse.

“Tienes a 30.000 personas que querían esto cuando apenas había 250 cupos y todavía era un experimento”, dijo. “Y tienes a la aseguradora diciendo: ‘No, no vamos a pagarlo porque es demasiado nuevo’”.

Está decidido a garantizar que los pacientes obtengan cobertura, defendiendo sus intereses y haciendo todo lo posible para presionar a las aseguradoras.

Según explicó, el concepto detrás del nuevo dispositivo aprobado por la FDA surgió por “accidente” en la década de 1990 dentro del laboratorio. Los investigadores estudiaban los cerebros de ratones que habían sufrido un accidente cerebrovascular. Cuando un técnico de laboratorio inyectó un medicamento antiinflamatorio en el cerebro de uno de ellos, recordó Tracey, este “apagó la inflamación en el cuerpo del ratón”.

“Fue un auténtico momento de ‘¿qué demonios está pasando?’”, dijo Tracey. “Jamás tuve la intención de estudiar la inflamación del cuerpo del ratón en ese experimento”.

Fue su momento de revelación, cuando comprendió que el nervio vago era clave para controlar la inflamación. Durante una cena, hizo un dibujo en una servilleta para quien entonces era el presidente de la junta directiva y le explicó su teoría.

“Eso significa”, le dijo Tracey, “que el nervio está actuando como una señal antiinflamatoria”.

En 2025 publicó el libro “The Great Nerve”, en el que profundiza en las razones por las que considera que el nervio vago es fundamental para la salud y la vitalidad.

Para inventores, científicos y pacientes, el mensaje de Tracey es de optimismo.

“Estamos a las puertas de una era en la que esta ciencia será extremadamente útil”, afirmó. “Y eso significa que las personas se sentirán mejor, y eso me hace muy feliz”.

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