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Nació en Francia y creció en Estados Unidos, pero eligió México para tener la vida que soñaba

Por Karen Esquivel, CNN en Español

Laura Lavigne llegó a México en enero de 2021, justo cuando la pandemia de covid-19 estaba por cumplir su primer año, acompañada de su perrita Lila, una mochila con algunas pertenencias y la felicidad desbordada por hacer realidad un sueño de años. “Cuando salí de Estados Unidos necesitaba alejarme y ser anónima”, cuenta a CNN.

Rentó una pequeña cabaña entre la costa y la selva, en el estado de Nayarit —en el centro-oeste de México— y comenzó a pintar corazones. Sabía, dice, que había llegado el momento de crear un espacio adecuado para su artista interior.

Pero esa no era la primera vez que su vida se reiniciaba. Durante años asumió caminos que nunca imaginó recorrer y descubrió capacidades que ni ella misma sabía que tenía. De maquillista a panadera y coach de vida; después, artista. Su historia refleja una transformación constante, marcada por la valentía de comenzar de cero.

Laura nació en Francia en los años 60 y vivió en París hasta sus 17 años. “Crecí en una familia de padres emprendedores, con una gran afición por el arte, la creatividad. Mi papá trabajó con muchos artistas; no era una vida como la de otros, era una vida un poco loca”, recuerda.

Sus padres, dice, siempre buscaban lo que para ellos era una “buena vida” y eso los llevó a mudarse a Estados Unidos cuando Laura tenía 16 años. Era el sueño de su padre desde que se fue a ese país a causa de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945).

“Él era judío y, cuando llegó la guerra, era peligroso para mi padre quedarse. Lo llevaron a EE.UU. cuando tenía 18 años y, cuando regresó, siempre tuvo el deseo de volver”, relata.

Aunque ella no quería dejar su natal Francia, no tuvo otra opción que reunirse con su familia —sus padres y dos hermanos— en Florida, donde comenzó otro capítulo de su vida.

“Fue como aterrizar en la Luna, la cultura era demasiado distinta. No me gustaba porque yo estaba en modo rebelde y lo que quería era ganar dinero para regresar a Francia”, indica. Fue entonces cuando encontró trabajo en una tienda de maquillaje.

No hablaba muy bien inglés y nunca había realizado un trabajo parecido, pero tenía ganas de hacerlo. La mujer con la que habló para obtener el empleo le dijo que, siendo de Francia —cuna de la cultura, el arte y la moda— y con su acento, podría vender mucho; solo necesitaba aprender a usar maquillaje.

Comenzó a trabajar y un día se presentó la oportunidad de maquillar a una joven que trabajaba como modelo y estaba por participar en un concurso. Ella aceptó y, gracias a eso, se abrió una puerta más amplia.

“Empecé a recibir llamadas para trabajar como maquillista en la industria del cine y la moda. Tuve una carrera de 10 años haciendo eso, era parte de mí. Además, escuchaba los sentimientos de las personas. Me encantó muchísimo, era una carrera genial”.

El trabajo la llevó a mudarse de Florida a Chicago, Seattle y luego a Hawai, donde conoció a quien fue su esposo y padre de sus hijos.

Se conocieron en un bar; él era marino en la Armada de Estados Unidos. “Nos casamos y unos cinco años después tuvimos hijos, tres”, dice.

Con su esposo, tomó la decisión de abrir su propia panadería francesa en una isla a una hora de Seattle. Ninguno de los dos sabía hornear, pero aprendieron y mantuvieron el negocio durante siete años.

Luego de años de horarios extenuantes, desvelos y dificultades económicas, vendieron la panadería, se divorciaron y, una vez más, la vida que conocía dio un vuelco.

El divorcio trajo consigo otras dificultades familiares. Laura, de 62 años, debía encontrar la forma de salir adelante con sus tres hijos. Emprendió un camino de supervivencia con distintos trabajos, entre ellos lavar ropa ajena, traducir documentos del inglés al francés y dar clases de ese idioma.

Una noche, mientras platicaba con su hermana, le dijo que siempre había sido buena para escuchar a las personas y aconsejarlas. “Me dijo: ‘creo que eres coach de vida’. Yo no sabía qué era eso, nunca lo había escuchado; era 2003”, cuenta.

Fue a la computadora, puso en el buscador el concepto, leyó todo lo que pudo al respecto y supo que eso era para ella, que llevaba tiempo haciéndolo sin saberlo, desde que escuchaba a los artistas y a las personas a las que maquillaba.

También recordó que, cuando era niña, quería ser trabajadora social, pero al contarle a su familia solo hubo silencio y entendió que no era lo que esperaban de ella.

Aprendió todo lo que pudo sobre el coaching de vida y en 2003 dio los primeros pasos en ese camino, con cuatro personas con quienes tenía reuniones semanales.

“Al inicio tenía dudas”, menciona. “Pensaba que quizá no podría ayudar a nadie, pero ofrecí esas sesiones y al final dos de esas personas se quedaron conmigo por años”.

Laura afirma que fue la primera vez en su vida que no se sintió con el síndrome del impostor. “Porque todo lo que había hecho —el maquillaje, incluso la panadería— lo empecé sin saber hacerlo. Siempre pensaba que el hecho de ser francesa me daba alguna ventaja”, pero en esta etapa sentía que ya lo había hecho antes y que era lo suyo.

Años después, en 2011, al sentir que le faltaba una comunidad que la arropara, abrió el Centro para la Felicidad, en Anacortes, Washington, un lugar de encuentro en el que conformó la comunidad que deseaba.

Ahí impartió cursos, organizó retiros para mujeres e hizo realidad otros proyectos, incluido el “Proyecto para esparcir la felicidad”, que consistió en hacer 27 letreros con mensajes positivos como “You are beautiful” o “Go for peace”. Esos letreros se enviaban a un embajador de la felicidad en distintas ciudades y las personas los exhibían en zonas concurridas para que otros pudieran verlos.

Hasta que en 2020 llegó la pandemia de covid-19 y lo cambió todo.

La emergencia sanitaria obligó a Laura a cerrar el Centro para la Felicidad y sintió que era un buen momento para cumplir un sueño que había tenido durante años: estar en México.

Esa idea nació cuando aún estaba casada, luego de asistir a la presentación de un libro que era una especie de guía para viajeros interesados en conocer el país. Ahí conoció a una de las autoras, quien le anotó el nombre de Tenacatita, Jalisco, en una servilleta y le dijo que tenía que ir ahí.

“Desde entonces se me quedó en la mente como un mantra”, expresa.

Años después, en uno de los muchos retiros que hizo en México, vio un letrero en el que se leía “Bienvenidos a la Bahía de Tenacatita” y sintió una gran emoción.

Decidida a mudarse, rentó una cabaña en San Pancho, Nayarit, por recomendación de su hijo. “Llegué aquí y me enamoré”, dice con una sonrisa.

Regresó a Washington por su perra Lila, pero, en medio de la pandemia, tuvo que esperar nueve meses para volver a México, hasta que en enero de 2021 lo logró.

Poco tiempo después compró un terreno y construyó su casa desde cero, en un lugar donde casi no había nada.

Hizo un estudio y desde entonces no ha dejado de pintar. Empezó con corazones y después la invitaron a hacer una especie de lotería cuyas cartas representaran a las personas que vivían en el pueblo: el panadero, la mujer de la tortillería, la de la frutería, entre otros, y aceptó.

Cuando terminó las 54 cartas del juego tradicional mexicano, organizaron una exposición en el pueblo con todas esas personas.

“Me sentí feliz. También sentí humildad y agradecimiento por haberme dado la oportunidad y ver al pueblo unido, celebrando”, indicó.

Laura afirma que empezar de nuevo en un país con una cultura tan diferente, con otro idioma y estando sola no fue sencillo. Enfrentó distintos retos para adaptarse a la vida en México, pero jamás se ha arrepentido, porque quería estar en un lugar tranquilo y rodeado de naturaleza.

Para Laura, tener calidad de vida no es sinónimo de estar en países considerados potencias mundiales, sino de vivir alineada con su esencia. “Ahí viene la paz, la curiosidad, la calma, la creatividad; todo eso llega”.

Y agrega que, para tener la vida deseada, no es necesario hacer grandes cambios, sino atreverse a dar uno pequeño.

“No todos necesitamos tomar un avión con una mochila para irnos a otro país. Podemos hacerlo en pedacitos y reflexionar sobre lo que nos hace sentir mejor. Somos mejores personas cuando somos felices”, afirma.

Aunque no sabe si México será su destino definitivo, Laura tiene claro que su historia sigue abierta y que el cambio seguirá siendo parte de su vida. Por ahora, vive el sueño que imaginó durante años y por el que trabajó con constancia, reinventándose una y otra vez.

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